Así vivió una víctima del conflicto la misa del Papa en Villavicencio

Así vivió una víctima del conflicto la misa del Papa en Villavicencio

Paulina Mahecha elevó sus oraciones para poder encontrar el cuerpo de su hija, María Cristina.

Misa y beatificación

“Reconciliarse en Dios, con los colombianos y con la creación”, así comenzó la homilía del Papa en Villavicencio.

Foto:

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

08 de septiembre 2017 , 02:27 p.m.

Era inédito: el Papa llegó en su papamóvil a Catama. Decenas de fieles se abalanzaron hacia él.

Ocurrió en la mañana de este viernes. Los más de 400.000 feligreses que se aglutinaron en el lugar enfrentaron la lluvia por más de cinco horas hasta la llegada del santo padre. Curiosamente, cuando su avión llegó a Villavicencio, la súplica de los fieles para que la llovizna amainara surtió efecto. El objetivo de los llaneros era claro: pedirle que rezara por el Meta, una región golpeada por el conflicto.

Paulina Mahecha llegó temprano a Catama. Ver al santo padre la motivaba. "Al que madruga, Dios le ayuda", pensó, y más cuando cada día su súplica durante 13 años ha sido la misma: "Que me entreguen los restos de María Cristina", su hija desaparecida.

Con mucha fe miraba a Francisco. Oraba. Su hija fue cruelmente asesinada por las autodefensas luego de ser desaparecida. La confesión de un paramilitar, dice Paulina, revela que ella fue descuartizada y enterrada en una fosa común de la vereda El Encanto, en Remedios (Guaviare).

Paulina, mientras escuchaba las palabras de Francisco, recordó que a su hija María Cristina, de 29 años, la mataron cuando tenía tres meses de embarazo por proteger a las mujeres de ese lugar. "Era enfermera jefe y velaba por la salud de las demás. Estudió para ser mejor y la mataron por eso".

Mientras el santo padre hablaba, Paulina cerraba los ojos, levantaba la cabeza y alzaba las manos. "Ojalá la próxima vez que vuelva con la Fiscalía a buscar los restos de María Cristina los pueda encontrar y despedirla como merece", decía.

Francisco, ante la multitud de personas que lo acompañaban en Villavicencio y las arpas llaneras que armonizaban la misa, hablaba de la Virgen María como el nuevo amanecer del mundo y la asemejaba con el resplandor que irradiaba la llanura colombiana.

"María ha sabido ser transparencia de la luz de Dios y ha reflejado los destellos de esa luz en su casa, la que compartió con José", decía Francisco.

También hablaba sobre la reconciliación: "Cuando las víctimas vencen la comprensible tentación de la venganza, se convierten en los protagonistas más creíbles de los procesos de construcción de la paz. Es necesario que algunos se animen a dar el primer paso en tal dirección, sin esperar que lo hagan los otros. ¡Basta una persona buena para que haya esperanza! ¡Y cada uno de nosotros puede ser esa persona!" 

"Esto no significa desconocer o disimular las diferencias y los conflictos. No es legitimar las injusticias personales o estructurales. El recurso a la reconciliación no puede servir para acomodarse a situaciones de injusticia", añadió el Papa.

Paulina escuchaba atenta y empuñaba un diario que escribe cada día como si fuera la propia María Cristina quien lo redactara. "Mi madre sufre mucho porque no encuentra mi cuerpo", se lee en ese escrito, al que llama el Cuaderno de la Memoria, que tiene dibujos de su hija desmembrada, para mostrar el dolor que padeció la mujer.

Las gaviotas revoloteaban alrededor del altar donde estaba Francisco. El Papa trae unión y la esparce a su llegada. En Catama había gente de todo el Llano, Boyacá, Cali e incluso San Andrés.

Luz Angélica Galindo, movida por la fe, llegó desde Ibagué. Estaba sentada atrás, su salud no le permite levantarse mucho, pero venció la artritis para ponerse de pie cuando el sumo pontífice entró al altar donde oficiaba la misa.

Vio, a lo lejos, cuando ingresó con una cruz de madera gigante y la guardia indígena se le acercaba. Luz Angélica ve en Francisco al propio Jesús, por lo que caminó cinco kilómetros encomendada a su fe. "Él me va a ayudar a salir adelante", aseguró.

Uno de los actos solemnes fue el de la beatificación del obispo de Arauca, monseñor Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, quien fue asesinado por el Eln en 1989, y del sacerdote Pedro María Ramírez Ramos, conocido como el 'martir de Armero', masacrado en ese municipio tolimense en medio de revueltas tras la muerte de Jorge Eliecer Gaitán en 1948.

Jaime Bello, un hombre de unos 60 años, viajó 12 horas desde Arauca para asistir al acto donde se honraría al padre que califica como el símbolo de la reconciliación de este país.

Él recuerda al ahora beato Jaramillo como una persona amorosa y dulce, que siempre lo daba todo por el más pobre, pero que la violencia se llevó, como a muchos otros en este departamento.

De hecho, Jaime dice que le ruega a Dios que esta visita abra el camino para que el proceso de paz con el Eln fluya, pues los siguen atormentando atentados, homicidios y el azote del grupo guerrillero en los campos.

CRISTIAN ÁVILA JIMÉNEZ
Enviado especial

VILLAVICENCIO

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