Dos apóstoles que se dedican a trabajar por los demás colombianos

Dos apóstoles que se dedican a trabajar por los demás colombianos

En su columna, el periodista Juan Gossaín relata las historias de Jorge Vergara y Édgar Vargas.

Édgar Vargas

Édgar Vargas se mudó a Cartagena en 1998 y desde ese año enseña música a niños de los barrios más humildes.

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Yomaira Grandett / EL TIEMPO

18 de abril 2017 , 10:51 p.m.

¿Usted cree posible, acá entre nos, que en Colombia un funcionario dure nueve años en el mismo puesto, sin tener un padrino político ni pertenecer a la carrera administrativa?

Bueno, también es cierto que no todos están dedicados a las corruptelas, aunque, como decían los abuelos con un gracioso sentido de la ironía, a veces los árboles no dejan ver el bosque. Por eso salí a buscar funcionarios honestos entre la tupida maleza de la corrupción.

Por lo general, esos son los empleados más pobres y más modestos. No tienen ascensor privado ni computadores en sus despachos. Trabajan en pueblos perdidos o en los barrios abandonados. Lástima que sean tan poquitos.

Encontré un ejemplo que me conmovió hasta el tuétano de los huesos. Trabaja desde el 2007 en la alcaldía de Clemencia, una pequeña población de 14.000 habitantes en el departamento de Bolívar, a media hora de Cartagena. Nuestro hombre es el director de la Unidad Municipal de Asistencia Técnica Agropecuaria (Umata), el aparatoso nombre que les pusieron a las antiguas secretarías municipales de agricultura.

¿Nueve años en el puesto? El tema empezó a zumbarme en la oreja. Fui a Clemencia y le hice la pregunta a la gente. Me llevaron aparte, como si se tratara de contarme un secreto, y me dieron la explicación:–Cada vez que hay elección de alcalde, nos ponemos de acuerdo para escoger el mejor candidato, vamos donde él y le decimos: “Votamos por ti si mantienes a Vergara en el puesto”. Ya lleva tres alcaldes.

De México a Clemencia

Se llama Jorge Vergara de la Ossa y nació en San Marcos, que hoy queda en territorio de Sucre, en medio de un nido de aguas conocido como La Mojana, en el que confluyen tres ríos, ciénagas, caños, lagos, humedales, inundaciones y la leyenda de la mujer mágica que vive bajo el agua en una casa de piedra.

Se fue a la Universidad Autónoma de México, porque quería estudiar veterinaria, y aprovechó para graduarse también en zootecnia, que es el arte de criar y multiplicar los animales domésticos. Luego volvió a su pueblo. Se puso a trabajar con las comunidades más pobres que lo eligieron concejal, primer alcalde por voto popular y diputado.

En el año 2002 un paisano suyo compró una finca en cercanías de Cartagena y Vergara se fue a trabajar con él. Los fines de semana iba a Clemencia a echar una bailadita. Pero, como si fuera poco con el asedio anual de la sequía, y a veces de las inundaciones, apareció en el pueblo la plaga llamada sigatoka negra y mató la cosecha de plátanos. El hambre arreciaba. Vergara comprendió cuál era su misión en esta vida.

Gallinas, leche, mango

Oigan ustedes, en apretada síntesis, lo que este hombre humilde y risueño, que nunca se quita la gorra de beisbolista, ha logrado en nueve años. Empezó por organizar a casi tres mil labriegos pobres, que son el veinte por ciento de la población, y ha conseguido que el Sena les dicte cursos sobre gallinas ponedoras, pollos de engorde, cría y ceba de cerdos, producción de carne y leche.

Un día se le metió en la cabeza crear el primer vivero regional para dotar al pueblo de semillas de roble, mango, polvillo y cañahuate. Un año después, según me cuentan los vecinos, y tras una larga lucha contra las murallas burocráticas, el Ministerio de Agricultura destinó 6.600 millones de pesos en un convenio para sembrar ñame, limón Tahití, coco, yuca y ají dulce. Más de 2 mil familias se han beneficiado.

¿Y el crédito?

Vergara se plantó en la Gobernación de Bolívar hasta que, con tal de quitárselo de encima, le dieron el tractor que pedía y que hoy sirve de herramienta de trabajo a los labradores. Se lo prestan entre ellos, por turnos, lo mismo que hacen con las 50 bombas de fumigación que también se rotan entre los pobres.

Las cien familias más necesitadas han recibido ya de la Umata unas bolsas o kits con utensilios y productos como palas, botas, machetes, medicamentos agrícolas y semillas de maíz, tomate y berenjena.

Pero al señor Vergara lo estaba esperando, con las fauces abiertas, uno de los problemas más graves de su trabajo: cómo obtener con justicia un crédito agrícola para los desposeídos de Clemencia. Él mismo se puso al frente de esa gestión.
Acompañó a cada campesino a las oficinas del Banco Agrario, negoció los préstamos, que hoy llegan a 400 millones de pesos; obtuvo que les cobraran los intereses más justos del mercado y les dictó cursos para que ellos mismos aprendan a fortalecer sus procesos productivos.

Jorge Vergara

Jorge Vergara de la Ossa ha logrado en nueve años organizar a casi tres mil labriegos pobres de Clemencia, Bolívar.

Foto:

Yomaira Grandett / EL TIEMPO

La Feria y el riego

Cada año realiza la Feria Agropecuaria, Turística y Cultural de Clemencia, que se ha vuelto famosa en toda la región.

En este preciso momento, todos a una, Vergara y los campesinos, con sus mujeres y sus hijos, promueven la creación de una empresa avícola y un distrito de riego para controlar las locuras del invierno y los caprichos del verano. Y una planta para almacenar la leche. Y si sigo, no terminamos hoy.

Yo, que lo he visto romperse el cuero por esos caminos de Dios, puedo decirlo sin rodeos: Vergara es un apóstol. El suyo es un modesto salario que no le alcanza para las cuotas de un carro ni para pagar un taxi. Se pasa el día entero viajando en bus entre la oficina y la finca del amigo que lo alberga, o de pueblo en pueblo, cumpliendo con el deber que se ha impuesto en esta vida
.
A veces le toca irse a pie por esos caminos, porque es incapaz de tocar un billete de mil pesos de la caja menor.

El músico de Bucaramanga

Cambiemos de pareja. Cualquiera puede pensar que en esta vida nada se parece menos a un veterinario que un músico de violonchelo. Pero, en el fondo de sus almas, estos dos personajes son idénticos, aunque no se hayan visto jamás.

Durante el último Festival Internacional de Música asistíamos a un concierto, bajo la luz de la espléndida noche de enero, en la explanada de la Sociedad Portuaria de Cartagena. De repente sube al escenario un niño que toca el violín con notable maestría. El instrumento es casi más grande que él. Otro, igual de menudito, interpreta el contrabajo. Ejecutan una sonata italiana. Intrigado, pregunto de dónde salieron.

–Son los alumnos pobres del profesor Vargas –me contestan.
Se llama Édgar Vargas. Nacido en Bucaramanga y educado en su conservatorio, resolvió irse a dar vueltas por Colombia. Hace veinte años llegó a La Guajira, que estaba en la fiebre del carbón. La empresa de El Cerrejón le entregó 40.000 dólares para que comprara los instrumentos y enseñara música clásica entre las comunidades nativas. Creó la primera escuela con 400 niños de las familias mineras. De ellos, 80 integraron la primera orquesta sinfónica juvenil. Así empezó esta historia.

El llamado de la vida

Un día cualquiera, en 1998, Vargas decidió mudarse con su familia a Cartagena porque le fascinó la ciudad. Abrió su propia escuela en Bocagrande, donde residen los estratos económicos más altos. Pero pronto descubrió, para su desazón, que los muchachos terminaban bachillerato y se iban a hacer carrera en otra parte.

–Fue entonces cuando vi los barrios marginales, olvidados y pobres. “Tengo que hacer algo por esta gente”, me dije. Lo que hice fue atender el llamado de la vida.
Entonces fue al barrio Nelson Mandela, uno de los sectores más deprimidos de la ciudad. “Los vecinos, mi propia esposa y yo construimos con las manos los primeros instrumentos: marimbas, xilófonos, maracas. Conseguimos una guitarra vieja”.

Para llegar a Mozart

No tenían dónde guarecerse. Hasta que, hace catorce años, la hermana Aurora, una monjita, les abrió las puertas del colegio Jesús Maestro. El profesor Vargas recuerda que en aquel momento el vecindario los miraba con recelo, como animales raros.

–Aquí no nos gusta la música clásica –le dijeron.
–No se trata de música clásica –replicó Vargas–. Se trata de música.
Fue entonces cuando el profesor aprendió una nueva lección: “Si queríamos llegar a Mozart, teníamos que empezar por la salsa”.
Por curiosidad, pero también por ayudarlos, comenzaron a llegar las invitaciones para tocar en hoteles y congresos, ceremonias solemnes y asambleas empresariales.

El día del milagro

La seccional de la Dian les pidió que participaran en la inauguración de su nueva sede. Recaudación de impuestos, imagínese usted, que es lo menos parecido que hay a la música. Pero allí fue donde ocurrió el milagro.

–Una señora rubia, que estaba en primera fila, empezó a llorar en mitad del concierto –me cuenta el profesor–. Su marido me llamó para decirme que era el presidente de Siemens, que era alemán y que su mujer estaba estremecida al oír cómo interpretaban aquellos niños a su paisano Beethoven.

La señora le pidió a su esposo que colaborara. Les donó diez millones de pesos. Con ese dinero nació la Fundación Musical por Colombia.

Epílogo

Han pasado catorce años desde el día en que se oyó el primer arpegio en aquellos vecindarios. Hoy, 1.800 niños estudian música sin pagar un solo centavo en los 17 barrios más pobres de Cartagena. De esos muchachos, veinte están ya en la universidad. Ahora tienen una orquesta sinfónica, una orquesta de cuerdas, grupos corales y 14 bandas de viento.

Los patrocinan las grandes empresas y la gente generosa, como la Fundación Puerto de Cartagena, la Fundación de Empresas de Mamonal, la Fundación Mario Santo Domingo, la Universidad Autónoma de Nariño, el Concurso Nacional de Belleza. Vargas, por su parte, vive de lo que le pagan los estudiantes de otros barrios, los pudientes.

–Estamos trabajando en las propias tripas de la ciudad –añade el profesor–. Allí descubrí que la felicidad es democrática. Como la música.
Por mi parte, yo seguiré denunciando la corrupción, pero también hay que reconocer a los apóstoles que todos los días trabajan por el país para que mucha gente realice sus ilusiones. Son un ejemplo.

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO

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