La disidencia de las Farc reclutó a una reina en Miraflores

La disidencia de las Farc reclutó a una reina en Miraflores

El Frente Primero convirtió a este pueblo en el centro de su feudo en el Guaviare.

Miraflores

En Miraflores, Rosa E. Hernández apagaba un incendio en el último ataque de las Farc, cuando mataron a su hijo de 7 años.

Foto:

Salud Hernández- Mora

04 de abril 2017 , 03:06 p.m.

La reina se fue con ellos, no tuvieron que forzarla. Empacó sus cosas y partió junto al grupo de jóvenes armados que acudió a recogerla. No hubo manera de detenerla, estaba determinada a abandonar su hogar y unirse a la disidencia.

“Laura Jineth no entregó la corona a su sucesora. Se fue a filas”, comentan en Miraflores, pequeño municipio del sur del Guaviare reconocido en sus años de bonanza de los 80 y 90 como ‘la capital mundial de la coca’ y la ‘Universidad’, el lugar donde gentes de otras partes del país aprendieron a cultivarla y procesarla. En su máximo apogeo levantaron diecisiete poblados en los alrededores, por cuyas cantinas rotaban centenares de prostitutas. Ya solo quedan siete, todos en decadencia.

Con un tercio de los habitantes que alcanzó a tener y una precariedad económica angustiante, hoy en día intenta escribir otra historia, hallar nuevos rumbos. Pero no será fácil.

El Frente Primero Armando Ríos de las Farc, que rechazó desmovilizarse, convirtió al municipio, de apenas once mil almas, en el centro de su feudo en el Guaviare. Si bien fuentes militares cifran en alrededor de 320 sus integrantes, los habitantes de la región estiman que se acercan al medio millar y van en ascenso.

Se están fortaleciendo con el cobro desbordado de extorsiones; el narcotráfico, los sembrados cocaleros que volvieron a reactivarse, aunque no como antes; el creciente reclutamiento de estudiantes de colegios e internados de la zona y la imposición de normas de obligado cumplimiento. Nadie duda de que son los guerrilleros los que de verdad mandan, pese a los golpes que le han propinado Policía y Ejército. Y están extendiendo sus tentáculos hacia el Vaupés, Guainía, Vichada y sur del Meta.

“Les pedimos, con todo el respeto que se merecen, que por ningún motivo vayan a firmar los acuerdos del Gobierno de la erradicación de cultivos ilícitos”, reza el último comunicado del Frente Primero, distribuido la semana pasada por el Guaviare. Argumentan que el Gobierno incumplirá los compromisos y antes que nada debe solucionar las innumerables carencias sociales y económicas de los propietarios de los cocales. Lograron que calaran por igual sus argumentos críticos y la amenaza que lleva implícita.


Al margen de atentados y reclutamientos, algunos forzosos, las vacunas son el dolor de cabeza diario porque escalaron a niveles insoportables. Al comprador de base de coca le cobran 300.000 pesos por kilo; al ganadero, 10.000 por cabeza de animal y tres millones por deforestar una hectárea de selva para volverla potrero. Las lanchas grandes cancelan 5 millones, cada tonelada que transportan paga 200.000 pesos y 50.000 la caneca de gasolina. El bulto de cemento son 7.000, idéntica cantidad que la canasta de cerveza, y así.

Vi obras paralizadas y supe por fuentes militares que el Frente Primero exige al municipio más de 60 millones por permitir continuarlas. Las autoridades locales eludieron comentar sobre el particular, aunque la norma que antes regía era entregar el 10 % del valor de los proyectos. Lo que comprobé es que a la Gobernación le piden 2.000 millones para mover la maquinaria de las vías.

Los cálculos más modestos cifran en 1.000 millones mensuales las ganancias del Frente Primero, pero otros elevan esa cantidad hasta los 5.000 mil. Cabe recordar que cuando las Farc estaban vigentes, era de los que más recaudaban.

Habitantes navegann por el río en Miraflores, Guaviare

Las minas antipersonas representan también una amenaza, los grupos armados no han dejado de sembrarlas. 

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Otra inquietud entre la población es la presencia de subversivos de fuera de la región, que nadie conoce. El máximo jefe del Primero, ‘Gentil Duarte’, y su lugarteniente ‘Mordisco’, no son accesibles como antaño y sin una cabeza que imponga orden y ataje arbitrariedades de mandos medios, aumentan el desamparo y la intranquilidad de los lugareños. Al Ejército y la Policía, presentes en la cabecera municipal, ni los consideran, acercarse a ellos es correr el riesgo de que lo tachen de 'sapo' y supone el destierro o la muerte.

Las minas antipersonas representan también una amenaza; los guerrilleros no dejan de sembrarlas. El 12 de marzo voló por los aires el subcomandante del cuerpo de bomberos de Miraflores mientras preparaba un explosivo. A cuantos pregunté por él se mostraron sorprendidos al saber que un hijo del pueblo tenía ese tipo de vínculos con el Frente.

“A la vuelta de cinco años serán cuatro mil guerrilleros”, advierten unos labriegos que entrevisto en La Hacienda, diminuto y empobrecido caserío a una hora de Miraflores por la vía destapada. “Si vienen por la fuerza a acabar con los cultivos, ¿qué van a hacer los del Frente Primero? Pues coger más fuerza porque van a respaldar a la población civil, que vive de la coca”. Ponen de ejemplo lo que ocurrió con su vecino Pueblo Nuevo, hoy una aldea derruida. “Quedó acabado cuando el apogeo de la 'fumiga' (fumigaciones con glifosato, alrededor del 2004) y la gente, aburrida, se fue a las filas. Lo mismo pasará ahora si no hay alternativas viables”.

De momento se han integrado a la guerrilla más de una veintena de escolares de Barranquillita, Caño Tigre, Lago el Dorado y otras veredas; ninguno aún del casco urbano de Miraflores. Unos aseguran que al grupo de adolescentes lo bautizaron ‘La guardería’ y la puerta sigue abierta a nuevas incorporaciones.

Casas de Miraflores Guaviare

El municipio y las zonas veredales son amenazados por la creación de nuevas guerrillas.  

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Barranquillita, a mitad de camino entre Miraflores y Calamar (segundo de los cuatro municipios del Guaviare), es el principal centro de operaciones del Frente Primero en el área. Cuenta con apenas un par de calles de casas de tablones de madera, y un internado del que han reclutado muchachos. Escuché a un miliciano advertir que los celulares están prohibidos. “Aquí no hay señal, así que cuál es la huevonada de tener un celular bueno. ¿Para sacar fotos?”, dijo. Poco después oímos el ruido lejano de un helicóptero. No se divisaba, estaba nublado y volaba muy alto. Aún así, le dispararon varias ráfagas de fusil desde detrás de las casas, reacción que causó sorpresa por lo fútil y el riesgo para los civiles. Son esas reacciones, que nadie comenta de manera abierta, las que generan zozobra entre campesinos que deben convivir con ellos. “El proceso de paz es uno para Colombia y otro para Miraflores”, alegó uno de mis interlocutores.

Sin salida

Pese a todo, los brotes de violencia no son la principal fuente de preocupación, sino el futuro al que no vislumbran horizontes. No es tanto el miedo a desobedecer al Frente Primero lo que los desaconseja estampar su firma en la propuesta de sustitución de cultivos ilícitos, sino la falta de credibilidad que les genera el Estado y una oferta sin pilares sólidos.

Para secundar la renuncia voluntaria a los cocales, necesitarían que despejaran antes una serie de obstáculos que parecen insalvables, comenzando por arreglar la trocha que une Miraflores con San José del Guaviare.

La mayoría de habitantes y suministros llegan los martes y sábados a la pista de tierra que atraviesa Miraflores, en dos DC-3 y un Antonov de sendas compañías privadas, lo que eleva el costo de vida de manera exorbitante. En la bonanza aterrizaban 20 y 30 aviones diarios porque la coca, al igual que en la actualidad, lo sufragaba.

Dimos 10 pasos atrás y sufrimos las mismas incertidumbres de siempre. Solo nos quedan dos opciones: que ocurra un milagro o que Miraflores se muera

Por el río también reciben carga que embarcan en Calamar, otro medio muy costoso debido a una gasolina más cara de la normal. Y resulta innavegable en verano porque las aguas bajan mucho. Por tierra, el único camino que atraviesa la selva y que recorrí en diez horas hasta Calamar, en camioneta de línea, es destapado y llano. Tiene un tramo bueno hasta Barranquillita de unas tres horas; el resto, atestado de lodazales en los que es fácil enterrarse, se torna intransitable en invierno. Pero no pueden tocarla, por quedar dentro de la reserva forestal.

“Sin buena carretera estamos muertos”, afirma el alcalde Jhonivar Cumbe. “Por unas fotos aéreas, nos acusaron en Bogotá de depredadores de la selva y no es verdad”, anota. Les abrieron una investigación a él y al gobernador por realizar unas mejoras en la vía, pero constaté que los que queman manigua a los bordes de la ruta son campesinos que buscan sobrevivir de sembrar frutales y pasto, ya que la coca se cultiva más adentro.

“Dimos 10 pasos atrás y sufrimos las mismas incertidumbres de siempre. Solo nos quedan dos opciones, que ocurra un milagro o que Miraflores se muera”, advierte con impotencia el joven alcalde Cumbe. Al igual que su colega de El Retorno (tercer municipio del Guaviare), pertenece a una nueva camada de dirigentes bien formados y eficientes. Sueña con su municipio sin matas de coca, pero es consciente de que las salidas son complejas.
Lo que llama ‘un milagro’ en realidad son tres. El viejo anhelo de un tren eléctrico que vaya directo de Calamar a Miraflores, sin paradas, a fin de evitar deforestación descontrolada; dragar el río para volverlo navegable más meses y de ahí enviar a Vaupés la carga, y subvencionar el transporte aéreo.

Calles de Miraflores Guaviare

Desde hace años los habitantes sueñan con la puesta en marcha de un tren eléctrico que vaya directo de Calamar a Miraflores.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

“En los talleres que organiza la ONU repiten que el plan del Estado para Miraflores es reforestar hasta los potreros”, aduce un finquero. “Pero sin levantamiento de la Zona de Reserva Forestal y sin vía, no hay nada. Tendrían que permitir arreglar lo intervenido porque la carretera la abrió un cauchero hace años. Y que nosotros podamos sembrar productos agrícolas en la selva que ya está tumbada y tener ganado”. Tanto la CDA (Corporación para el Desarrollo Sostenible del Norte y el Oriente Amazónico) como el Sinchi desechan la ganadería por considerarla igual de devastadora que la coca.

“Hace 10 años se pensó en reubicar la población de Miraflores para salvar la selva”, comenta una fuente de la CDA. “Los campesinos no le dan valor al bosque porque lo ven como un estorbo y los que deforestan van diez pasos por delante de los que los frenan. Lo necesario es estudiarlo y encontrar un aprovechamiento sostenible”.

Además de una población de colonos emprendedores y arrojados, apegados a sus bellos paisajes de selvas eternas y ríos culebreros, en Guaviare subsisten 26 pueblos indígenas, también abrumados por su incierto futuro.
“Aunque todo está muy caído, muchos que se fueron cuando las fumigaciones tienden a regresar porque aman estas tierras y la vida en la ciudad es muy difícil, lo matan a uno por un celular. Aquí lo que carga uno no se lo quitan y si no tiene para la comida, los vecinos le regalan yuca, plátano”, apunta un comerciante. “Miraflores quedó con la fama, y el Estado nos sigue apretando. ¿Qué pretenden? ¿Que vayamos a vender limones a un semáforo?”.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
Especial para EL TIEMPO
Miraflores, Guaviare

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