En Argelia aseguran que el Eln está detrás de la masacre

En Argelia aseguran que el Eln está detrás de la masacre

Los pobladores de El Plateado, aunque repudian el crimen, temían que fuese un grupo paramilitar.

El Plateado, Cauca

En este sitio fueron dejados los cadáveres de los siete hombres, frente a las montañas tapizadas de cultivos de coca de la cordillera Occidental.

Foto:

Salud Hernández-Mora

14 de julio 2018 , 09:16 p.m.

El Plateado. Fue el Eln. Ya no albergan la menor duda de que fue el autor de la masacre del 2 de julio. La certeza que en otra parte del país podría causar terror, en esta región cocalera, incrustada en la cordillera Occidental, en el sur del Cauca, devuelve el sosiego. También infunde tranquilidad el que la mayoría de las víctimas fuesen forasteros o con escaso arraigo en la zona.

Respirar aliviados tras días de enorme tensión no sugiere que desprecien la vida de siete personas o que no repudien su asesinato. Al contrario, rechazan de plano los crímenes, aunque nadie lo expresará jamás de manera abierta para evitar problemas con la guerrilla. Pero que sea el Eln despeja el miedo a una nueva irrupción de un grupo paramilitar, un temor siempre latente y que acrecentó el triunfo de Iván Duque.

En los corregimientos de El Mango, Sinaí, Puerto Rico, La Belleza o El Plateado, municipio de Argelia, existe el convencimiento de que de la mano del nuevo presidente puedan volver las campañas de erradicación aérea para acabar con sus miles de hectáreas de coca, la fuente que alimenta el 90 por ciento de la economía local, sin ofrecer alternativas viables ni superar las enormes carencias de infraestructura y servicios básicos. Otro de los miedos es que resurjan las bandas criminales.

“Nos tranquilizó saber que fue el Eln el que los mató y que nadie de los siete muertos es de la región, todos vienen de afuera”, me dice un habitante quien, al igual que el resto a los que entrevisté en las citadas poblaciones y en la cabecera municipal, exige anonimato. “Hacía mucho tiempo que no ocurría algo así, vivimos en calma desde el proceso de paz y desde que salió la policía y el Ejército, y ver esa montonera de muertos nos dio temor”, agrega otro campesino.

Sobre las 2:30 de la madrugada del lunes 2 de julio fueron varios los miembros de la junta de acción comunal de la zona que recibieron la llamada de un compañero para anunciarles el hallazgo de siete cadáveres en un recodo de la vía entre Sinaí y El Mango. Enseguida arrancaron hacia el punto reseñado para descubrir la imagen dantesca que más tarde, en cuanto amaneció y tomaron fotos, se regó por las redes sociales. Con las manos atadas y acribillados a balazos, reposaban amontonados los asesinados.

Nos tranquilizó saber que fue el Eln el que los mató y que nadie de los siete muertos es de la región, todos vienen de afuera

Al clarear, se acercaron decenas de adultos y niños para curiosear. El Ejército, que había llegado de madrugada, no pudo evitar que familiares de dos jóvenes, nerviosos y golpeados por la pérdida de sus seres queridos, se llevaran sus cuerpos, empeñados en velarlos en una casa. Más tarde, lograron convencerlos de que los devolvieran y los dejaran junto a los demás.

El CTI aterrizó temprano en helicóptero en Sinaí y por la tarde, una vez concluida la labor, solo quedaron las cenizas de los costales que utilizaron para cubrir los cadáveres mientras hacían su trabajo. “Seguro los quemó alguna persona porque nadie iba a usarlos”, dice el moto-taxista que me lleva hasta el sitio donde los arrojaron, entre las montañas alfombradas de sembradíos de coca de distintas tonalidades verdes, un paisaje de enorme belleza.

Las hipótesis sobre los móviles para segarles la vida son otro motivo de tranquilidad para los lugareños. La que coge más fuerza es que los siete, junto a otros siete a los que el Eln anda buscando para eliminarlos, intentaban formar una banda con el fin de extorsionar a la gente. Unos pocos precisan que fueron a pedir vacuna a una persona y al responder que ya pagaba al Eln, lo asesinaron. La segunda es que los muertos robaron un dinero a la guerrilla y cocaína en un ‘cristalizadero’ (laboratorio). En ambos casos se trataría de acciones delincuenciales, poco comunes en un área donde la autoridad en casos graves la ejerce el Eln y los castigos suelen ser de esa índole. “Si uno anda recto, no se tuerce, no tiene problemas, vive relajado. Esta región es muy sana, no como la pintan por fuera”, asevera un nativo.

De las víctimas, todas jóvenes, Leo Moreno, miembro del partido Farc y uno de los dirigentes del ETCR (Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación ‘Aldemar Galán’), situado en El Estrecho, a unas tres horas de Argelia, reconoce que dos “hicieron parte de este ETCR, pero se habían retirado del colectivo hace tiempo”.

Lo que he podido averiguar con fuentes locales, aparte de constatar que no existen disidencias organizadas, es que uno de ellos, conocido como el ‘Paisa’, natural, al parecer, del Eje Cafetero, era un “loco”, metido en problemas, que a pocos sorprendió que acabara su existencia de forma violenta. Vivía desde hacía meses en El Mango y el día de su muerte, tras recibir una llamada convocándolo a algo que no especificó, salió disparado en una camioneta sobre las 5:30 de la tarde.

Debió viajar hasta un lugar de la vereda San Juan, más abajo de El Plateado, donde se presume los asesinaron a todos, trayecto que demora unas tres horas. Dado que es zona bajo absoluto control del Eln, nadie abriga el menor resquicio de duda de que solo ellos pudieron matarlos.

Un vecino aseguró que los otros cinco procedían de Pan de Azúcar, municipio de Timbío, y eran primos. Los enterraron en su localidad natal en una misma fosa, aseguran. Lo que afirman es que ninguno era campesino, no tenían huellas en sus manos que indicaran que trabajaban en el campo.

“Los sacaron hasta donde los botaron para hacer creer que fueron otros y no el Eln los que cometieron la masacre. Están en el proceso de paz y podrían dañarlo. Pero que fueron ellos, fueron ellos”, afirma rotundamente una persona que ejerce liderazgo en una de las localidades mencionadas, igual que el resto de entrevistados. Coinciden con las investigaciones oficiales, que señalan por interceptaciones telefónicas que fue el jefe de finanzas del Eln en la zona el responsable de la matanza.

El crimen que no cometió el Eln, pero que generó enorme conmoción y tristeza, fue el de Lenin Gómez, apodado por su madre el ‘Pastuso’. No tanto por él ni la manera de ejecutarlo, sino por la personalidad de una segunda víctima colateral, Carlos Muñoz, de 33 años, al que todo el mundo quería y respetaba. Ocurrió el 21 de enero de este año, en plenos carnavales.

Nos extrañó verlo ese día porque le habían aconsejado no salir de la finca, estaba en vainas duras desde hace rato

Ese domingo, cuando caía el sol, cinco pistoleros se bajaron de una camioneta frente a Estanco El Rey, situado en el parque principal de El Plateado, y comenzaron a disparar. Mataron al ‘Pastuso’, su objetivo, que estaba fresco tomando, e hirieron a Carlos Muñoz, propietario del local, que tuvo la desgracia de encontrarse ahí en ese momento. Una mujer, vendedora ambulante de sombreros, también murió por estar cerca, y un niño y otro adulto resultaron heridos por la misma razón.

“Todos sabíamos que podían matar al ‘Pastuso’, era de acá, pero su mamá lo llamaba así por lo blanquito. Incluso nos extrañó verlo ese día porque le habían aconsejado no salir de la finca, estaba en vainas duras desde hace rato. Lo triste fue lo de don Carlos, que, además, deja un niño de 5 años y gemelas de año y medio”, rememora un amigo del fallecido. La queja generalizada es que de contar con un centro médico, habría sobrevivido. “Murió camino de Balboa. Aquí estamos abandonados. El Estado solo llega en forma de avionetas o erradicadores de coca”.

En un principio también inquietó que pudiese tratarse de un grupo paramilitar, pero con los días se desechó esa posibilidad. Para diversas fuentes locales se trató de sicarios profesionales, ayudados por algún lugareño y contratados por la mafia mexicana. Ejecutaron la acción en minutos, mientras la gente celebraba el carnaval, huyeron en la camioneta y luego le prendieron fuego cerca del pueblo para seguir la huida por otros medios sin dejar rastro.

“Don Carlos daba ayudas al colegio, a la parroquia para los pobres, a todo el que lo necesitara. Como sería que la empresa de transporte llevó gratis a todo el que quiso hasta Mercaderes, de donde era originario, para acompañar a la familia al sepelio. Acudió mucha gente”, indica un comerciante.

Aquel suceso se consideró una tragedia aislada, puntual, pero la masacre del 2 de julio sembró zozobra al inicio por resucitar un tipo de violencia que se creía desterrada. Incidió en el desaliento una posterior cadena de llamadas amenazantes a comerciantes y a rectores de las instituciones educativas de varios corregimientos. Haciéndose pasar por comandantes de un grupo armado, aseguraban que los matarían si no pagaban cifras que rondaban los tres millones de pesos. Muchos lo unieron a la masacre y creyeron que los paramilitares rondaban de nuevo.

El martes de esta semana, oficiales del Gaula de Policía y Ejército del Cauca subieron de Popayán para apaciguarlos. En una reunión en Argelia, a la que asistieron parte de los amenazados y líderes locales, explicaron que las llamadas investigadas proceden de cárceles. Demostraron que existe un patrón que se repite cada vez que ocurre un crimen atroz con amplia difusión nacional. Las víctimas presentes comprobaron que su chantaje obedecía al mismo modelo y acordaron no pagar. Lo que dejaron claro es que pocos denunciarán por la desconfianza generalizada en la zona hacia las instituciones estatales.

En Argelia, la Policía Nacional vivía atrincherada en la estación por los ataques de las Farc y no existía ningún órgano judicial. Eran las guerrillas las que imponían el orden. Ahora lo hacen las juntas de acción comunal y las organizaciones sociales, muy fuertes en todos los corregimientos. Solo si el caso se sale de las manos, cabe acudir al Eln para hacer cumplir las normas.

Una región singular

La buseta que cubre la distancia entre Popayán y Argelia demora más de seis horas. El pésimo estado de los 35 kilómetros que separan Balboa de la citada cabecera municipal es una de las razones. El Gobierno prometió pavimentar al menos diez, pero en dos años solo construyó cinco.

De Argelia en adelante, una carretera con huecos, destapada y polvorienta en estos meses de verano recorre los corregimientos de El Mango, Sinaí, Puerto Rico y El Plateado. A la salida de Argelia, a partir del barrio Botafogo y hasta El Plateado, ya no hay Fuerza Pública ni guerrilleros a la vista. Las juntas de acción comunal no permiten uniformados ni armas. Quien cargue una, paga 5 millones de multa.

En julio del año pasado, el Eln reunió a la comunidad en El Plateado para anunciar que ellos quedaban al mando tras la salida de las Farc, pero se toparon con la resistencia de los lugareños: les permitieron ir al pueblo para esparcirse, pero no para sus acciones. El verdadero territorio ‘eleno’ comienza a la salida de El Plateado, hacia San Juan y otras poblaciones.

Lo que ahora les quita el sueño es que el nuevo gobierno inicie las fumigaciones sin contar con ellos. “La gente necesita señales de que el Estado va a cumplir, todos firmamos la sustitución, pero somos escépticos”, afirma un líder social. “Que empiecen, al menos, por arreglar las vías y la energía, luego hacer un hospital y, después, concertemos”.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
Especial para EL TIEMPO

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