Los pueblos que les temen al mar y a la Ciénaga Grande

Los pueblos que les temen al mar y a la Ciénaga Grande

Magdalena: Tasajera y Palmira padecen los ataques de la naturaleza y del escaso apoyo del Gobierno.

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El coletazo del Huracán Matthew dejó a más de 14 mil familias afectadas en la Costa Norte Colombiana, entre esas a quienes viven en el casco urbano de Pueblo Viejo.

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Vanexa Romero

06 de noviembre 2016 , 05:35 a.m.

Pueblo Viejo (Magdalena). En el campo de fútbol de Tasajera, corregimiento de Pueblo Viejo (Magdalena), aún se observan los vestigios de la emergencia que vivieron hace cinco semanas sus pobladores por cuenta del desbordamiento de la Ciénaga Grande de Santa Marta.

La tierra está cubierta de aguas estancadas y malolientes, donde proliferan los mosquitos, y frente a las viviendas hay sacos que han llenado con arena que sacan de la carretera para protegerse de las inundaciones y, al mismo tiempo, poder moverse de una casa a otra.

(En fotos: Inundados: la embestida de la Ciénaga Grande y el Mar Caribe contra los pueblos del Magdalena)

“Ya llevamos más de un mes de tener esa agua putrefacta, llena de zancudos y así como hay zancudos ahí, hay dentro de las viviendas porque esa plaga que se fabrica ahí viene a tener acá. Uno tiene que vivir adentro porque allá afuera el mal olor no lo deja estar sentado”, dice Teresa Maldonado, quien vive al frente del campo.

Desde que empezaron las lluvias, la Ciénaga Grande aumentó su nivel y a comienzos de octubre se desbordó anegando las calles y casas de los corregimientos de Tasajera y Palmira, que se encuentran entre el complejo lagunar y el mar y son atravesados por la carretera Troncal del Caribe.

“Siempre hemos vivido con el riesgo de que la Ciénaga se crezca. Ya uno como que se acostumbra, viene la lluvia y se mete la Ciénaga y uno busca la forma de cada año ir alzando los pisos y las casas”, dice Maldonado, quien para evitar que se les dañen sus muebles y enseres los pone a salvo del agua sobre canastas de gaseosas, tablas y ladrillos.

Mal de salud

De lo que no han podido salvarse con las inundaciones es de enfermedades como hongos en los pies, infecciones en la piel, gripa, diarrea, vómito y dolencias en el cuerpo, sobre todo los niños y ancianos.

También están expuestos al contagio de enfermedades transmitidas por la picadura de mosquitos.

En 2010, en pleno fenómeno de la Niña, estos corregimientos vivieron una de las peores inundaciones de los últimos años. El desbordamiento de la Ciénaga Grande no dejó nada seco. Todo el pueblo estaba inundado y los pobladores tenían que moverse por las calles en canoas. Los damnificados armaron ‘cambuches’ a la orilla de la carretera para pasar la noche porque sus casas estaban llenas de agua.

El otro riesgo que tienen es el mar. Cuando hay fuertes vientos y oleaje se mete por las alcantarillas que comunican con la Ciénaga Grande a los barrios Campo Alegre, El Silencio y Adonay, que se encuentran en la zona más baja de Tasajera y también se inundan con las crecientes de la Ciénaga. “Hay noches que yo no duermo, tengo susto porque no sé qué pueda venir. Estamos viviendo entre la Ciénaga Grande y el mar. Esas olas del mar vinieron a tener a muchas casas por el barrio Adonay con el coletazo del huracán Matthew y después se metió la Ciénaga”, cuenta Herrera, quien vive con su marido y un nieto.

Su hermana Graciela Herrera, quien también reside en el barrio Campo Alegre, fue una de las más afectadas con las inundaciones. Su vivienda estuvo 15 días completamente anegada por el agua del mar y la Ciénaga Grande. Algunos muebles todavía están encima de las camas, que están alzadas sobre ladrillos, y el piso de tierra está húmedo. El agua de las calles empezó a bajar hace unos días porque pusieron motobombas y de las casas la sacaron con baldes y escobas.

Aunque los organismos de socorro han llegado a estos barrios a censar a los afectados, ellos aseguran que no han recibido ayudas ni de la Alcaldía ni de la Gobernación del Magdalena, por lo que algunas personas han salido hasta la carretera a poner retenes para pedirles plata a los conductores.

“Ponemos cabuyas porque los maridos de uno no salen a trabajar porque nos da miedo que venga un bajón de agua, se nos hundan las casas y además no pueden trabajar porque la Ciénaga Grande no está dando la pesca (…) Muchos niños tienen hambre, nos vamos a pedir una moneda, pero ahora mismo nos mandan el Esmad”, dice Blacina Yerena, del barrio El Silencio, donde todavía muchas viviendas están rodeadas de agua.

Ciénaga sin peces

La mayoría de los pobladores de Pueblo Viejo viven de la pesca, pero con la creciente de la Ciénaga Grande los peces han escaseado porque las aguas están muy profundas.

Los pescadores salen a sus faenas y algunas veces regresan con las manos vacías o lo poco que pescan en las partes más llanas solo les alcanza para darle de comer a sus familias.

“Hoy sale uno a pescar y no coge ná, de vaina para la comida de los pelaos y eso es lo que nos tiene malucos. Estamos pidiendo una ayuda porque hicieron un censo que nos iban a dar mercados y nos dieron uno de tres libritas de arroz”, dice el pescador Jairo Manga Mejía, quien vive a orillas de la Ciénaga Grande en el barrio La Esperanza, en el corregimiento de Palmira.

El pescador Naider Suárez, residente en el barrio Nuevo Amanecer, de Palmira, también se queja porque la pesca está mala. “A veces pesca uno 20 mil o 15 mil pesos. ¿De qué puede servir eso?”, dice.

Por eso, Margarita Castillo, su mujer, en ocasiones tiene que irse para Santa Marta a rebuscarse vendiendo dulces y chicles en los buses para conseguir plata para la comida de sus hijos.
Solicitan rellenos

Los afectados por las inundaciones no solo piden que los ayuden con mercados y brigadas de salud, sino también con sacos y camiones de arena para rellenar y hacer barricadas y evitar que cuando haya nuevamente una creciente o mar de leva tengan que abandonar sus casas para refugiarse en albergues y exponerse a que les roben sus pertenencias.
“Vivimos llenos de preocupación porque las crecientes siempre nos cogen a medianoche. Cuando nos levantamos nos toca meter los pies en el agua. Ahora contamos con suerte que no se nos metió en las casas, pero si viene otra creciente lo único que le pedimos al alcalde es que se acuerde de mandarnos flotadores ya que no nos da cara”, afirma Kathy Ariza, residente del barrio Adonay de Tasajera, donde muchas casas tienen aún los patios anegados.

Aunque en la mayoría de los sectores inundados han bajado las aguas, los pobladores aseguran que lo más probable es que se registre una nueva creciente de la Ciénaga Grande en los próximos días por el aumento de los niveles del río Magdalena y de los ríos que bajan de la Sierra Nevada de Santa Marta debido a las lluvias que están cayendo en otros sectores.

Por ahora le ruegan a Dios que esto no ocurra.

PAOLA BENJUMEA BRITO

MAGDALENA

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