Resiliencia: la esperanza de un país fracturado

Resiliencia: la esperanza de un país fracturado

La historia de seis valientes que superaron con dignidad el conflicto armado.

La esperanza de un país fracturado

El recuento no siempre tiene un final feliz, pero sí invariablemente convoca un sentido de humanidad imprescindible para avizorar un país capaz de tejer una vida en común.

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Fotoilustración Juan Soriano

13 de abril 2017 , 02:08 a.m.

Don Ismael, Débora, Telemina, Carmen, Ingrid, Iván: cada uno de ellos sufrió hechos brutales en el conflicto armado colombiano. Sin embargo, sus memorias no solo reconstruyen el sufrimiento; también evocan momentos y situaciones que dibujan una geografía emocional surcada de huellas de dignidad. El recuento no siempre tiene un final feliz, pero sí invariablemente convoca un sentido de humanidad imprescindible para avizorar un país capaz de tejer una vida en común.

En Trujillo, Valle, hace unos años, el Grupo de Memoria Histórica reconstruyó una masacre que a todos los investigadores nos perturbó porque los perpetradores desplegaron altos grados de sevicia y porque contó con complicidades estatales para prolongarse durante días, meses y años. No obstante, la imagen que aún resuena en mi memoria no es la de la infamia, sino la de don Ismael Vargas Vanegas.

Don Ismael, padre de dos hijos desaparecidos, decidió declarar una huelga silenciosa contra ese mutismo que, luego de los hechos, se instaló en todas las autoridades. Nadie daba razón de la suerte corrida por sus dos muchachos. Ni Policía, ni jueces ni autoridades electas. Era como si a sus hijos se los hubiera tragado la tierra.

Entonces, don Ismael, sin hacer ruido, se instaló en una banca de la plaza y esperó... esperó... y esperó, en las mañanas de sol como en las tardes de lluvia. Sentado frente a la Alcaldía, la Policía y el juzgado, perseveró paciente, sin perder la compostura. Con su presencia, insistente, le recordó a todo Trujillo que mientras nadie le diera razón de sus hijos, él, como padre, elegía seguir en duelo. Cuando un vecino, conmovido, le preguntó qué hacía sentado por horas en esa banca, respondió, pausado: “Espero a mis hijos”.

En medio del miedo que circulaba por esas calles, este hombre se negó a guardar silencio e hizo de un gesto en apariencia anodino toda una manifestación sonora contra la impunidad. A pesar de la enorme pena que lo embargaba (al poco tiempo murió de pena moral), don Ismael se negó a encerrarse en su casa; se tomó el espacio público y expresó su rechazo e indignación.

La manta roja

Otra imagen que me recuerda el valor de las víctimas es aquella de las mujeres sobrevivientes de la masacre de Portete. Como en la de Trujillo, este asesinato múltiple estuvo acompañado de un despliegue de sevicia público y sobrecogedor.

Pero, de nuevo, la imagen que me ayuda a seguir creyendo que Colombia sí tiene futuro es la de las familiares Débora, Telemina y Carmen, quienes no solo emprendieron una lucha en los estrados judiciales estatales con el fin de que los responsables fueran detenidos y pagaran por sus fechorías, sino que, en una actitud altiva, lucieron mantas rojas en uno de los rituales de entierro de sus familiares. Con este gesto indicaban a los perpetradores que sus actos de sevicia contra otras mujeres de su comunidad no las doblegaban, ¡no a ellas!, que portaban con orgullo los emblemas de su estirpe.

No soy un número

El secuestro implica estar bajo un dominio armado permanente en circunstancias de total desarraigo. Las coordenadas habituales se refunden en medio de paisajes ajenos, y los vínculos con los más cercanos quedan momentáneamente cercenados.

En medio de esta oscuridad, ¿cómo mantener la dignidad? Muchos son los ejemplos, pero, en particular, en mí sigue resonando el gesto de rebeldía y dignidad de una mujer que, ante la orden de numerarse, respondió, desafiante, con su nombre: “¡Los retenidos: numérense!”. [...]Cuando me tocó mi turno, me oí responder: “Ingrid Betancourt. Si quieren saber si estoy aquí, ¡me llaman por mi nombre!”.

Escribir para denunciar

Cuando llegaron los paramilitares a Mapiripán, dieron órdenes de silenciarlo todo. El control era absoluto. El terror recorría las calles. Pero el juez de Mapiripán, Leonardo Iván Cortés Novoa, desafió el mandato. Se dio a la tarea de escribirlo todo para impedir que los perpetradores luego negaran lo ocurrido. En las noches, cuando sucedían pesadillas en las casas vecinas, sacaba su máquina de escribir y relataba y comunicaba hacia el exterior lo que se desenvolvía ante sus ojos y oídos, así pusiera en vilo su existencia. Denunciar era un imperativo para él porque cuando fue nombrado juez, se juró a sí mismo administrar justicia “en una forma neutral y teniendo en cuenta a los débiles, a los desprotegidos, a los desarmados”.

Gestos de entereza y de luz

Ahora, cuando conmemoramos el 9 de abril, día de duelo y solidaridad con las víctimas, quiero agradecer a cada una de estas personas por existir y por haber tenido gestos de una enorme dignidad y humanidad en las condiciones más adversas. Ese mosaico de imágenes es el que me devuelve a la vida-con-esperanza y con sentido, y me permite pensar que en Colombia no todo está perdido.

MARÍA EMMA WILLS
Politóloga. Asesora de la Dirección general del Centro Nacional de Memoria Histórica.
Especial para EL TIEMPO

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