Así sobrevivieron dos buzos a 50 horas entre tiburones y medusas

Así sobrevivieron dos buzos a 50 horas entre tiburones y medusas

Jorge Iván Morales dice que él y Hernán Darío Rodríguez nunca perdieron la esperanza de sobrevivir.

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Jorge Iván Morales, administrador de empresas, quien fue rescatado el viernes pasado, volvió ayer a tierra firme en Buenaventura, donde se reencontró con su familia.

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Juan B. Díaz /EL TIEMPO

07 de septiembre 2016 , 08:48 a.m.

“Era una tarde tranquila, y lo último que dijo Carlos Enrique, nuestro guía, fue recordarnos la ruta de inmersión. Era por La Catedral, cerca de la isla de Malpelo. La idea era dar una ronda pequeña. Los cinco estábamos juntos porque por regla en el buceo tenemos que cuidarnos unos a otros, pero cuando subimos a la superficie nos dimos cuenta de que ni Peter, ni Érika ni Carlos Enrique estaban con nosotros”.

Jorge Iván Morales, un paisa administrador de empresas aficionado al buceo, relata cómo comenzó, con el odontólogo Hernán Darío Rodríguez, el miércoles pasado, a las 4:30 de la tarde, una odisea de 50 horas en el Pacífico, en medio de la nada, entre tiburones, a 265 millas de Buenaventura.

Los dos hacían parte de una excursión de cuatro buzos y un guía que llevaba una semana en la isla colombiana realizando inmersiones en este paraíso submarino, hasta que las corrientes convirtieron la aventura en una tragedia.

(Lea también: Tres buzos rescatados en Malpelo se reencuentran con sus familias)

“Veíamos la roca. Es que Malpelo es una roca. Pero no veíamos el barco María Patricia; y a los demás, tampoco. Yo no sabría decir qué salió mal, lo único es que las corrientes del mar nos separaron. Nos distanciaron de cualquier posibilidad de tierra firme, relata Jorge Iván. No sé a cuántos kilómetros estábamos de Malpelo, pero la veíamos y tratábamos de llegar. Nadábamos, pero aun así no podíamos llegar. Teníamos una brújula que nos indicaba que estaba al oeste”.

Con el paso de las horas comenzó a crecer la angustia de los dos buzos.

“Queríamos regresar a nuestras casas. Pero poco a poco entendimos que pasaríamos esa noche en el mar. Es fue uno de los momentos más difíciles. La primera noche. Aceptar que hay un problema y ver qué hacer para superarlo era la única manera de sobrevivir. Yo agradezco que estuve con Hernán. No sabíamos qué iba a pasar, pero nunca perdimos la esperanza de que íbamos a regresar”.

Esos primeros momentos en el agua fueron de mucha dificultad. Tragaron mucha agua salada. Jorge Iván dice que empezaron a aplicar las normas de supervivencia, pues la noche caía.

“Teníamos que mantener siempre el calor corporal. Para eso teníamos que estar abrazados y acurrucados. Estuvimos en posición fetal para mantener el calor. Los equipos de buceo tienen unas especies de cuerdas con las que nos amarramos para que no nos arrastrara una corriente. Sabíamos que teníamos que cuidar nuestra energía.

El frío empezó a dominarlos. “Temblábamos. Siempre estuvimos temblando. El mar estaba helado y teníamos que estar abrazados. Orinábamos en el mar, sin despegarnos. Veíamos el cielo estrellado y las nubes pasando. Teníamos mucha incertidumbre”.

Durmieron muy poco. “Cerrábamos los ojos, pero era por dos minutos. Nos mantuvo con esperanza el pensar en nuestras familias, en nuestros sueños. En querer llegar a Malpelo”.

Esa noche fue eterna, y en la mañana el frío no disminuía. “Seguíamos temblando. El océano estaba helado, y eso que hacía sol. Un computador que teníamos, como lo tiene todo buzo, nos indicaba entre 13 y 14 grados de temperatura”.

Al segundo día del naufragio veían Malpelo un poco más lejos. El sol comenzó a caer fuerte, y no caía una gota de lluvia.

“Si hubiera llovido, hubiera sido más alentador para nosotros porque recogeríamos agua. Pero teníamos sed, el sol seguía quemando, muy fuerte. Pero seguimos tragando agua, y es bastante salada”.

Ninguno de ellos, de acuerdo con Morales, tuvo miedo a los tiburones.

Ataque de medusas

“Sí hay tiburones en esa zona, pero los tiburones del Pacífico no son agresivos y no nos hicieron nada. Por eso no teníamos miedo. No son tiburones martillo, son otros. Yo vi uno que otro, y otros peces. Queríamos cogerlos para alimentarnos, pero cómo, si no teníamos cómo pescarlos”.

Las horas avanzaron lentamente y sintieron cómo su piel se iba quemando. “Seguíamos nadando. Yo movía las piernas, y quizás por eso me duele un pie”.

Hasta que llegó el momento más crítico, cuando ambos fueron presa de las medusas.

“Nos atacaron. Qué dolor, muy fuerte. No sé cuántas aguamalas fueron, pero qué momento tan duro. También había otros animales. Sentíamos aleteo por la superficie del agua, y también nos rozaban. Esto fue muy difícil, pero lo importante es que nunca, con Hernán, tuvimos una discusión. Teníamos claro que debíamos sobrevivir y superar las dificultades en el océano”.

Volvió la noche y ya no veían Malpelo. Estaban completamente rodeados por el mar. Luego se volvieron a amarrar para permanecer abrazados porque el frío no cesaba y estaban más extenuados por la falta de agua y comida.“Esa noche hablábamos en sueños. Creo que desvariamos. Hablamos dormidos. No recuerdo qué decíamos, pero estábamos ya desvariando”.

Con la salida del sol del viernes, eran pocas las fuerzas que tenían. Literalmente, estaban en pleno mar sin ver nada de tierra. No sabían dónde estaban realmente ni en qué dirección estaba Malpelo. Fue solo el sonido del motor de un avión lo que los sacó del letargo.

“Nosotros al comienzo no vimos ningún avión. Lo escuchamos. Sabíamos que por ahí no hay rutas comerciales. Entonces pensamos que era que nos estaban buscando. El avión pasó y luego lo vimos”.

El semblante de Jorge Iván cambia cuando se refiere al avión del Gobierno de Estados Unidos que los ubicó. Su voz se acelera y sus ojos empiezan a encharcarse.

“El avión luego hizo un gesto. Vimos que voló de lado y vimos que nos saludaron. Hernán y yo lloramos”. En ese momento, a Jorge Iván se le quebró la voz y dejó salir las lágrimas.

A los dos buzos los encontraron a 39 millas náuticas de Malpelo, es decir, a 72 kilómetros, y rescatados por la embarcación Punta Ardita, de la Armada Nacional, en la que se reunieron con su compañero Peter Morse, buzo estadounidense, rescatado al día siguiente.

“Dios me mandó a Hernán para sobrevivir. Ambos hicimos un buen equipo”, dice el paisa, abrazado a su familia, en Buenaventura, a donde llegó este martes para contar su odisea.

Continúa la búsqueda

“Infortunadamente, aún no podemos decir que el trabajo se ha cumplido a cabalidad”, dijo el comandante de la Fuerza Naval, contralmirante Paulo Guevara, sobre la búsqueda de los buzos Érika Vanessa Díaz y Carlos Enrique Jiménez.

“Las operaciones siguen. A la Fuerza Aérea colombiana, a la de Estados Unidos y a los familiares y buzos que participan en esta búsqueda, a todos ellos, muchas gracias”. El Punta Ardita es uno de los tres buques que han permanecido en zona de Malpelo para intensificar la búsqueda de los dos buzos desaparecidos.

CAROLINA BOHÓRQUEZ
Enviada especial de EL TIEMPO
BUENAVENTURA

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