Estas porquerías se mete con una raya de coca

Estas porquerías se mete con una raya de coca

Cal, gasolina, ácido sulfúrico, soda cáustica y otros químicos tóxicos se usan para fabricarla.

Preparación de la cocaína

El primer paso en el proceso de elaboración consiste en triturar la hoja de coca.

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Salud Hernández-Mora

26 de febrero 2017 , 05:27 a.m.

Lo hemos visto mil veces en películas. Un mafioso prueba, con la punta de la lengua, unos granitos de cocaína del cargamento que está a punto de comprar. “Muy pura”, sentencia con sonrisa burlona. Idéntica alabanza repiten sus clientes al aspirarla por la nariz. “Muy pura”, y se relamen con gula.

Pregunto al dueño de un laboratorio de base de coca y a sus dos jornaleros, si en alguna ocasión la han consumido. Me miran perplejos, pasean los ojos por el rudimentario recinto donde trabajan y con una mueca de repugnancia responden casi al unísono: “Nunca; nosotros sabemos cómo es la vaina”.

Me permitieron acompañarlos la semana que demoraron en transformar 264 arrobas de hojas de coca, verdes, blandas y frescas, en 7.292 gramos en algo parecido a lascas blancas. “La droga es lo más malo que hay, acaba con las familias”, alegó el propietario del laboratorio, situado en zona rural del corregimiento Sinaí, municipio de Argelia, al sur del Cauca. “Puede tomar fotos y grabar para que la gente conozca cómo es que se prepara esta vaina”. Pero nada de rostros que los identifique ni nombres. Le llamaré Daniel.

(Vea aquí: Así es el proceso de elaboración de cocaína)

Antes de empezar, anotar algo obvio: la base es solo la fase inicial. Daniel la venderá a un comprador que, a su vez, la llevará al cristalizadero para que, a golpe de más químicos, la conviertan en polvo fino. Después, en el lugar de destino, tanto en Colombia como el exterior, le darán el último toque: le meten cal, talco u otro producto a la cocaína para doblar el volumen y las consiguientes ganancias.

A pesar de su rechazo hacia los estupefacientes, Daniel, un campesino nativo de la región que aprendió a producir base de coca a costa de fijarse en lo que hacen otros, me propuso convertirme en su socia para ampliar el negocio. Son buenos tiempos para los cocaleros, argumentó, en regiones como la suya, de dominio guerrillero, el Gobierno detuvo la erradicación y hay que aprovecharlo. Pero necesita un inversor que aporte unos 50 millones para levantar otro laboratorio en una finca de su familia. “Preguntaré a mi periódico si me lo permite, aunque no creo que les guste”, advertí. Presagió que rechazaría la oferta y lo lamentó. “Un pesar porque es una buena oportunidad”, reiteró.

Hablar de “laboratorio” resulta pretencioso para un cambuche destartalado y sucio, con piso de cemento, techumbre de plásticos, sujetos con palos, y un arrume de canecas ennegrecidas y viejas.

El lunes temprano Daniel y los dos ayudantes, a quienes paga 50 mil pesos diarios, pesan las hojas, las pican en una trituradora, las esparcen sobre el concreto y espolvorean cal viva y Nutrimón, un abono que ayuda a quemarlas. “Lo recomendado son 10 kilos de cal viva y 4 tazadas de Nutrimón para 25 arrobas”, precisa Daniel. Hay quienes prefieren el cemento a la cal, como he visto en el Catatumbo y en Nariño, y el resultado es el mismo.

Después las pisan con sus botas de caucho hasta formar un engrudo que echan a las canecas. Lo maceran con gasolina nueva y lo revuelven con palos. Exprimen varias veces la mezcolanza y el resultado es un líquido espeso que introducen en otra caneca. Al cóctel le agregan ácido sulfúrico y agua. “El mismo ácido que echan en las ciudades a la cara de las mujeres se lo echamos a la coca”, apunta.

En cada operación demoran horas. Es un trabajo intenso pero tranquilo, y dejan reposar cada mezcla un buen rato. Trabajan hasta el atardecer y reanudan la labor sobre las 7 de la mañana.

Uno de los ingredientes esenciales es el permanganato de potasio o ‘perga’, nombre familiar que usan. Lo recomendable es utilizar guantes y gafas especiales para manipularlo, al igual que con los demás químicos que emplean, pero ni se lo plantean. “Tenemos cuidado”, dicen.

La cantidad depende del tipo de mata y de hoja, y es Daniel el experto. Si le añade más de la cuenta, lo daña y se pierde. “A la pinguana, que es la mata de mejor calidad, se le echa menos ‘perga’; la boliviana, la más común, requiere más, igual que la pajarita (la de bolitas rojas), la más resistente de todas”, puntualiza. “Hay que tener cuidado porque si nos venden hoja biche (verde aún), rinde bajo y uno puede perder mucha plata”, dice. “Y no vuelvo a comprarle a ese cultivador”.

También disuelven soda cáustica y acetona en distintos momentos. Gracias a que el laboratorio carece de paredes y durante las jornadas corre una ligera brisa, se puede respirar. La mayoría de productos y mezclas son muy tóxicas.

Los días transcurren filtrando líquidos y añadiendo distintos químicos, incluidas buenas dosis de bicarbonato de sodio que todo lo blanquea, hasta obtener la “mercancía”, una masa blanca que termina pareciéndose al queso que elaboran los campesinos.

En ese momento, Daniel analiza el resultado y pronostica satisfecho que “será bastante” cantidad. Solo falta conocer la calidad.

El penúltimo día, viernes, nos desplazamos en moto, a primera hora de la tarde a su casa, en un caserío cercano. Es una vivienda sencilla, con un patio amplio. En el fogón en el que preparan el almuerzo, alistan una olla grande y cuecen la “mercancía” para que evapore el agua. En otro recipiente de plástico negro, vierten el contenido de la olla. Repiten varias veces la operación. Al terminar, Daniel se encomienda a Dios. Solo queda dejarla secar toda la noche y confiar "en que rinda unos siete kilos de excelente calidad".

El sábado madruga para comprobar el resultado. No puede sentirse más feliz. “Tuvimos suerte”, me dice. “Han salido 7 kilos y 292 gramos de base de muy buena calidad. Si no, no te la compran o te la pagan mal”.

Confía en recibir $ 1’850.000 por kilo. “Pero hay que pagar las hojas, los jornales, los abonos y los insumos químicos, que han subido mucho”, se queja. Y la vacuna, le susurro. “Es poca la ganancia, no es como hace años”, asegura.

Procesa unas cien mil arrobas cada tres meses, su laboratorio no tiene capacidad para más y tampoco cuenta con fondos suficientes. De ahí que pretenda crecer si encuentra socio.

Lo que queda de las hojas machacadas es un magnífico “abono para los cultivos de coca y maíz”, indica, aunque no vi un sembrado de nada distinto a la famosa mata. “Si se acaba la coca, mi pensamiento es sembrar frijol y maíz”, afirma poco convencido. “Lo que pasa es que uno ya se pegó a esto. Llevo unos treinta años en la coca y es difícil cambiar. Y mientras haya consumo, habrá quien la produzca”.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
Especial para EL TIEMPO
Sinaí (Cauca)

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