De las salas de cirugía al activismo: la historia de Camilo Prieto

De las salas de cirugía al activismo: la historia de Camilo Prieto

Es uno de los miembros fundadores del Movimiento Ambientalista Colombiano.

Camilo Prieto

El doctor Camilo Prieto (derecha, de blanco), junto con voluntarios del Movimiento Ambientalista Colombiano.

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FOTO: CORTESÍA ELÍAS SHARIFF

15 de diciembre 2017 , 08:05 p.m.

Contraer dengue hemorrágico es una de las pruebas que le han ido mostrando a Camilo Prieto cómo la contaminación del agua afecta a más de 1.100 millones de personas en todo el mundo cada año. Esto le ocurrió en Pubenza, una población cercana a Girardot (Cundinamarca), en donde realizaba su año de servicio social obligatorio cuando estudiaba medicina en la Universidad Javeriana.

Aunque luego especializarse en cirugía plástica y reconstructiva Camilo sintió que su vida no podría limitarse a hacer operaciones, sino que más bien tendría que encontrar la manera de llevar alivio a quienes no tienen acceso a agua potable y, principalmente, lograr de alguna manera revertir el daño que le ha hecho el ser humano al planeta.

Con este objetivo en mente, realizó un máster en Filosofía también en su alma mater. Su historia y evolución de las salas de un hospital hacia el activismo medioambiental giran en torno a recuerdos y experiencias personales que buscan enseñar el respeto por el planeta Tierra.

Su primer encuentro con una de las mayores catástrofes que afectan a la Tierra ocurrió en un cultivo de rosas en la sabana de Bogotá. Allí, con la inocencia de un niño, descubrió cómo funcionaba el efecto invernadero. Camilo dice que rompió la capa de polietileno que cubría la plantación y se dio cuenta de cómo el aire entraba y salía por el orificio que había hecho. Esta travesura le permite recordar hoy en día cómo somos de inconscientes los seres humanos de lo que pasa con la atmósfera.

También en su niñez, cuando observaba a los campesinos quemar el estiércol seco de las vacas para espantar los moscos en Chicoral, Tolima, se preguntaba por qué la combustión duraba tanto. Ahora, ya grande, entiende que es debido al metano, un elemento que, dado el uso que le ha dado el ser humano, está aportando a la aceleración de la degradación del medioambiente.

Estos pequeños hechos de la cotidianidad son los que lo impulsaron a escribir su libro 'El perro a cuadros', en el cual relata estas experiencias de sensibilización con el deterioro de este planeta. Fue publicado en 2013 y busca promover una metodología ambiental a través del consumo responsable.

Camilo todavía recapitula eventos de su vida que en el momento le parecieron insignificantes, pero que ahora entiende podrían haber sido de gran ayuda. Como la clase de antropología de la salud en la Javeriana, en la que no prestó atención por querer ir al anfiteatro a aprender de anatomía, o, remontándose más en los años, cuando estaba en octavo grado y escuchó una frase que ahora marca el compás de su vida: “El agua solo la podría definir como el compuesto de la vida”. Eso lo escuchó de su profesor de química, y no puede evitar pensar cuánta razón tenía aquel maestro.
Sin embargo, según él, el punto de inflexión de su pensamiento se dio en 2010.

Aunque le iba muy bien en términos económicos en las salas de cirugía, sentía que le faltaba algo. Estando rodeado de canecas rojas, que guardan residuos biológicos peligrosos que generan un impacto ambiental gigante, llegó a la conclusión de que debía cambiar sus hábitos de vida y de consumo. Además de volverse vegetariano, comenzó a promover el consumo responsable y fundó, junto con varios amigos, la ONG Movimiento Ambientalista Colombiano, la cual lidera proyectos ambientales y sociales en muchas zonas de Colombia, pero principalmente en San Andrés, Chocó, La Guajira y Putumayo.

Camilo no se considera un radical y no cree que los activistas ambientales tengan la verdad absoluta. De hecho, su ONG acepta gente con diferentes visiones culturales porque –dice– el problema no son las actividades industriales, sino cómo se hacen.

Tiene una faceta de concientizador, la cual quiere reflejar a través de sus libros y puntualmente de sus acciones, por lo que también se considera un ejecutor de proyectos concretos.

Con su organización han realizado labores puntuales en zonas de difícil acceso en Mocoa y La Guajira. En esta última hicieron una convocatoria a través de redes sociales para conseguir 700 dosis de albendazol, un fármaco que ataca los parásitos intestinales con el fin de combatir las infecciones parasitarias, muy comunes en los niños de este departamento por causa de la desnutrición. El resultado: más de 4.000 dosis conseguidas. Asimismo, en Mocoa, tras la tragedia ocurrida el 1.° de abril de 2017, a través de la campaña ‘Todos somos Mocoa’, el Movimiento Ambientalista Colombiano colaboró con la recolección de 13 toneladas de donaciones, entre mercados, productos de aseo personal y aseo general, medicamentos y ropa.

Camilo Prieto

El pasado 19 de agosto, en Salento, Quindío, participó con niños en una jornada de siembra de palma de cera en el valle del Cocora.

Foto:

FOTO: CORTESÍA ELÍAS SHARIFF

La organización de Camilo ha logrado construir dos huertas experimentales en La Guajira con ayuda del Ejército, hacer jornadas de siembra de árboles en Mocoa con gente que perdió seres queridos en la avalancha, sembrar palma de cera en el valle del Cocora y sembrar corales en el mar de San Andrés. Todo esto a través de donaciones y trabajo de voluntarios. Relata que lo que más aprecia es el tiempo porque no es un recurso renovable, y ellos se lo donan.

No obstante la satisfacción de estos logros, cree que su objetivo final aún está lejos y es un poco utópico. Salvar el mundo tiene que comenzar cambiando la educación de los niños, admite, porque desde pequeños hay que enseñarles el sentido de pertenencia por nuestro planeta. Esta generación, conforme a sus palabras, se ha encargado de arrancarle la piel a la Tierra. Desastres como el de Mocoa son una muestra de ello.

El híbrido entre activismo y medicina que construye la personalidad de Camilo está conectado por el conocimiento técnico e histórico que tiene sobre la humanidad.

Tiene en la cabeza los datos sobre el fracking, sobre los litros de agua desperdiciados cada día en el país, y la información de hectáreas mal utilizadas por la ganadería. Sus argumentos siempre están acompañados de una cifra o de un hecho histórico. Por ejemplo, al discutir sobre la explotación de recursos naturales, se remonta hasta comienzos del siglo XX, cuando se desató la comercialización del caucho y la selva Amazónica fue la principal víctima.

Cita a Martin Heidegger para decir que el hombre se dedicó a la conquista de las cosas por encima de la conquista de las personas. Concluye que el consumismo de esta época es un peligro latente porque parece no tener freno. Sin embargo, opina que la manera de conservar el mundo no es aislándolo del ser humano. Toca cuidarlo por medio del activismo.

Camilo dice que si Colombia sigue basando la industria en la búsqueda de materias primas, se acelerará de manera irresponsable la desindustrialización de la economía.

Campaña ‘Yo soy Guajira’

En 2016, el Movimiento Ambientalista Colombiano llevó a cabo la primera parte de la campaña ‘Yo soy Guajira’. Visitaron diferentes rancherías de comunidades wayús, entregando comida, albendazol (cerca de 4.000 dosis, para tratar la desnutrición), proporcionaron miles de litros de agua y realizaron pedagogía ambiental. La segunda misión de ‘Yo soy Guajira’ ya está en marcha. Esta busca recolectar alimentos como maíz, arroz, lenteja, avena, panela, harina de plátano, desparasitantes y medicamentos veterinarios para llevar bienestar a esta zona del país. Para cumplir esta meta, el Movimiento Ambientalista Colombiano recibe donaciones en Bogotá, Cúcuta, Calarcá (Quindío), Armenia y Neira (Caldas). Además, también reciben donaciones a través de su página web. La segunda edición de ‘Yo soy Guajira’ llega tras la campaña ‘Todos somos Mocoa’, ejecutada en Putumayo luego de la avalancha ocurrida el 1.° de abril de 2017, y ‘Chocolectura’, efectuada en el corregimiento del Valle de Bahía Solano, en el departamento de Chocó.

SANTIAGO VILLADIEGO MOGOLLÓN
TWITTER: @svilladiegom
sanmog@eltiempo.com

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