Así viven en la Colombia a la que no se puede llegar por carretera

Así viven en la Colombia a la que no se puede llegar por carretera

El país tiene, al menos, 13 municipios a los que solo se puede entrar por avión o en lancha.

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En el caso de Puerto Carreño, los vehículos tienen que atravesar vías en pésimo estado para llegar a allí.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

05 de noviembre 2016 , 03:39 a.m.

Al menos 13 municipios de Colombia, entre ellos cuatro capitales, están incomunicados con el resto del país por falta de vías terrestres.

La única oportunidad que tienen los pobladores para poder salir a otras zonas es a través del transporte aéreo, que no deja de ser una opción costosa para muchos de los que viven en estos territorios.

Un vuelo por Satena – aerolínea estatal que es de las pocas que brinda servicios a lugares apartados– a estas poblaciones ronda los 400.000 pesos, una tarifa que muchos de los habitantes consideran impagable, pero no hay otra opción para viajar al interior del país, pues todas estas poblaciones quedan en las fronteras de Colombia.

A esto se suma la dificultad de conseguir pasaje, debido a que en muchas ocasiones se agotan con rapidez. Tres de estas capitales están en el oriente del país, Puerto Carreño (Vichada), Puerto Inírida (Guainía) y Mitú (Vaupes), donde el propio Gobierno, en su Plan Nacional de Desarrollo para el 2014-2018 (PND), admite que están desarticulados con la red terrestre, y que las pocas vías que hay se encuentran en estado deficiente. La otra capital es Leticia, en el Amazonas.

Esto, sumado a la baja densidad poblacional y a la alta dispersión de las comunidades rurales, dificulta la conectividad, la prestación de servicios, la provisión de infraestructura y la competitividad en las actividades económicas.

Frente a esta desconexión de la red terrestre, el Gobierno anunció en septiembre pasado que abrió pliegos para contratar los estudios y diseños de una nueva vía entre Puerto Arimena (Meta) y Puerto Carreño (Vichada), una obra que tendrá una longitud de 650 kilómetros.

El PND, por su parte, muestra otras salidas para estas regiones y proyecta la intervención de aeródromos, dos en Guainía; cinco en Vichada y 14 en Vaupés, en los que el costo de inversión asciende a los 41.000 millones de pesos.

Además, según el PND, otra solución que se vislumbra es la estructuración por parte del Invías de una estrategia de acción para recuperar la navegabilidad del río Meta, que tenga en cuenta accesos viales, muelles de interés regional y nacional.

Otros puntos incomunicados están ubicados en el Pacífico, zona donde solo existen dos salidas al mar pavimentadas. En el Valle, una desde Cali a Buenaventura, y en Nariño, otra desde Pasto a Tumaco.

En el Chocó, municipios como Nuquí, Bahía Solano o Acandí dependen del transporte aéreo para ir a Quibdó, que tiene como principal eje vial al departamento de Antioquia, pero queda incomunicado de otros pueblos de la región por falta de vías, situación por la que se recurre de manera principal a la navegación por los ríos.

Cabe anotar que las características selváticas de estas regiones impiden la construcción de obras que beneficien el desarrollo de estas ciudades y las acerquen con el interior. Entre las dificultades por estar apartados, cuentan fuentes consultadas en algunas de las zonas, están la escasez de productos, los costos altos de la canasta familiar y problemas para acceder a servicios médicos.

Sufren por los precios
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Infografía EL TIEMPO

Foto:

Los 5.137 habitantes de la Isla de Providencia, que por razones obvias no cuentan con un transporte terrestre, y cuyo testimonio incluimos para dar cuenta de cómo pueden verse afectados los bolsillos de una comunidad en un lugar con poca conectividad, sufren por los precios de algunos productos que son más caros en esta isla que en otras partes del país.

“El enlatado siempre es caro. Por ejemplo, las salchichas enlatadas cuestan como 2.500, mientras en San Andrés pueden estar costando 2.000 pesos”, cuenta Georgean Sierra, estudiante de Ingeniería Civil de la Universidad Católica de Colombia.

Georgean asegura que, en algunos casos, para saber el precio de algo en Providencia hay que sumarle entre 500 y 1.000 pesos al costo de algo en San Andrés.

Este estudiante, nativo de Providencia, explica que los comerciantes que llevan los productos a la isla tienen que cubrir gastos de transporte, por lo que aumentan los valores de venta a las tiendas y supermercados de la isla.

Según Georgean, los productos más caros son el galón de Clorox, que puede llegar a costar 15.000 pesos o más, una bolsa de leche por la que piden 9.000, una botella de champú a 20.000 pesos y un tubo grande de pasta dental que cuesta 11.000 pesos.

‘Nos sale más barato pasear en Venezuela’

En Puerto Carreño, la capital del departamento del Vichada, no hay alternativas terrestres eficientes para llegar a otros puntos del país. Además de un vuelo diario para llegar allí desde Bogotá y viceversa, la única opción que queda para ir al municipio es viajar en lancha, un recorrido que puede tardar hasta ocho días, iniciando el viaje desde Puerto López (Meta).

A la capital del Vichada solo llegan carros de carga en temporadas secas, que es cuando los vehículos se atreven a pasar por difíciles trochas, principalmente entre los meses de noviembre y febrero. Es durante ese periodo que la navegación por el río Meta queda prohibida, debido a que esta corriente tiende a disminuir su caudal considerablemente.

El desarrollo en esta capital ‘olvidada’ de Colombia es difícil. El exalcalde Álvaro Londoño asegura que nunca podrán ser competitivos si no se logra sacar los productos para venderlos. “Todo lo que se produce nos lo comemos nosotros mismos porque no hay cómo vender”, señala.

Los carreñenses están tan apartados del interior del país, que prefieren pasear en Venezuela que en Colombia, “nos sale más barato ir a Isla Margarita que viajar a Bogotá”, dice Londoño, quien afirma que el Estado está en deuda con la región. Para la muestra explica que la ciudad no está conectada al sistema energético del país, por lo que Venezuela es quien los provee de la electricidad.

Entre los productos más difíciles de conseguir están las frutas y las verduras. La alternativa de la gente es cruzar el río Meta para ir a comprarlas a Puerto Páez, en territorio venezolano. Allá también compran el arroz porque les sale más barato.

El déficit no es solo en productos. Conseguir una conexión a internet es un milagro y quienes logran el acceso suelen quejarse de las caídas, por horas, de las redes.

“El tema de las vías nos traería infinidad de cosas, detrás de eso viene la energía, los servicios públicos, la industria, la inversión y el transporte, cambiaría la dinámica en Puerto Carreño”, dice el exalcalde, quien acaba de dejar el cargo. El rezago que deja la falta de vías, insiste Londoño, se nota hasta en el cemento. Este llega a Puerto Carreño casi al doble de precio que se consigue en Bogotá, por eso las obras de construcción son escasas y el edificio más alto del pueblo es un supermercado de apenas cuatro pisos.

En cuanto a la atención médica, cuando se presenta una urgencia que no se puede solucionar en el hospital San Juan de Dios, resolver el padecimiento se puede alargar días hasta que se disponga de una aeronave o esperar si hay cupo en el vuelo de Satena, situación que compromete la vida de las personas que necesitan una atención urgente.

Nuquí prefiere otras salidas

En Nuquí, debido a la ausencia del Estado para construir vías que comuniquen al municipio chocoano y avancen en aras del desarrollo, los nativos de este lugar crearon mecanismos para no sentir, por ejemplo, los problemas que tienen con la energía.

Incluso algunos hoteleros del municipio reciben de buena manera que la única forma de llegar hasta estas paradisíacas playas del Pacífico sea en avioneta.

Yesenia Montoya, trabajadora del sector turístico, economía que mueve al municipio, cuenta que al estar tan alejados se han desarrollado paneles solares y energía generada a través del agua, herramientas que permiten que el pueblo tenga un atractivo que lo hace especial.

“A Nuquí lo ayuda que no existan vías terrestres, por eso sigue siendo un destino conservado y no hay un impacto masivo del turismo”, señala.

Elizabeth Mena, otra trabajadora del turismo en el pueblo, coincide en que, si el municipio contara con vías, se vería amenazado su carácter “único”.

Más que vías terrestres, los pobladores reclaman mejoras en educación y salud. En cuanto a la comida, la población recibe productos, cada 8 o 15 días, cuando llega un barco cargado de estos desde Buenaventura (Valle).

Pacientes, en riesgo

Más de una década lleva viviendo en La Pedrera, un corregimiento en Amazonas, la enfermera Evangelina Rodríguez, que decidió dejar Bogotá para ayudar a comunidades indígenas con misiones médicas que atraviesan en lancha los ríos del departamento.

Eva, de 53 años, cuenta que en su estadía en La Pedrera lo más difícil es, precisamente, estar incomunicados, porque para salir del lugar y llegar a Leticia por vía aérea el tiquete puede valer 400.000 pesos, y de allí es necesario tomar otro vuelo para ir hasta Bogotá, donde viven sus hijos.

Para salir del corregimiento no hay más alternativa que tomar ese vuelo de Satena, que tiene una frecuencia de un viaje a la semana y sus ocupantes apenas son nueve. La enfermera narra que en La Pedrera, cuando hay un enfermo grave, no se duda en llamar una la ambulancia aérea que puede tardar varias horas, aunque por lo general llega una hora después de la comunicación.

Evangelina cuenta que se ha visto casos en los que, por distintas dificultades o la gravedad de los pacientes, al momento en que aterriza la avioneta en el pueblo, la persona que necesitaba atención ya ha fallecido.

CRISTIAN ÁVILA JIMÉNEZ
Redactor de Nación

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