El ganadero que viajó a ayudar a las víctimas de Mocoa

El ganadero que viajó a ayudar a las víctimas de Mocoa

Jaír Chamí dejó su finca en Pitalito y es uno de los líderes de los rescates.

Tragedia en Mocoa

Jaír Chamí es un militar retirado de 41 años de edad.

Foto:

Santiago Saldarriaga / EL TIEMPO

02 de abril 2017 , 11:41 p.m.

Cuando Jaír Chamí se enteró de lo ocurrido en Mocoa, no lo pensó dos veces y abandonó su finca en Pitalito (Huila) para correr a ayudar con las labores de rescate.

Este militar (r) y ganadero de 41 años lucha solitario con su machete para quitar las ramas que trajo consigo la empalizada y que se llevó uno de los muros de la cárcel municipal.

Dos días después de la tragedia, el sol en Mocoa hace pensar que la ciudad vive un constante verano y que las lluvias nunca existieron. A más de 30 grados centígrados, la ciudad se cubre de polvo tras el barro que dejó la avalancha que poco a poco se endurece dificultando aún más la búsqueda.

En la ciudad se olvidaron de los trajes formales. Las botas pantaneras se convirtieron en las mejores aliadas para caminar en medio del desastre. Algunos gallinazos sobrevuelan la zona, donde el olor a descomposición empieza a tornarse cotidiano.

Chamí asegura que las moscas han sido el indicador para poder encontrar los cuerpos que permanecen sumergidos bajo las piedras desde el viernes.

“Hay que tener los sentidos muy alerta –señala el robusto ganadero–, el olor guía pero también hay que mirar a los animales que van apareciendo”.

Antes de partir de Pitalito, Jaír le pidió a su mayordomo que lo acompañara, indicándole que era más urgente ayudar a sus compatriotas de Mocoa que el cuidado de sus cultivos.

Ese mismo mayordomo, con las rodillas llenas de barro, escarbó bajo las esterillas de una de las casas destruidas y encontró el cuerpo de una mujer.

“¡Aquí hay un finao!”. Se escuchó en medio de las piedras de más de dos metros que taponaron el barrio; en menos de 10 minutos había cinco personas ayudando a sacar el cuerpo.

La mujer era de avanzada edad, estaba boca abajo y descalza en una cama, su pijama indicaba que al parecer la tragedia la había cogido en la mitad del sueño, mientras que los improvisados rescatistas armaron una camilla con una escalera vieja de madera, una tabla y una sábana.

Jaír, al comando del grupo, daba las indicaciones de cómo sacar el cuerpo evitando que las botas de sus dirigidos se hundieran en el barro, mientras que por un megáfono un hombre gritaba perdido entre las piedras: “¡Otro cuerpo, otro cuerpo!”.

En medio de la desesperación alguien gritó con fuerza “¡Avalancha!” y los que estaban cerca comenzaron a correr, pero el grupo de hombres nunca soltó el cuerpo de la mujer. Tuvieron que esquivar a quienes salían despavoridos.

Fueron aproximadamente 15 cuadras con el cuerpo sobre los hombros, hasta la calle principal. Allí, una camioneta que pasaba cargada con un trasteo embarrado llevó el cuerpo hasta el Hospital de Mocoa.

El aviso de que un nuevo cuerpo iba a llegar hizo que en las puertas del hospital se formara una romería de personas. Jaír, sosteniendo aún el cuerpo, destapó el rostro de una mujer y uno de los tantos de la multitud rompió en llanto diciendo: “Es mi mamá”.

La camioneta con el trasteo, el cuerpo de la mujer y su hijo se dirigieron hasta el cementerio de Mocoa, mientras Jaír regresó a la zona a buscar más personas. A lo largo del día, había recogido indicios que le señalaban dónde encontrar el cuerpo de un pequeño que una desesperada madre estaba buscando.

MARIO BAOS
Enviado especial de EL TIEMPO
Mocoa

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