Álex Pantoja, el vendedor de refrigerios que ‘nació’ por tercera vez

Álex Pantoja, el vendedor de refrigerios que ‘nació’ por tercera vez

Sobrevivió a la avalancha de Mocoa seis días después de haber sido operado en el corazón.

Álex Pantoja, sobreviviente a avalancha de Mocoa

Álex Pantoja (izq.) recuerda con mucha tristeza los momentos que vivió durante la avalancha en Mocoa.

Foto:

Santiago Saldarriaga/EL TIEMPO

04 de abril 2017 , 07:26 a.m.

Desde hace dos años Álex Pantoja vendía refrigerios a 4.500 pesos en la zona comercial de Mocoa, pues confiaba en que su buena sazón algún día lo iba a sacar a él y a su mamá de la pobreza. Lo que no sabía era que sus preparaciones le iban a salvar la vida.

Este joven de 23 años ha luchado desde muy pequeño para conservar su sonrisa, pues nació con varias complicaciones en su corazón que lo obligan a usar una válvula para poder mantenerse con vida.

Hacía seis meses su salud estaba nuevamente en la cuerda floja. Según los exámenes entregados por los doctores, a Álex no le quedaba mucho tiempo, por lo cual era necesario volver a operarlo, cambiar la válvula y arreglar lo que estaba fallando.

Lloré, lloré mucho y no sabía qué hacer conmigo

Tras varias semanas de recuperación y pensar que era la última vez que iba a ver a doña Ninfa, su mamá, Álex volvió a salir adelante y continuó con su negocio de refrigerios.

“Volví a tener fe en la vida, pues Dios me dio una segunda oportunidad para cuidar de mi mamá, ella es mi todo”, dijo, mientras mostraba una cicatriz en su pecho, de aproximadamente 10 centímetros, que aún estaba cicatrizando.

A las 9:00 p. m. del viernes, horas antes de la tragedia, unos encargos que le habían hecho de su menú de refrigerios hicieron que el joven saliera de su casa, ubicada en el barrio San Miguel, hasta la plaza del centro sin importar la lluvia que en ese momento apenas asomaba.

Avalancha en Mocoa

Vista aérea de Mocoa, tras la avalancha.

Foto:

Juan Diego Buitrago/EL TIEMPO

Bajó en una moto, conversó con sus amigos mientras veía caer la lluvia y pasaron varias horas hasta que ocurrió lo menos esperado.

“Gritaron: ‘¡Avalancha, avalancha!’, y miramos cómo la gente se movía, llorando y sin saber adónde ir. De inmediato me acordé de mi mamá, mis vecinos y mis amigos, entonces me fui a buscarlos”, contó.

Al llegar al punto conocido como el puente y en medio de la oscuridad de la madrugada del sábado, Álex rompió en llanto al escuchar la fuerza del agua y la gente pidiendo ayuda. Sintió impotencia y el agua lo arrastró.

“Empecé a gritar: ‘¡Auxilio, auxilio!’, y mi voz se confundía con la de tantas personas.

Comencé a tragar barro y a sentir como los troncos me daban en la cabeza, trataba con los pies de empujar lo que más podía para poderme parar, hasta que me atoré en una cuneta. Todo me daba vueltas”, relató.

Dos barrios más abajo, un hombre escuchó su clamor, y amarrado a una soga, le dio la mano a Álex, quien ya se estaba ahogando.

“No supe quién era, pero le di las gracias, también ayudé a sacar un niño de 4 años que nunca encontró a su mamá y se lo llevaron al albergue”, manifestó.

Pasada la lluvia y aún con la quebrada Taruca desbordada, Álex no se dio por vencido y regresó a la zona del desastre a buscar a su familia. Cuenta que eran las 3:00 a. m. del sábado. Estaba mojado y golpeado, pero no sentía dolor.

“Me enterré varias veces en el barro, aunque como pude me salí. Solamente hasta el amanecer pude llegar a mi casa (…) Nada había, solo piedras. Unos vecinos que sobrevivieron comenzaron a contarme lo que pasó”, reseñó entre lágrimas.

Según lo que le dijeron a Álex, los vecinos de la casa que estaba frente a la suya refugiaron a varias familias en su terraza, pero una piedra chocó contra las paredes y se les vino todo encima. A algunas personas que alcanzaron a salir corriendo se los llevó la avalancha; a otras, simplemente, los cogió dormidos.

“Enseguida de nosotros vivían unos muditos. Papá, mamá e hijo; eran muy creyentes en Dios. Me cuenta mi vecino que cuando comenzó a bajar el agua ellos comenzaron a aplaudir y a orar, pero se los llevó”, recordó.

Avalancha en Mocoa

En estos momentos, gran parte de Mocoa está cubierta de lodo, palos y piedras.

Foto:

Juan Diego Buitrago/EL TIEMPO

El susto más grande que se llevó Álex fue encontrar un carro tipo campero en la habitación en la que dormía su mamá. El vehículo había destrozado toda el área y formado una represa, donde los muertos iban quedándose atorados.

“Lloré, lloré mucho y no sabía qué hacer conmigo. Me sentía tan pequeño ante la magnitud de la vida, no sabía qué hacer sin mi viejita”, narró.

Mientras trataba de organizar lo poco que le quedaba, una voz le devolvió el alma al cuerpo: era doña Ninfa, quien venía abriéndose paso entre el espeso lodo y lo buscaba. Lo encontró embarrado y lleno de golpes, hasta que se fundieron en un abrazo.

Perdimos todo, pero gracias a Dios no se perdió mi mamá


Ella había salido después de él, esa noche del viernes, porque varias boletas de una rifa que estaba haciendo se le habían quedado sin vender. Eso le salvó la vida.

“Solo recuperamos unas sábanas, una olla a presión y el armario de plástico. Perdimos todo, pero gracias a Dios no se perdió mi mamá (…). Dios nos tiene para grandes cosas y me dio una tercera oportunidad de vivir”, finalizó.

MARIO BAOS
Enviado especial EL TIEMPO
MOCOA

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