La vía de los 35 secuestros; Rosalba no es la primera

La vía de los 35 secuestros; Rosalba no es la primera

Unas hipótesis apuntan a que delincuentes comunes plagiaron a la docente. Otros señalan al Eln.

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18 de noviembre 2016 , 12:29 a.m.

Paletará (Cauca). Engañaron a la familia. Todo apunta a que nunca la liberaron en el lugar donde los secuestradores indicaron. La Guardia Indígena del pueblo kokonuco y efectivos del Gaula Militar han peinado los tres kilómetros de la vía en donde los captores aseguraron que habían abandonado a la profesora Rosalba Ariza. Y no está.

También queda casi que descartada la posibilidad de que la mataran y la enterraran en esos parajes tan inhóspitos como bellos del páramo de Puracé, Cauca. El terreno alfombrado de frailejones es muy húmedo; podrían cavar una fosa sin mucho esfuerzo, pero los chulos desenterrarían los restos. Y el hedor permitiría detectar el cadáver, ya que el aire es limpio y no hay una casa en kilómetros a la redonda.

El reto ahora es adivinar dónde mantienen cautiva a la docente de la Normal Superior de Florencia y quiénes serían los autores de su secuestro, ocurrido el pasado primero de noviembre. Sucedió en un recodo de la vía que une Pitalito, al sur del Huila, con Popayán y atraviesa el corregimiento de Paletará, municipio de Puracé. Es una carretera en buena parte del recorrido destapada, que debería estar pavimentada si no se hubieran robado los fondos y que transitan incontables vehículos, tanto públicos como particulares y de carga. La prefieren por ser una ruta entre Florencia, Popayán y Cali más corta que otras dos igual de malas.

Unas hipótesis apuntan a que sería un grupo de delincuentes comunes, entre los que habría exguerrilleros de las Farc que operaban en la región y la conocen muy bien. Otros señalan al Eln, ya que los secuestradores aparecieron en la vía con brazaletes de esa banda criminal, aunque no es habitual que usen distintivos cuando realizan un secuestro. Tampoco es común que exijan una cifra astronómica de dinero para una familia de recursos limitados –300 millones de pesos– y la rebajaran enseguida a los 20 millones.

Si bien unas versiones oficiales señalan que el esposo de Rosalba, Flavio Ochoa, también docente desde hace 32 años, habría cancelado dicha suma, él lo niega. Afirma que la liberación la habrían decidido quienes la tienen en su poder por la precaria salud de su esposa, que ya ha sufrido tres derrames cerebrales.

Lo que se conoce hasta ahora –y se puede hacer público para no obstaculizar las investigaciones– es que fueron cuatro las personas que abordaron la camioneta en la que viajaba Rosalba, dos de ellos con fusiles largos, probablemente AK-47, y el resto con arma corta. Los hechos sucedieron entre las 5:30 y 6 de la tarde.

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La profesora se desplazaba de Florencia a Cali, y el vehículo de su propiedad, en el que llevaba unos encargos de familiares con los que pensaba pasar unos días, lo manejaba un conductor joven, conocido de la familia, que iba acompañado de su papá. Llevarían a Rosalba a la capital del Cauca, donde ella se quedaría, y los dos hombres se devolverían. El progenitor hacía el viaje porque prefería que su hijo no regresara solo.

Ahora se ha revelado que el de Rosalba se suma a una lista de 35 secuestros-exprés en lo corrido del año. Dado el alto número, sucedidos en el mismo paraje de vegetación espesa y tierras aguosas, entre los kilómetros 53 y 63, que son los críticos, es probable que los delincuentes no hagan siempre inteligencia previa a las víctimas, sino que se trate de raptos del estilo de las infaustas pescas milagrosas.

Los otros cuatro casos denunciados tuvieron un final agridulce. Liberaron a los cautivos tras pasar tres o cuatro días en cambuches en el páramo, mientras sus familias reunían el rescate, pero uno murió de hipotermia. No alcanzó a dar con la carretera y fue la Guardia Indígena la que encontró el cuerpo sin vida. De ahí que se llegara a pensar que Rosalba podía haber corrido la misma suerte.


Sin recursos


Los Ochoa Ariza, padres de dos hijos, son un matrimonio de Florencia apreciado por su intachable trayectoria docente. Flavio fue elegido hace dos años por la Fundación Compartir como uno de los cinco mejores profesores del país. Ambos son trabajadores, personas del común que jamás pudieron sospechar que serían víctimas de un secuestro.

Rosalba, de 55 años y docente del grado quinto, nació en Garzón, Huila, pero creció y vivió en Caquetá. Residió un tiempo en El Doncello y Morelia, en donde conoció a su esposo, y desde hacía tiempo vivían en Florencia. “Es tranquila, muy buena, fuerte de espíritu y físicamente carismática; callada, hogareña”, me dice su hija, Adriana. “Es una mujer que va de su trabajo a la casa, y el fin de semana para ella es sagrado ir a misa”.

Desde el 1.° de noviembre, tanto Flavio como Álvaro y Adriana pasan por un calvario que recorren demasiadas familias en este país. Sus días están marcados por estados de ánimo de cambios bruscos, como estar subidos en una montaña rusa. Unas horas, confiados en que será la última jornada sin Rosalba, en que aparecerá en cualquier momento, y otras en que los vencen el desánimo, la angustia y la desesperanza.

Los secuestradores llamaron a las pocas horas del plagio para hacer la primera exigencia económica, tan alejada de sus posibilidades que no vieron una salida rápida. Pero el anuncio de la liberación el domingo 6 de noviembre, que hizo por celular uno de los delincuentes, los llenó de alegría. Aseguraban que la habían dejado en un punto del páramo –entre los kilómetros 57 y 60– desde el que accedería sin problemas a la carretera. Solo le llevaría un par de horas. Pero en el área indicada, que queda cerca de Paletará, una diminuta población del resguardo del mismo nombre, no había ni rastro de ella. El Gaula Militar y los propios familiares, así como indígenas kokonucos, rastrearon la zona.

Ante la falta de resultados, Sandra Ortiz Medina, cabildante de San José de Julumito, otra comunidad de la misma etnia, recordó a sus compañeros que Rosalba Ariza, no obstante ser blanca y mona, es una de ellos por parentesco. La noticia animó a más nativos del Resguardo de Paletará a participar en la búsqueda. Hasta ese momento habían intervenido por motivos puramente humanitarios, haciendo gala de una generosidad desbordante. Ahora lo harían por un miembro de su pueblo.

“Primero que todo, es un ser humano, hija de la Tierra, hermana de todos nosotros; como indígenas, consideramos que todos los seres vivos y todas las personas somos hermanos y debemos cuidarlos”, me dice Ronald Muñoz, un joven comunero del resguardo de Paletará, orgulloso de pertenecer a la Guardia. “Además, está en nuestro territorio y creo que es deber de nosotros ayudar a encontrarla. Ojalá la encontremos pronto y esté de vuelta con su familia y con todos nosotros”.

Han sido ya más de doscientos nativos los que han escrutado el terreno. Hace unos días dieron con el rastro que dejaron los secuestradores. Junto a la vía, en un pequeño claro, hallaron el primer lugar donde la banda armó un cambuche. Después, como a una hora de recorrido, siguiendo un sendero estrecho que abrieron unos mineros que trabajaron una pequeña explotación de oro hace meses, encontraron otro escondite en donde Rosalba pasó las primeras noches.

Pero las condiciones del terreno, el gélido frío del páramo, la lluvia persistente y la falta de preparación de los secuestradores, que no tenían previsto un cautiverio prolongado –para el que necesitan equipo adecuado y una cadena de suministro de víveres–, hacen concluir que la trasladaron a otra guarida distante. Como ya han recorrido los trillos detectados y seguido los escasos senderos que existen en el páramo, la única alternativa es que usaran la carretera en los primeros días, cuando las labores de búsqueda aún no eran tan intensas.

Porque fueron el llamado angustioso de Flavio Ochoa –a quien se sumó el periodista Herbin Hoyos, que encabezó una caravana similar a otras realizadas en años pasados para presionar la liberación de secuestrados– y la participación activa del canal RCN lo que obligó a las autoridades y dirigentes políticos locales a tomar cartas en el asunto. Al Gaula Militar, cuyos hombres están haciendo un esfuerzo encomiable en el terreno, le proporcionaron más recursos; la Gobernación del Caquetá ofreció una recompensa de 20 millones y la del Cauca pensaba hacer lo mismo.
Y se produjo algo inusual en los resguardos indígenas: ver a la Guardia Indígena coordinando acciones con entidades estatales. “El pueblo kokonuco, zona centro, está trabajando en conjunto con los organismos del Estado”, afirma Sandra Ortiz Medina.

Si algo tienen claro los indígenas consultados por este diario es que no pueden permitir que se fortalezcan los delincuentes que pretenden seguir sembrando sus territorios y todo el país de tragedias. Que la salida de unos armados suponga la llegada de otros. “Nos preocupa que una vez las Farc se desmovilicen, surjan bandas de delincuentes como esta”, señala un nativo que pide reserva del nombre. Y al igual que otras personas consultadas, se queja de la actuación laxa de las autoridades judiciales. El 26 de agosto, el Gaula Militar presentó ante la justicia a tres presuntos secuestradores que delinquían en la vía. Pero la jueza encargada dejó en libertad a dos de ellos y ordenó asegurar a alias Calambás.

La esperanza de todos es que aparezca Rosalba viva y sana; que el Estado no los abandone, que siga persiguiendo a los delincuentes y no vuelvan a dejarlos a merced de las bandas.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
Especial para EL TIEMPO

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