Tumaco se acerca a la paz con cautela

Tumaco se acerca a la paz con cautela

En el municipio reciben con alivio el acuerdo, pero temen que la violencia no termine.

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Jóvenes de Tumaco cargan instrumentos musicales para ir a donde Alba María Valencia, quien les enseña la música tradicional del Pacífico.

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Hector Fabio Zamora / EL TIEMPO

01 de octubre 2016 , 05:04 p.m.

“Este es un pueblo abandonado que no ha desaparecido porque Dios es grande”, se suele decir en Tumaco, que en una esquina del Pacífico nariñense se acerca a la paz con la esperanza de que los horrores que ha vivido nunca vuelvan a repetirse.

Así lo hace la cantadora Alba María Valencia. Tiene 70 años. Vive en una casa levantada con tablas y palotes sobre una callecita llena de lodo y arena en un barrio al que desplazados del área rural del municipio y de otros pueblos nariñenses bautizaron ‘Brisas del aeropuerto’, por su cercanía con la terminal área local.

Aquí llegaron para empezar de nuevo con apenas lo que tenían puesto. Casi todas las casas, como la de Alba María, están levantadas en tablas, a unos centímetros de la tierra, para evitar que se inunden cuando llueve. Ya pasaron 15 años desde que abandonó su rancho a orillas del río Chagüí, huyendo del grupo armado –cuyo nombre se reserva–, que se iba a llevar al monte a sus hijos en la vereda La Sirena.

Se fue para salvarlos de la guerra. Y hoy continúa en lo mismo, pero con los niños de su barrio, a los que les enseña de los cantos ancestrales y bailes que aprendió desde niña con la esperanza de que así, acercándolos a sus raíces, a su cultura y a sus viejos, no caigan en la tentación de acercarse a quienes la despojaron de todo hace 15 años.

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Alba María Valencia, desplazada por el conflicto armado, dice que sanó sus heridas cantando. Foto: Héctor Fabio Zamora/EL TIEMPO.

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Sus temores no son en vano. El conflicto armado se enquistó en Tumaco con saña. El Centro de Recursos para el Análisis del Conflicto detalla que ha sido atacado por las Farc en 133 ocasiones. Además, este es el municipio del país del que más han salido personas desplazadas por presiones de grupos guerrilleros: 75.635. Por Tumaco también pasaron las autodefensas, y continúa siendo azotado por bandas criminales.

“Yo enseño con el ánimo de que los niños aprendan y sobre que aprendan, que no se vayan, que tengan en qué ocupar el tiempo libre para que no se metan a eso que ya sabemos: con los que tienen las armas” cuenta Alba María, sentaba en un banco de su casa.

Ella llegó al casco urbano desde una vereda donde su familia trabajó desde siempre en cultivos de plátano, yuca, cacao y naranja hasta que un emisario del grupo armado que dominaba la zona donde vivía le dijo que si tenía cinco hijos hombres 4 debían trabajar con ellos. “Cómo que trabajo”, le preguntó ella, alarmada. “No tiene que saberlo”, le respondió el hombre. Se quedó callada. Pero cuando llegó a su rancho les contó a sus hijos y salieron un par de días después. Iba con dos niñas y cinco muchachos. Se marcharon de la vereda sin recoger nada, para no levantar sospechas.

“Me duele tanto, profe –dice Alba–, haberme venido de la tierra que mi papá labró. Él decía: ‘yo trabajo para el día en que me muera mis hijos no vayan a andar velando un pedazo de tierra, un pan, un plátano, o que no tengan en dónde sembrar”.

Pero tuvo que empezar desde cero. Levantó a sus hijos con lo poco que ganaba lavando y planchando para otras familias del municipio. También, porque en La Sirena solía enseñarles a los niños a cantar, procuraba ir animando las fiestas de Tumaco bailando currulaos y entonando cantos del Pacífico con un grupo de mujeres cantadoras que conoció en el pueblo.

Los niños de la barriada de calles pantanosas donde vive se reúnen a su alrededor por las tardes, tres veces a la semana, para aprender de las tradiciones del Pacífico profundo que les enseña Alba, que ha curado sus heridas heredando lo que mejor sabe: bailar y cantar.

“La venganza nunca muere en quienes perdonan, pero siempre recuerdan lo pasado, los pasados. Pero desde que uno perdone con fe y aliento y esperanza y lo haga de todo corazón, se puede de verdad. Yo sí lo pienso hacer y lo hago. Con mi perdón aporto a la paz porque no voy a estar en el conflicto. No voy a seguirlo”, sentencia la mujer, mientras los niños regresan a sus casas, tras recibir las clases, al final de la tarde de un domingo.

Aunque las negociaciones de paz entre el Gobierno y la guerrilla de las Farc terminaron, la labor de Alba María continúa, pues en Tumaco buena parte de la comunidad aún no confía del todo en que baste el acuerdo para que la paz sea con ellos.

A finales del año pasado un informe de la Defensoría del Pueblo alertó de que rodaron panfletos amenazantes del ‘clan Usuga’ y otros grupos y aparecieron letreros del Eln. El azote de los violentos se sintió con contundencia en diciembre y el mes acabó con 25 asesinatos. Por eso, aún muchos tumaqueños se acercan a la paz caminando en puntillas. Más por estos días, pues aunque las Farc, el grupo armado más poderoso que estuvo en el pueblo le apostó a la paz, los homicidios no han cedido este año.

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En un monumento levantado para honrar la memoria de las víctimas del conflicto desconocidos pintaron las siglas del Eln. Foto: Héctor Fabio Zamora/EL TIEMPO.

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Hasta el pasado 24 de agosto, la Alcaldía tenía registros de 89 crímenes, uno más que para la misma fecha del 2015. Las autoridades temen que el espacio que dejó la guerrilla se lo estén disputando otros grupos que buscan apoderarse del negocio del narcotráfico y esto genere nuevas oleadas de violencia.

Así lo cree el secretario de gobierno, Edwin Palma, quien asegura que su despacho continúa recibiendo reportes de personas desplazadas y amenazadas.

“Ayer nos tocó sacar a una familia de 13 integrantes por amenazas de un grupo. Gracias a Dios ya activamos la ruta y salieron a alguna parte de Colombia”, decía el mismo día en que concluyeron las conversaciones de paz con la guerrilla en La Habana.

El padre Arnulfo Mina, vicario de la Diócesis local, también teme que la calma no llegue del todo con la firma de la paz con las Farc. “Mientras haya inequidad y no haya inclusión –asegura el padre–, seguiremos teniendo problemas pero esperamos, esperamos, que por lo menos el conflicto armado cese porque esto ha sido un baño de sangre”.

El perdón
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El padre Arnulfo Mina, que también trabaja en una escuela del pueblo, asegura que "confiamos en que el Gobierno con este tratado ojalá ponga los ojos en toda Colombia, en todos los pueblos, que ojalá haya justicia social". Foto: Héctor Fabio Zamora/EL TIEMPO.

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En Tumaco tienen miedo, pero también están dispuestos a perdonar y empezar de nuevo, como lo han hecho tantas otras veces.

Desde marzo, en el campo, los labriegos de las tierras del consejo comunitario de Alto Mira y Frontera, conformado por 42 comunidades dueñas de 24.000 hectáreas aledañas al río Mira, evaluaban lo que vendría si finalmente se decidía que en alguna zona rural del municipio habría una zona de concentración de la guerrilla. Lo que finalmente pasó.

Lo hacían aún con la herida abierta que dejó el asesinato de Genaro García, cabeza del consejo comunitario, a manos de las Farc en agosto del año pasado. Era un líder querido y respetado por las comunidades, defensor de los territorios colectivos de los avances del narcotráfico y muchas veces vocero de las víctimas del conflicto. Un hombre consistente. 

(Le puede interesar: ¿Quién es Genaro García, el líder afro asesinado por las Farc?)

Un miembro del consejo, que pidió no ser identificado, contó que estaban dispuestos a empezar de nuevo. “Queremos que la gente que quede en el territorio sea para construir, para reparar todo lo que se ha hecho malo y podamos construir en sociedad y vivir en paz. Ya lo que se ha dado, se ha dado. Por algo a la gente nativa le da miedo, pero hay que tratar de reinventarnos para vivir en paz. Reinventar algo, no sé, pero se trata de eso, de que todos aportemos para hacer cosas mejores y no caer en lo mismo”, decía.

En Tumaco reciben la paz con cautela, y, también, con la fortaleza que le dan al pueblo quienes han logrado sobreponerse a todo.

Al forastero que hubiese caminado el miércoles soleado del 8 de marzo por el centro le habría costado creer a lo que ha sobrevivido el municipio. Había centenares de niñas vestidas de blanco, estudiantes de escuelas locales, que ocupaban varias cuadras, mientras marchaban para celebrar el día de la mujer. Un viejo camión de bomberos les iba abriendo el paso y a un lado y otro de la calle vendedores de picadas de chontaduro, agua de coco fría y de ropa y de zapatos corrían sus ventas mientras pasaba la caravana. Decenas de mototaxistas aguardaban, desesperados, a que pasaran las niñas para seguir andando por la carrera novena.

En una esquina de esa calle se levanta el comando de Policía, donde las Farc dejaron el miércoles 1.° de febrero del 2012 una bomba en una carretilla que mató a 9 personas y dejó a otras 75 heridas, entre ellas a Otto Hernández.

A este hombre, que administra una tienda en el centro, no muy lejos del comando, el brutal atentado le hizo perder una pierna, la movilidad del brazo izquierdo, rompió sus labios y lo dejó siete meses aferrándose a la vida en una clínica de Cali.

Hernández, de 44 años, hijo de un comerciante ecuatoriano que llegó a la costa nariñense buscando buena fortuna, recuerda que ese día se levantó exactamente a las 5:30 a. m. y se cambió para ir a jugar fútbol en el Polideportivo San Judas, a tres cuadras del centro, con unos vecinos. Allí estuvo hasta las 7 a. m., cuando regresó a casa para abrir su negocio.

Atendió el local hasta el mediodía, cuando su esposa, Solangel Mosquera, lo llamó para almorzar un plato de fríjoles con costillas. Aunque la comida, dice el tendero, era digna para descansar un rato, se levantó de la mesa y fue hasta la esquina del comando de la Policía a buscar un mototaxi. Necesitaba realizar un par de diligencias.

“Me acuerdo muy bien –dice Otto–. Era la 1:49 p. m. Voy a subirme a una moto. Miro una carreta frente a la Policía. Era una carretilla con un cubo de vidrio para vender jugos. Veo cómo el agua se mueve. Como que había sido hace instantes que habían colocado eso ahí, cuando viene la explosión. Yo miro al cielo. Pensé en mis tres hijos: Estiven Hernando, Juan David y Óscar Felipe y en mi esposa. Haga de cuenta que estaba en la mitad de un tornado. La onda explosiva me fue desbaratando. Yo quedé parado ahí, mirando hacia arriba, hacia el cielo, toda esa explosión: un remolino de mugre y de suciedad que se levanta”.

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Otto Hernández camina por la esquina donde explotó la bomba en el 2012 y asegura que lleva cuatro años esperando ser reparado como víctima del conflicto. Foto: Héctor Fabio Zamora/EL TIEMPO.

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No puede olvidar, sabe que su vida no será igual y que le quitaron los partidos de fútbol que jugaba y hasta la oportunidad de salir a correr, como antes, con sus hijos.

“Es algo que tú llevas, con lo que convives. Pero no puedes vivir de un pasado, de unas secuelas. Yo soy padre cabeza de familia, tengo unas responsabilidades, no me puedo quedar a echarme a dormir. El Señor me ha dado la virtud, la fortaleza, de continuar”, agrega Otto, que también advierte que lleva cuatro años esperando una reparación del Estado que nunca llega.

“Que el pacto se firmó, eso está bien, porque así se evitan muchas más guerras, pero que no olviden a esas personas que de una u otra manera hemos vivido este conflicto”, sentencia el tendero, que sigue adelante, como el resto del pueblo. Como lo han hecho siempre, a pesar de tanto.

ALBERTO MARIO SUÁREZ D.
Enviado especial de EL TIEMPO
TUMACO

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