Del barrio Kennedy de Quibdó a las ligas mayores del cine nacional

Del barrio Kennedy de Quibdó a las ligas mayores del cine nacional

El director Jhonny Hendrix Hinestroza recuerda los momentos que inspiran sus obras. #OrgulloAfro.

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El director Jhonny Hinestroza nació en Quibdó. Es hijo de dos maestros y, aunque creció en Pereira y Cali, sus últimos trabajos retratan al Pacífico.

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Archivo / EL TIEMPO

16 de agosto 2016 , 03:20 p.m.

Un puñado de jóvenes de Quibdó se negaba a dar ideas para hacer una película sobre el Chocó hasta que el director de cine Jhonny Hendrix Hinestroza se paró en la mitad del salón para hablarles de su vida.

“Les voy a contar una historia”, les anunció al inicio de un taller de educación cinematográfica que dictaba en el Sena. “Hay un niño que crece en un barrio de Quibdó que ustedes conocen, el barrio Kennedy, donde corrió y elevó cometas. ¿A dónde creen ustedes que puede llegar ese niño?”.

Y los aprendices, que no querían saber de historias que transcurrieran en el Chocó, pero sí inventarse alguna de un superhéroe negro, lanzaron sus ideas: “De pronto se hace profesor”, dijo uno. “Policía, tal vez abogado”, gritó otro.

“¿Y qué tal si ese niño sueña con hacer películas y ganarse un premio Óscar?”, volvió a preguntarles el cineasta. Y los menores, entonces, tiraron la toalla y se escuchó una vocecita incrédula: “Es que llegar hasta allá sí es muy lejos”.
Entonces el maestro pasó los ojos sobre su joven audiencia.

Sonrió y se presentó: “Bueno, yo soy ese niño. Lo tienen en frente”.

Hinestroza recordaba aquella clase en Quibdó en la tarde soleada del pasado jueves 4 de agosto. Estaba sentado en un café del barrio Chapinero, en Bogotá, en el que acababa de pedir un chocolate para él y otro más para Robin Abonía, uno de los protagonistas de su última película, Saudó, una historia de suspenso y terror que transcurre en el Pacífico colombiano.

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Jhonny Hendrix Hinestroza (centro) ha realizado dos largometrajes ambientados en el pacífico colombiano. Archivo Particular

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Acababa una jornada dando entrevistas a medios capitalinos para promocionarla. El estreno era ese mismo día, cuatro años después de que llegara a las salas de cine del país el primer largometraje que dirigió, Chocó.

Hoy tiene 40 años y vive el sueño que les costaba creer a los jóvenes del curso de cine que dictó en Quibdó. El director de cine es hijo de dos maestros que a finales de los años 70 lo dejaron al cuidado de una tía llamada Olga en el barrio Kennedy de la capital chocoana, a orillas del río Atrato. Su papá era un maestro normalista que tuvo que asentarse en Bogotá unos años mientras adelantaba una especialización en idiomas, y su mamá, también profesora, padeció quebrantos de salud que la llevaron a buscar atención médica en Medellín.

Hinestroza cree que fue durante su infancia en aquel barrio de casas de tablas levantadas sobre palotes junto a la solitaria tía Olga, mientras sus tres hermanos crecían en otros sectores de Quibdó, cuando se desarrolló su instinto para observar las vidas ajenas y convertirlas, muchos años después, en los personajes y los paseantes de los lugares del Pacífico de sus obras mayores. Aquel era un lugar mágico para un niño que apenas empezaba a descubrir el mundo.

Mientras su tía se perdía en sus labores diarias él se quedaba en un corredor de la casa mirando por la puerta los días en que el río Atrato se desbordaba y todos los vecinos alistaban sus canoas para remar por las aguas en las calles. Los pescadores también aparecían de la nada para aprovechar las subiendas y sacarle al río todo lo que pudieran en medio del barrio.

Era tanta la abundancia, recuerda Hinestroza, que los niños solían jugar con los peces lanzándoles migas de pan y a los vecinos que pasaban un mal día y no tenían para comer les bastaba con asomarse a la puerta para pescar el almuerzo.

El niño también pasaba sus días acompañado de un perro pastor collie llamado Coti, que había nacido el mismo día en que él nació –un 12 de octubre de 1975–, y que se lo había regalado una vecina en un cumpleaños un par de años después. Era su mejor amigo.

En aquel entonces también descubrió el cine. Cada vez que su papá regresaba de Bogotá sacaba a los cuatro niños a pasear por el malecón de Quibdó, a bañarse en una playa que se formaba en las orillas del Atrato y a ver películas en la única sala de cine que existía en la ciudad.

Tenía dos pisos y varios ventiladores para mitigar el calor. El papá llevaba a los niños al piso más alto, desde el que Hinestroza recuerda que, junto a sus hermanos, les lanzaba crispetas a los espectadores de abajo cuando su padre iba al baño en los intermedios de la función, pues los operarios solían detener las proyecciones de las películas para que la gente comprara comida.

“Veíamos películas de vaqueros, mexicanas –recuerda Hinestroza– y luego mis hermanos y yo nos la pasábamos el resto del día hablando con ese acento como mexicano. La primera película que vi fue una que se llamaba El zorro blanco, la he buscado por todos lados pero no la encuentro, es como si no existiera”.

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Saudó, su última película, se estrenó el pasado 4 de agosto. Archivo Particular

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Aunque sus papás no estaban cerca y terminó yéndose de Quibdó aún siendo un niño, tiene los mejores recuerdos posibles de su infancia. Cuando su papá terminó sus estudios y su mamá mejoró, ambos volvieron a Quibdó por los niños para viajar a una ciudad que les ofreciera oportunidades mayores. Los padres eligieron ir a Pereira, “porque todo el mundo se quiere ir a Medellín”, decía el papá. Hinestroza recuerda que aquel era su primer gran viaje y la primera vez que dejaba a Quibdó atrás. Antes de irse preguntó si podía llevarse los huesos de Coti, que había muerto y lo habían enterrado en el patio de la casa de la tía Olga, pero lo convencieron de que lo dejara para que siguiera dándole vida al árbol de guayaba que le habían sembrado encima.

Aquel viaje era toda una aventura para él, pues comenzarían de nuevo sus vidas y el camión de la mudanza se dedicaba a transportar madera. Los muebles de la casa viajaron sobre troncos.

Aunque viajaban con las mayores esperanzas a Pereira, en aquella ciudad tanto él como sus hermanos padecieron el dolor de ser discriminados por primera vez en sus vidas. Algo que nunca había ocurrido en la cálida Quibdó.

Lo primero que le llamó la atención de la nueva ciudad, dice Hinestroza, era que en esa época eran la única familia de negros que había en el barrio al que llegaron. “Y todos los niños se me quedaban mirando boquiabiertos, como si estuvieran viendo a un espanto. No teníamos muchos amigos”.

En el primer día de colegio uno de sus hermanos tropezó, sin querer, a otro estudiante y en la salida los cuatro tuvieron que buscar al rector del colegio para que los escoltara, porque otros 50 alumnos los estaban esperando para golpearlos. Desde entonces tenían que estar juntos siempre, cuidándose la espalda los unos a los otros. Los apodos y las burlas por su color de piel se convirtieron en el pan de cada día.

“Yo salía del salón y buscaba a mis hermanos. Estábamos en una cárcel. Desde ahí yo vi la discriminación siempre porque éramos muy pocos, la minoría. No tuve un compañero afro sino hasta noveno y lo malo de ser el único es que si levantas la mano todo el mundo lo nota, si tiras una piedra todo el mundo lo ve. Yo no podía hacer nada porque problemas tenía”, recuerda.

En medio de todo, tanto Hinestroza como sus hermanos se dieron cuenta de que no había, en esas tierras, quien jugara fútbol como lo hacían los que venían del Chocó y se convirtieron en los mejores del barrio. En el mismo colegio él armó un equipo propio con otros jóvenes excluidos y se coronó campeón año tras año en todos los torneos.

Así pasó sus años de escuela, procurando ser invisible, ganando por goleada los partidos que pudiera y escribiendo poemas en el periódico escolar. Cuando se graduó procuró cerrar ese capítulo y viajar por Colombia. Terminó asentándose en Cali y estudiando una carrera tecnológica de comunicación social.

El niño solitario de Quibdó y de Pereira se convirtió en un fino observador con ganas de contar el mundo. En Cali hizo sus primeros cortometrajes con un grupo de compañeros de estudio, con los que empezó a dar a conocer su trabajo como narrador de historias. También organizó por tres años el Festival de Cine CienMilímetros y puso en marcha la empresa de producción Antorcha Films.

Desde allí, aunque quería hacer cine, producía en su mayoría videos institucionales y obras menores hasta que al equipo les llegó el guión de Perro come perro, la película dirigida por Carlos Moreno.

“Cuando lo leí vi que estaba tan bien escrito, tan bien estructurado y armado que era imposible que no fuera una película. Yo creo que es de los mejores guiones que he leído y al verlo vimos que había que hacerlo todo, todo lo que se pudiera para hacer una película. Lo dijimos todos. Esto era todo o nada. Esta película tenía que ser un éxito o sino nos íbamos a morir de hambre el resto de nuestras vidas”, recuerda el director.

Después del éxito de la película en Colombia y el mundo –llegó a más de 40 festivales–, su trabajo empezó a ser reconocido y desde entonces ha trabajado en las producciones de al menos nueve largometrajes, además de dirigir las propias Chocó y Saudó.

“Por fortuna, por perrenque y berraquera las cosas han salido bien”, asegura Hinestroza.

El trabajo no termina aquí. Va por más y hay varios guiones que podrían convertirse en sus próximas películas. Entre esos está uno que cuenta la historia de un soldado del Pacífico al que no le gusta la guerra.

El director, que es alérgico al pescado, a quien de niño sus amigos de Quibdó le decían ‘negro paisa’ cuando volvía de vacaciones por su acento, y que asegura que no sabe bailar como sus coterráneos, dice que es por eso que sus dos películas son sobre el Pacífico.

“Dejé de ser tanto lo que realmente soy que hoy en día siento que tengo que buscarlo, que encontrarme a mí mismo y por eso mis personajes están regresando a un lugar”, explica.

Los estudiantes del taller de cine, cuando acabó su historia, empezaron a soltar ideas de películas y personajes que podrían salir del Chocó. Y él, al final, les dijo que “todos podemos ser el ejemplo que todos siguen, o el ejemplo que nadie desea seguir”.

Ellos podían ser quienes quisieran, aunque crecieran en Kennedy, si le ponen perrenque, como lo hizo Hinestroza.

ALBERTO MARIO SUÁREZ
Redactor de Nación

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