En Quinchía perdonan pero no olvidan la ‘operación Libertad’

En Quinchía perdonan pero no olvidan la ‘operación Libertad’

En este municipio añoran a quienes han muerto de los 126 capturados en el 'falso positivo' de 2003. 

Mural Quinchía

‘Memoria latente de un pueblo ultrajado’ es el nombre del mural que recuerda el ‘falso positivo’ y la unión y renacer de Quinchía.

Foto:

Alexis Múnera

17 de diciembre 2017 , 06:54 p.m.

Los ojos del alcalde de Quinchía (Risaralda), Jorge Alberto Uribe Flórez, se llenaron de lágrimas cuando recordó la madrugada del 28 de septiembre de 2003. Para el exalcalde Gildardo Trejos Vélez y la personera municipal, Gloria Eunice Palacio Cano, rememorar ese día también fue difícil, pero pueden contener el llanto.

Ellos tres, ahora en cargos públicos representativos y con ascendencia en el municipio, fueron víctimas de uno de los ‘falsos positivos’ más grandes en la historia de Colombia: la ‘operación Libertad’, la captura de 126 personas, en Quinchía, sindicadas por la Fiscalía como auxiliadores del extinguido frente ‘Óscar William Calvo’, una disidencia de la otrora guerrilla del Ejército Popular de Liberación (Epl).

La semana anterior, los capturados que están vivos –que son la mayoría– y los que ya fallecieron, y, en general, Quinchía, volvieron a ser noticia debido a un fallo del Consejo de Estado que condenó a la Fiscalía a pagar 7.300 millones de pesos a 29 de las víctimas (los detenidos o sus familias) del ‘falso positivo’.

La demanda la interpuso el abogado Benjamín Herrera, quien fue el único jurista que no accedió a conciliar con la Fiscalía.

El Consejo de Estado concluyó que las 29 personas fueron privadas injustamente de su libertad “por supuestos nexos con la subversión que nunca pudieron ser probados”.

A los 126 les impusieron medidas de aseguramiento y meses después los acusaron de rebelión, terrorismo, concierto para delinquir y algunas de ellas de secuestro extorsivo.

Otras víctimas, como Uribe y Trejos, representados por otros abogados, arreglaron con la Fiscalía y recibieron la mitad de la indemnización que les correspondía.

La ‘operación Libertad’ se realizó cuando era fiscal general de la Nación, Juan Camilo Osorio, y el presidente de la República era Álvaro Uribe Vélez, en su primer mandato.

Quinchía, Risaralda

El templo de San Andrés Apóstol, consumido por un incendio, en el parque principal del municipio.

Foto:

Alexis Múnera

A los siete, nueve y 22 meses de estar detenidos, la inmensa mayoría de los capturados quedó libre y, además, los fiscales les pidieron perdón por el error.

Hoy, en las calles y los cafés del pueblo aseguran que solo un alias ‘Boquinche’, “que sí era guerrillero”, fue condenado y que José Ladino, a quien también llaman ‘Boquinche’ y se gana la vida como ayudante en los carros de las empresas de transporte de la localidad, sigue sumido en la pobreza. Paradójicamente, los dos, el bueno y el malo, fueron capturados esa oscura madrugada, la más negra de los 129 años de historia de Quinchía.

El día en que se ultrajó a Quinchía, como lo expresó la Ruta Pacífica de Mujeres en un mural colectivo que hizo a una cuadra de la Alcaldía y que recuerda el hecho y rinde homenaje a las víctimas, salían policías de todas las esquinas –la gente coincide en que “eran más de 800 y más de 100 fiscales”– docenas de carros recorrían las calles y helicópteros sobrevolaban el casco urbano. “Eso parecía la guerra de Vietnam”, recuerda José Hernando Zapata, propietario de uno de los cafés tradicionales del pueblo.

Uribe y Trejos fueron dos de los 126 capturados. Gloria Eunice era una joven estudiante de Derecho en la Universidad Libre de Pereira, que presenció como un grupo de 40 policías ingresó a la casa de su abuelo materno –donde ella vivía–, el exalcalde y entonces concejal Gilberto Cano Bolívar para hacer un allanamiento y llevarse a su pariente con sus manos atadas a la espalda con una soga, como el peor criminal.

‘Cachaco’, como llamaban a don Gilberto, falleció a los 86 años en el 2015 y tras 57 años de servicio público para su pueblo, que solo interrumpieron los 22 meses que estuvo preso. Él fue el detenido más viejo de los capturados –tenía 72 años– y se marchó de este mundo, como le decía a sus amigos, “sin comerme un sancocho con la indemnización de ese carcelazo”.

En la ‘Villa de los Cerros’, como se conoce a este pueblo del nororiente de Risaralda, cafetero por tradición y minero porque es lo que está dando más plata, también recuerdan con nostalgia a José de los Santos Suárez, un campesino invidente a quien el ente investigador acusó de encargarse de avisarle a los subversivos de la presencia de la fuerza pública, de darles techo y comida y de armar explosivos.

José de los Santos falleció en el 2010, a los 62 años, pero también murieron, entre otros, Martiniano de Jesús Manso y Wilfrey García. Y a otros los asesinaron, como Arlés Ocampo, Eduardo Castro y Aldemar Tusarma. Algunos sostienen que los paramilitares del Bloque Simón Bolívar estuvieron detrás de algunos de esos crímenes.

‘Solo faltó el cura’

Por la época de la ‘operación Libertad’, Quinchía estaba azotado y, además, estigmatizado por los delitos perpetrados por el frente ‘Óscar William Calvo’, que era comandado por el sanguinario alias ‘Leytón’.

Las extorsiones, los secuestros, las desapariciones y los homicidios estaban a la orden del día por cuenta de ese grupo, que era más de delincuentes que una guerrilla con sustento ideológico.

Hace 14 años, Uribe era candidato a la alcaldía por el partido Liberal. A las 3 y media de la mañana de ese 28 de septiembre escuchó el sonido de cuando desaseguran un fusil seguido por un golpe fuerte en la puerta.

“Pensé que la guerrilla venía por mi porque una de mis promesas de gobierno era acabar con ella”, recordó el ‘Gato’, como lo llaman. Revisaron su casa y se lo llevaron.
Simultáneamente, otro grupo de policías capturaba al oponente de Uribe, Édgar Saldarriaga; al secretario de Gobierno, Carlos Trejos; al concejal Anderson Largo. Hasta el comandante de los bomberos, Javier Pescador, cayó en la ‘pesca’.


Pero la mayoría de capturados eran campesinos humildes, a quienes no les dieron tiempo ni de cambiarse de ropa. Los sacaron de las humildes viviendas de sus fincas y se los llevaron como estaban vestidos. “De milagro no se llevaron también al cura”, dice entre risas Antonio Trejos en el atrio del templo de San Andrés Apóstol, que fue consumido por un incendio hace un año.

A pesar de que los dos candidatos estaban capturados, las elecciones se hicieron y Uribe ganó por amplio margen.

Para posesionarse le dieron un permiso y, esposado y custodiado por guardias del Inpec, salió de la cárcel La 40, en Pereira, hacia una notaría en el centro de la ciudad. Regresó a su celda y allí permaneció por otros 19 meses. La siguiente ocasión en que salió fue definitiva y para terminar los dos años que le quedaban de su mandato.

Lucha contra el estigma

En reemplazo de Uribe, el entonces gobernador de Risaralda, Carlos Alberto Botero, designó de una terna que pasó el partido Liberal al educador Jairo Darío Ospina, quien debió capotear con el señalamiento de Quinchía como el “pueblo guerrillero de Colombia”

Por Trejos, quien estaba a tres meses de terminar su mandato, también fueron a su casa. Lo sacaron y le pidieron que abriera las puertas de la Alcaldía, para realizar un allanamiento. Como él no tenía las llaves, llamó a su secretaria. Ella le dijo que ya iba para la sede administrativa del municipio porque la Policía también llegó a su casa, aunque no fue una de las capturadas.

Hace cinco años, el expresidente Álvaro Uribe Vélez estuvo en Quinchía en una correría con el candidato a la presidencia del Centro Democrático, Óscar Iván Zuluaga. Sus simpatizantes lo recibieron sin ningún problema y ovacionaron su discurso.

“Los quinchieños somos personas nobles, no guardamos rencor”, coinciden Gloria Eunice y el exalcalde Trejos. Mientras Jairo Darío Ospina destaca que a los niños y los jóvenes se les cuenta lo que pasó, pero para que nunca lo olviden y no se vuelva a repetir.Fernando Umaña Mejia 
Enviado Especial de EL TIEMPO
Quinchía, Risaralda

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