La cultura de ‘mirar para otro lado’

La cultura de ‘mirar para otro lado’

La transparencia se teje como un imperativo en la política, explica el sociólogo Fabián Sanabria.

La cultura de ‘mirar para otro lado’

La sociedad de la transparencia, poblada de espectadores y consumidores, es la base de una democracia de espectador.

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Fotoilustración Juan Soriano

12 de abril 2017 , 11:59 p.m.

En esta cultura de ‘posverdad’ en la que cada vez estamos más imbuidos; es decir, en estos modos de sentir, pensar y actuar tan obscenos, donde hasta los concursos más prístinos y las adjudicaciones más técnicas están cargados de vicios; lo cual quiere decir que casi todo se realiza detrás de la escena o que las cosas que verdaderamente importan se juegan por debajo de la mesa; y, lo que es peor, donde descubrimos que nos engañaban, pero justamente lo atroz es que “nos encantaba ser engañados”; en este mundo pareciera que se impone con ahínco un imperativo: la “transparencia”.

Y con un lente no tanto intelectual, sino simplemente laico y ciudadano, pregunto: ¿no será que esa petición de principio es un sofisma? ¿No será que al obsesionarnos por la transparencia, especialmente exigiéndosela cual consumidores a los políticos, –aun a sabiendas de que la mayoría de sus “rendiciones de cuentas” y “declaraciones de renta” están muy bien arregladas–, tal vez creyendo en semejante “mundo de vidrio”, estamos matando la confianza?

En esta Semana Mayor recuerdo un pasaje del evangelio que cuenta cómo cuando Pilatos le preguntó al Cristo: “¿Qué es la verdad?”. Este se quedó callado y aquel no aguardó ni un suspiro para volver a lo obsceno, es decir, a lo que se estaba tejiendo detrás de la escena.

Y esa ironía, que no solo pertenece a la historia sagrada sino a la vida profana, pareciera que se multiplica en nuestro país cuando personajes siniestros invitan a marchar contra la corrupción, como si mañana Maluma invitara a marchar contra las letras vulgares y miles de sus seguidores, a ritmo de reguetón, lo acompañaran.

Pero es que, como bien lo afirma el filósofo adoptado por la tradición berlinesa, de origen coreano, que atrae a los jóvenes, Byung-Chul Han: “La transparencia que se exige hoy en día de los políticos es cualquier cosa menos una demanda política. No se pide la transparencia para los procesos de decisión que no interesan al consumidor. El imperativo de transparencia sirve para descubrir a los políticos, para desenmascararlos o para escandalizar. La demanda de transparencia presupone la posición de un espectador escandalizado. No es la demanda de un ciudadano comprometido, sino de un espectador pasivo, puesto que hoy la participación se realiza en forma de reclamaciones y quejas. La sociedad de la transparencia, poblada de espectadores y consumidores, es la base de una democracia de espectador”.

Y ese es justamente uno de los grandes problemas de la sociedad colombiana. Desde la Patria Boba somos espectadores pasivos que normalmente cuando contemplamos algo horrendo decimos que “estábamos mirando para otro lado”; tal vez por instinto de supervivencia o porque somos prisioneros del miedo, que también hace tiempo nos instalaron, al punto de que no llamamos los hechos por su nombre, sino que utilizamos cientos de expresiones sofisticadas para disimular la cruda realidad que entre escándalos tapamos con frases como ‘no dé papaya’, ‘deje así’, ‘para qué se opone’, ‘dele gracias a Dios que en ese paseo millonario no lo mataron’, ‘en este pueblo no hay ladrones’ y eso sí ‘pa’ las que sea’ porque ‘usted no sabe quién soy yo’.

Ahora bien, lo cierto es que detrás de las apariencias, todo está ahí, en la vitrina de la realidad que torpemente con paños de agua tibia ‘limpiamos’. Pero ante esa pantalla obsesionada por exhibir con ramplonería que ‘todo está divinamente’, nos hemos vuelto pornográficos. A escondidas sabemos que la historia no es como la cuentan, que hay muchos velos que jamás podremos descubrir, que no nos queda más remedio ante el desastre que pareciera ser Colombia que seguir creyendo, aun sin verlo todo; que vale la pena tratar por todos los medios de restaurar –aun a contracorriente– la confianza.

Porque la confianza hace que la acción sea posible, a pesar de no saber. Y si creemos saberlo todo, sobra la confianza. En ese sentido, si seguimos proclamando hipócritamente que “vamos a regirnos por la transparencia”, no cabe lugar para la confianza.

Una vez más, de acuerdo con el filósofo coreano que seduce a los jóvenes en Berlín: “En lugar de decir que la transparencia funda la confianza, habría que decir que la transparencia suprime la confianza. Porque solo se pide transparencia insistentemente en una sociedad en la que la confianza ya no existe como valor”.

De tal modo que, en vez de obsesionarnos por falsas transparencias, apostemos decididamente por la confianza en Colombia; y si aquellos a quienes creemos confiables nos engañan, no volvamos a disimular esa injusticia.

Fabián Sanabria
Antropólogo y sociólogo. Comisario General del Año Colombia-Francia 2017.
Especial para EL TIEMPO

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