Con su vida, Lucía se enfrenta al estigma de ser una excombatiente

Con su vida, Lucía se enfrenta al estigma de ser una excombatiente

Esta mujer comparte su historia en la guerra, a la que ingresó siendo una niña.

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Lucía trabaja con la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), para demostrar que puede corregir sus errores.

Foto:

Alexis Múnera

21 de noviembre 2016 , 02:05 a.m.

“Yo duré siete años y medio dentro del grupo y, en los últimos, sentí que no era capaz de seguir en esa vida. Uno se cansa de luchar por algo que no va a ser, al ver que no hay un camino que lleve a la igualdad”.

Así inició su relato Lucía*, una mujer que hace nueve años abandonó las filas de las Farc y hace dos años culminó su proceso de reintegración. “Ahora mi vida es diferente. Soy promotora de reintegración de la ACR (Agencia Colombiana para la Reintegración), la cara visible de los otros reintegrados”, dijo en diálogo con EL TIEMPO.

A pesar del tiempo que lleva fuera de la insurgencia, reincorporarse a la sociedad ha sido difícil, por las ideas que predisponen a la sociedad, de que los exguerrilleros no son de fiar.

Para ella, “lo más duro es borrar el estigma, porque la gente cree que somos diferentes, que permanecemos armados, que los hombres son barbados y peludos y se imaginan de todo sobre nosotros, los reintegrados. Queremos eliminar esos imaginarios, hacer entender que somos personas comunes y corrientes, que cometimos un error por la falta de oportunidades, pero que también tenemos derecho a corregirlo”.

Su llegada a las Farc, a la edad de 15 años, no fue por un reclutamiento forzado, como le ha pasado a muchos otros. Lucía decidió irse movida por la falta de oportunidades y esperanzada en lograr una sociedad igualitaria y equitativa.

Antes, su vida y la de su familia transcurrían en un paraje rural cualquiera de Colombia (prefirió omitir la ubicación por seguridad), donde el pueblo quedaba a tres o cuatro horas de distancia y el único estado conocido era el de los grupos insurgentes, porque ni siquiera había Policía o Ejército.

Contó que “no fue una decisión que tomé de la noche a la mañana. Realmente, no fue como decir: ‘listo, me voy’, sino que por mi casa pasaban mucho, no solo Farc sino también Eln, y se acercaban a decirle a uno: ‘vámonos, que allá es bueno’. No se lo llevan tampoco del brazo, o por lo menos en mi caso no fue así, sino que te van metiendo la idea de luchar por una igualdad y, como no había nadie que me guiara, ni Ejército ni Policía para no irme, o que no me reclutaran...”.

La idea empezó a calarle, al ver su situación económica, y dio el sí. “Me dieron un mes para decidirme, pero a los ocho días llegaron y me dijeron: ‘ya vinimos por usted, así que aliste sus cosas, que ya es hora (de) que nos vayamos’”, recordó.

Se adaptó a la vida de combatiente. “Yo no niego que duré amañada, uno se adapta a esa vida. Al principio, fue muy difícil porque yo llegué a una edad muy corta y allá no importa si uno tiene 12, 15 o 30, el trato y todo es por igual, sea hombre o mujer”.

Recuerda las largas caminatas, los trasnochos. Pero una de las cosas que más le marcó durante su vida en el monte fueron los combates y bombardeos, aunque nunca recibió una bala. “Uno siente que hasta ahí llegó, porque cuando aparece la aviación le tiran a uno, como dice el dicho, como a rata, toca correr y estar siempre dispuesto a que una bala le dé”, narró.

La maternidad

Fue un embarazo lo que la impulsó a salir de las fuerzas pues, a pesar que intentaron interrumpir la gestación por orden superior y siguiendo los ‘protocolos’ de la guerrilla, esta llegó a término.

“Me hicieron los procedimientos para abortar. Sin embargo y gracias a Dios, no aborté, pude tener mi bebé, que ya va a cumplir 12 años y solo la tuve conmigo mientras estuvo en gestación. Cuando nació, los mismos del grupo me mandaron para una casa de una familia campesina y estuve 35 días. (...) Un día cualquiera llegaron y me dijeron: ‘vamos y tiene que dejar a su bebé aquí’”.

Esa situación, su dolor de madre y la frustración de no ver materializada aquella ideología que de un Estado equitativo, la hicieron dejar el fusil, las botas y el camuflado para retornar en busca de una hija que nunca quiso abandonar. “Mi bebé fue, más que todo, la que hizo que yo me saliera y, cuando ella tenía 2 años, fui a buscarla, pero esa familia no me la devolvió”. Hoy están en un proceso de acercamiento. Trata de ser su amiga y explicarle que nunca quiso dejarla.

El florecimiento

También se casó, tiene otros dos hijos y su lucha es desde los argumentos, frente a otros de sus pares y la sociedad en general. Con su historia, intenta borrar el estigma sobre los desmovilizados e incidir en quienes están alzados en armas para que dejen una lucha cuyo propósito está lejos de lograrse por ese medio.

Reafirma que, como la gran mayoría de excombatientes y de quienes todavía visten camuflado, espera que se concrete el acuerdo de paz con las Farc y se extienda a quienes portan otros brazaletes: Eln, paramilitares o milicias urbanas. “La guerrilla ya está cansada de combatir por algo que nunca va a ser. Nunca serán un Estado y sé que hay muchos que siguen allí que no ven la hora de ser libres. (...) Esas negociaciones son lo mejor que puede darse”, concluyó.

*Nombre cambiado.

JUANITA MENDOZA
PEREIRA

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