Así son los días en Uribia, el pueblo más seco de Colombia

Así son los días en Uribia, el pueblo más seco de Colombia

Este poblado caliente y desértico de La Guajira es donde menos llueve en el país. #PueblosInsólitos

La odisea de conseguir agua en Uribia, el pueblo más seco de ColombiaEn este municipio de La Guajira la lluvia es toda una extrañeza y el agua el más preciado tesoro.
Uribia, el pueblo más seco

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27 de septiembre 2017 , 11:26 a.m.

A mediados de septiembre, una escena inusual se tomó las calles de Uribia, en La Guajira. Las ventanas de los carros se empañaron por la lluvia, el paso de los ciclotaxis se hizo más lento de lo común y los motociclistas condujeron con los pies levantados para no mojarse con los charcos. No sería raro en otro lugar, pero pasó en el pueblo más seco de Colombia.

Uribia se mantuvo el año pasado, a excepción de octubre y noviembre, como una mancha roja en el mapa de precipitaciones del Ideam. En este desierto de 8.200 kilómetros cuadrados, donde viven 186.000 personas, el 90 por cientos wayús, no llueve más de 50 días ni caen más de 500 milímetros de agua en un año. Esto significa que, en un año, llueve menos de lo que llueve en Chocó en una sola tarde, pues en el Pacífico el promedio de lluvias anuales es superior a los 7.000 milímetros.

En ese pueblo, muchas rancherías pasan semanas, meses y hasta años sin que vean caer una sola gota de agua. Y, para colmo, hace tanto calor que, con todo y lluvia, la temperatura no baja por estos días de septiembre de los 32 grados, ni siquiera en la noche, cuando el paso y la bocina del tren que lleva el carbón del Cerrejón a Puerto Bolívar rompen el silencio.

Es tan seco que la lluvia, tan extraña y preciada, los incomoda. Con una frente sudorosa por el calor del mediodía, oculta bajo una gorra de Atlético Nacional que dice ‘El Carmen’ (de Viboral), Jhon Fabio Quintero, administrador del restaurante Rincón Paisa, a una cuadra de la plaza central, cuenta que el año pasado no llovió, como sí lo ha hecho los últimos días.

–¿Cómo les cambia la vida en el pueblo que llueva o no llueva?
El agua se represa mucho, y es incómodo por el pantano, por el zancudo. Si no llueve, no hay zancudos. Y la temperatura es demasiado alta cuando va a llover o cuando llueve –dice el paisa.

Él, de “tierra fría”, no es el único que se siente afectado. En la noche de ese miércoles, un hombre llega en moto hasta un asadero de chivo, improvisado al lado de una de las calles del pueblo, a comprar un kilo de carne. Le cobran 8.000 pesos, en vez de los 6.000 habituales. Por la lluvia, el chivo sube, le explica el vendedor, un hombre wayú.

Mapa de lluvia de La Guajira

Mapa de días de lluvia de La Guajira.

Foto:

Atlas Climatológico del Ideam

Mapa de lluvias de La Guajira

Mapa de precipitaciones (cantidad de lluvia) en La Guajira.

Foto:

Atlas Climatológico del Ideam

Miguel Camargo, un zootecnista corpulento, de casi 1,90 metros de estatura, guajiro y funcionario de la Alcaldía, explica que el precio no solo sube porque se haga más difícil el transporte, sino también porque, al sacrificarlo, se pierde la oportunidad de que, con la lluvia, se alimente mejor, engorde más y se reproduzca.

Sentada bajo la sombra, en un ancho patio coronado por un árbol de mamoncillo que este año no dio frutos porque su temporada fértil pasó antes de que lloviera, Jasay de Luque teje para el taller artesanal Conchita Iguarán. Ella es wayú, además de diseñadora de modas, y lo que aprendió en la academia occidental lo aplica para potenciar sus propias artesanías.

Deja los hilos a un lado y explica que, cuando llueve, la pimpina de gasolina venezolana también sube porque se vuelven intransitables los caminos que bajan desde “allá, en La Guajira arriba, donde nace el contrabando”, como dice el vallenato El almirante Padilla, de Rafael Escalona. Entonces, transportar la gasolina toma más tiempo y se hace más peligroso.

La pimpina, que contiene cinco galones, cuesta normalmente entre 12.000 y 15.000 pesos. Cuando sube por efecto de las lluvias alcanza hasta 35.000 pesos. Este año, sin embargo, no ha subido tanto porque hay una fuerte oferta de gasolina desde Venezuela, causada por el rebusque asociado a la migración de ese país a Colombia, cuentan en el pueblo.

Pese a todas esas aparentes dificultades, Jasay sabe que su gente necesita que llueva. No tanto en esa “ranchería de cemento”, como llama al casco urbano de Uribia, sino en el norte, donde, conforme se avanza por las carreteras destapadas, la vegetación se hace menos frecuente y los cactus ganan más y más terreno en medio de la tierra cobriza y la arena.

Prácticamente estamos rodeados de agua, pero no tenemos para el consumo

En la ranchería de cemento

Uribia es famosa por su plaza Colombia, de forma octogonal, con un obelisco de 22 metros, de donde se desprenden ocho calles: Bogotá, Los Guajiros, La Victoria, Juyasirain, Alfonso López Pumarejo, Libertador, La Marina y Cacique Mara. “A través del obelisco se expresa toda una filosofía de vida, un culto al astro rey”, el mismo sol que forman los planos de Uribia que, se cree, están inspirados en los de París.

En los primeros meses del año, una gota de agua caída del cielo es una extrañeza en el casco urbano. No lo es, en cambio, que los patios, las casas y las calles resulten, de la nada, cubiertos de arena. En los alrededores del casco urbano, los fuertes vientos se convierten en tormentas de arena que, aunque cansadas, llegan al poblado, donde viven más de 13.000 personas.

No solamente llega cansada la arena. También llega cansada el agua del acueducto que abastece, con suerte, dos veces al día las casas de Uribia: en la madrugada y en la tarde. “Le toca a uno adivinar”, dice Jasay –nombre que en wayunnaiki significa ‘arena fina’–, quien también explica que la recolección de agua en el pueblo se ha convertido en todo un ritual para los uribieros.

Para ella, por ejemplo, ese ritual comienza a las 5 de la mañana todos los días. Aunque se supone que el agua llega más temprano, es común es que se retrase. Prende la turbina, esencial en cada casa para combatir ese cansancio del agua. Luego comienza sus actividades diarias. Pero si las turbinas no alcanzan, se valen de otras alternativas.

En el patio de su casa, cercado con cactus, una mujer joven llamada Yairé recibe un cargamento de agua que sale de un carrotanque verde. La usa para bañarse, cocinar y lavar. Es probable que dentro de un par de días tenga que volver a llamar al acueducto para que le envíen otro camión como ese, que se ve viejo y deja escapar agua por un roto que tiene debajo.

José Segundo Parra, el conductor, cuenta que varios camiones con agua como ese recorren el pueblo. Obtienen el agua de plantas desalinizadoras y abastecen las casas gratis cuando el acueducto no logra llenar los tanques con lo mínimo que una familia necesita. Él y Yairé recuerdan que, antes, en esos patios, era común ver sembradas patilla y otras frutas. Ya no.

Los restaurantes compran botellones de agua para preparar jugos y otros alimentos. Los hoteles pagan más de 100.000 pesos cada dos días a proveedores privados para llenar las albercas subterráneas, las mismas que utilizan varios establecimientos comerciales, como las peluquerías, para recoger el agua que les llega por la tubería y, a veces, la de lluvia.

Uribia, el pueblo más seco

Cerca del 90 por ciento de la población de Uribia pertenece al pueblo wayú. Por eso es considerado capital indígena del país.

Foto:

Mauricio Moreno / EL TIEMPO

Uribia, el pueblo más seco

José Segundo Parra maneja uno de los camiones que distribuyen agua por el pueblo a quienes no se logran abastecer del acueducto.

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Mauricio Moreno / EL TIEMPO

Uribia, el pueblo más seco

Los ciclotaxis, con tarifas desde los 1.000 pesos, son el principal medio de transporte en el casco urbano de Uribia.

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Mauricio Moreno / EL TIEMPO

Tierra de jagüeyes

“¿Tú crees que ha llovido en toda La Guajira? Noooo, primo”. Miguel conduce su camioneta por una carretera en línea recta, paralela a las vías del tren que usa la multinacional Cerrejón para sacar el carbón hasta Puerto Bolívar y, a veces, para abastecer de agua los arroyos aledaños. Mientras, explica que las lluvias en esa zona semidesértica son aisladas.

Así lo demuestran los jagüeyes que aparecen a lado y lado de la vía. Estos reservorios de agua, algunos de construcción artesanal y otros abiertos con retroexcavadoras, muestran un paisaje irregular. Unos, rodeados de plantas rejuvenecidas, conservan un agua de color entre verde y café. Otros aparecen vacíos, secos hasta el fondo, hasta que les llueva encima.

Luis Ángel, un niño wayú de no más de 8 años, llega en bicicleta hasta un jagüey en el corregimiento de Carrizal. Baja hasta la orilla y sumerge dos recipientes plásticos, cada uno con capacidad para 20 litros. Los ata a la parrilla de la parte trasera de la bicicleta y regresa a la ranchería, donde su familia aprovechará el agua para lo que haga falta.

Kilómetros más adelante queda el poblado wararat, que marca la bifurcación hacia el cabo de la Vela, en el mar Caribe. Dos mujeres, reclinadas a la sombra de un árbol trupillo, lavan ropa con agua del jagüey en un par de poncheras plásticas. Sus hijos y sobrinos corretean alrededor y suben hasta las raíces salientes de los árboles para zambullirse en el agua.

Uno de ellos es Juan Carlos Pushaina. Tiene 13 años y cursa el grado sexto en la escuela de su comunidad, la misma que ese día está cerrada. Tiene siete hermanos. Está con una tía y varios primos. A la decena de niños se los escucha hablar y hasta reírse en wayuunaiki, aunque Juan Carlos dice que le gusta más el español. ¿Por qué? “Porque es español”.

–¿Cómo se dice agua en wayuunaiki?
Wuuin –responde.
–¿Lo puedes escribir? –lo escribe en una libreta, con un signo de acentuación sobre la i que no existe en el alfabeto latino.
–¿Y sol?
Kay: ka, a, ye –deletrea.

Detalla que lo que más le gusta de vivir allí son los paisajes. Lo dice desde la colina sobre la cual se extiende la vía del tren. En el horizonte se ven nubes aisladas y una baja cadena montañosa de un verde que se hace azul por la lejanía. Desde allá escurre algo de agua hacia las rancherías de techos cafés que aparecen a lo largo de una extensa manta vegetal.

Entre los corregimientos de Cardón y el Cabo de la Vela, las dificultades no se acercan a las que se viven más al norte, cuenta Miguel. En la alta Guajira, el verde desaparece, todo se vuelve salinas y arena. Así sucede en Punta Coco, nombre ‘blanco’ para la comunidad de Kayushiparalu, en Bahía Honda, de donde es María Concepción Iguarán.

Ella, conocida por todos como Conchita, además de ser la cara del taller donde trabaja Jasay, su hija, es autoridad tradicional indígena. “Prácticamente estamos rodeados de agua, pero no tenemos para el consumo”, cuenta. Cuando los jagüeyes se vacían, excavan hasta encontrar otro poco subterráneo, “pero llega el momento en que ya no dan agua”. Y cuando vuelve y se secan, piden carrotanques, pero los conductores dicen que los camiones se pueden dañar. La opción es acudir a la Secretaría de Gobierno o, como explica Conchita, “apelar a la buena voluntad” de alguno de los conductores. Para no depender de esa buena voluntad la solución es, según ella, contar con más plantas desalinizadoras en esas zonas.

En su comunidad puede llover solo tres o cuatro veces al año, dice. Tiene 59 años. Aunque pasó su infancia en la comunidad, su familia luego se trasladó al casco urbano de Uribia. Cuando se pensionó, volvió a sus raíces. Ella reclama más responsabilidad de parte de empresas como EPM y Cerrejón, que se lucran de los recursos naturales de La Guajira.

Para lavar ropa utilizan la menor agua posible, cuenta Conchita. Cuando se bañan, lo hacen sobre una ponchera, ya que esa misma agua la utilizan para ‘bajar’ el sanitario, si lo tienen, pues en la mayoría no hay ni siquiera pozos sépticos. Otra forma de ahorrar es usar el agua con la que se enjuagan los platos, la que queda más limpia, para las plantas.

Uribia, el pueblo más seco

Los recorridos de los indígenas wayú bajo el intenso sol de la península de La Guajira son inevitables frente a la necesidad de agua.

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Mauricio Moreno / EL TIEMPO

Uribia, el pueblo más seco

A los jagüeyes llegan surcos que favorecen la llegada del agua cuando llueve y desde la serranía.

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Mauricio Moreno / EL TIEMPO

Uribia, el pueblo más seco

El norte de Uriba hace parte del resguardo indígena de la Media y Alta Guajira, uno de los más grandes y poblados del país.

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Mauricio Moreno / EL TIEMPO

Uribia, el pueblo más seco

En las rancherías, suelen ser familias numerosas las que usan la poca agua, no potable, que se recoge en los jagüeyes.

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Uribia, el pueblo más seco

La vía del tren cruza de norte a sur el departamento y llega hasta Puerto Bolívar. Allí, Cerrejón descarga el carbón extraido.

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Uribia, el pueblo más seco

Así lucen algunos de los jagüeyes hechos con maquinaria amarilla. La lluvia es aislada, por lo que algunos pasan meses vacíos.

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Uribia, el pueblo más seco

Carretas, bicicletas y motos son los vehículos privilegiados para transportar los recipientes que, en promedio, contienen 20 litros de agua.

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Mauricio Moreno / EL TIEMPO

Para la cosmovisión wayú hay un lazo directo entre las personas y la naturaleza. La ruptura de ese lazo ha llevado a que el clima se vuelva inestable. Antes sabían en qué épocas del año llovía. Ahora es más impredecible. Es tanto que hay sectores donde pasan hasta cuatro años sin lluvia. “Los viejos dicen que la presencia de multinacionales ha afectado la tierra”.

La tierra es femenina, mientras que la lluvia es “hipermasculina”. El antropólogo wayú Weildler Guerra, gobernador encargado de La Guajira, explica que en la cosmovisión indígena cada fenómeno natural o físico es como una persona. La lluvia “es como el abuelo de los wayús, está dotado de truenos, es único y móvil y recorre la península de La Guajira fecundando las distintas tierras, que son fijas y múltiples”. La relación de esos seres produce la sequía, en la que interviene Joutai, como llaman al viento que seca los pastos, aleja las embarcaciones y llena de arena la tierra.

A los huracanes los llaman waiwai, onomatopeya del silbido de los vientos fuertes cuando llegan a la península. Estos están asociados a una mujer mayor, “una anciana que viene de lejos y que suele traer la lluvia”, explica Guerra.

La explicación wayú de los huracanes no se distancia mucho de la de los uribieros sobre por qué llueve varios días durante el segundo semestre del año. La razón es la temporada de huracanes que en esos meses pasan por el Caribe. En esto coincide Mirovan Sverko, meteorólogo del Ideam.

En Uribia, hasta la sequía era predecible. Gracias a esto, los pescadores y agricultores del extremo norte de Colombia sabían que durante los meses fértiles debían concentrarse en el abastecimiento para los meses áridos. Ahora, sea por algún tipo de enemistad entre las personalidades de la naturaleza o por el cambio climático, planear la escasez es más difícil.

En el desértico extremo norte de Colombia y Suramérica se las arreglan para vivir con la escasez del agua, a tal punto que allí, en ese pueblo símbolo de historia republicana que también es uno de los resguardos indígenas más grandes del país por su número de habitantes, la lluvia puede llegar a complicarlos. Dice Edén Vizcaíno, escritor uribiero, que aunque casi nunca estén preparados, son felices cuando llueve.

La del agua podría no ser la única sequía de Uribia. Según Edén, la evangelización y alfabetización de los indígenas, así como su paulatina migración a zonas urbanas, ha hecho que muchos de ellos pierdan parte de su cosmovisión ancestral. En eso coincide Conchita, quien también es vicepresidenta del Festival de la Cultura Wayú, que se celebra el primer semestre de cada año.

“Recuerdo tanto: mi mamá hacía su mazamorra después de que se recogían los animales, y había un proceso de formación. Ella hablaba, mi abuela hablaba o hablaba el abuelo”. Contaban historias, y con las historias mantenían vivas tradiciones como la de llamar a la lluvia con el toque de tambores. En Uribia creen que, en el norte inhóspito, esos tambores todavía suenan.

JUAN DAVID LÓPEZ MORALES
Enviado especial de EL TIEMPO
Twitter: @LopezJuanDa

URIBIA, LA GUAJIRA

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