El barco hospital que resucitó del naufragio

El barco hospital que resucitó del naufragio

Tras 2 años anclado en Buenaventura, el San Raffaele zarpó hacia una misión médica por el Pacífico.

El barco hospital que resucitó del naufragio El barco hospital que resucitó del naufragio

El barco hospital resucitó del naufragio

05 de noviembre 2016 , 03:29 a.m.

Tres golpes de bocina anunciaron el despertar del San Raffaele después de su sueño de dos años. Abandonaba su casa, el estero de San Joaquín, en Buenaventura (Valle), donde permaneció anclado en un muelle mientras el óxido se lo tragaba.

Olvidado por todos, menos por Ana Lucía López y Diego Posso –los gestores del proyecto que lleva soluciones médicas a las comunidades afros e indígenas de las costas del Pacífico–, el San Raffaele, venido a menos por la indiferencia de las gentes que no apoyaron su causa antes de quedar moribundo en el 2013, venció sus enfermedades.
El pasado 30 de enero, el barco zarpó dejando hundir la desidia, que parecía ser picada por completo por las gaviotas que lo sobrevolaban (Vea: Así inició la travesía del San Raffaele, el barco hospital que zarpó hacia una misión medica por el Pacífico).

El primer movimiento ocurrió pasadas las 8:30 a. m. desde el muelle La Catalina. Ana Lucía estaba nostálgica y cubría con gafas negras sus ojos cafés; algunas lágrimas parecían escaparse y al quitarse los lentes, sus pupilas se dilataban. Ella se plantó en la terraza del barco junto a 25 médicos que ofrecieron sus servicios sin cobrar un solo peso, mientras la embarcación navegaba por las orillas de Buenaventura hasta llegar al muelle La Pagoda, vecino del puerto mercantil.

Diego Posso, por su parte, caminaba por los tres puentes del San Raffaele; lo seguían los seis marineros de la embarcación.

“Alguien se apiade de mí” fue la exclamación que no olvida Diego de un poblador de Juanchaco y Ladrilleros, zona turística a 45 minutos en lancha de Buenaventura, cuando esperaba atención en el “necesitadísimo” centro de salud del lugar hace 10 años.

Diego sintió un impulso para aliviar pesares similares, según él, a los de la canción de Juan Luis Guerra.
“No me digan que los médicos se fueron, no me digan que no tienen anestesia”, canta, mientras toca el timón del barco.
Viajó a Italia, país donde vivía en busca de ayuda, y fue Iván Ramiro Córdoba, gloria del fútbol colombiano, quien le tendió la mano.

El futbolista le ayudó a conseguir recursos que le permitirían llevar viejos equipos médicos de Italia hasta el puerto.
Él, paramédico, se volvió tan insistente en su misión que tocó la puerta del religioso Luigi Maria Verzé –con mucho poder en ese país, fundador del Hospital San Raffaele en Milán y fallecido en el 2011–, quien escuchó las suplicas y decidió donarle dinero para comprar el barco. “Al pobre no se le pueden dar las migajas sino lo mejor que tengamos cada uno de nosotros”, le dijo Verzé a Posso.

El día antes de zarpar fue difícil para Ana, que comenzó su jornada desde las 4:00 a. m. tras una llamada de las comunidades que pedían reunirse para conocer cuándo serían visitados por el barco hospital. Viajó de Cali a Buenaventura, donde trazaron rutas con los líderes de las riberas de Nariño, Valle, Cauca y Chocó, pues en estas zonas confluyen grupos al margen de la ley que, por fortuna, nunca interfieren en la misión.

En el muelle de La Catalina, los marineros comandados por el capitán Elcías Estupiñán, un hombre que se conoce todo el Pacífico y lo ha navegado desde la década del 70, alistaban los últimos arreglos que necesitaba el barco para su viaje al otro día. En cada uno de los tres puentes miraban que no faltara nada. En el primer puente estaban las habitaciones de los marineros y algunas de los médicos; cada cuarto contaba con cuatro camas, almohadas, cobijas de lana y aire acondicionado. Cuando llegó el primer médico, esa noche quedó congelado por el frío que hacía en ella.

Ana Lucía y Diego estaban en el segundo puente acomodando cientos de medicamentos. Revisaban los consultorios; no había manchas en las paredes blancas y menos algún imperfecto en las puertas verdes. Al llegar a ginecología, una de las especialidades, Ana bajó la mirada y recordó cuando los despertaron a las 2:00 a. m. en una de las misiones antes que el barco se anclara.

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Diego Posso y Ana Lucía López son los fundadores del barco hospital, ellos pertenecen a la fundación italo-colombiana del Monte Tabor. Juan Diego Buitrago / EL TIEMPO

Foto:

“Unos hombres dejaron en un potrillo a una niña de 16 años; todos despertamos de inmediato por los gritos de ella”, contó Ana Lucía.

Los hombres huyeron y los médicos llevaban a la niña al fondo del segundo puente, donde está el quirófano. Allí atendieron el parto de la joven. “Quedé abrumada; esa niña tenía la misma edad de mi hija. Cuando la cargaba se notaba que no sabía lo que pasaba. Al otro día, como llegó se fue. Los mismos hombres en potrillo se acercaron y se la llevaron”.

Instalados en el barco hospital, el personal médico recorre los pasadizos del San Raffaele. Otros se posan cerca de la proa y toman posición de meditación. Cargado 1.000 galones de combustible se movió hasta La Pagoda; los galenos hablan de la ‘tontina’ (dolor de cabeza) o ‘pavo desplumado’ (disfunción eréctil), algunas dolencias que aprendieron a conocer por el singular lenguaje de los pobladores.

En la misión atienden a cerca de 3.000 personas, que con anticipación les contaron sus enfermedades a los líderes de Puerto Merizalde, corregimiento de Buenaventura subiendo la bocana del río Naya. Entre los males que aquejan a esa comunidad están las hernias y problemas en la piel. La cita más requerida es la de mujeres que piden a gritos la ligadura de trompas; tienen programadas más de 100 cirugías en los cinco días de travesía.

Las aguas del Pacífico son impredecibles. En más de una ocasión quedaron a la deriva. En una de esas aventuras a Puerto Merizalde llegaron unos jóvenes heridos tras una pelea familiar. A uno le colgaba de un hilo una de sus extremidades superiores; la labor de los médicos lo salvó y lo remitieron de urgencias a un hospital cercano.

Meses después, Ana Lucía caminaba por la zona cuando le tocó el hombro un desconocido; ella, despavorida y con mucho miedo preguntó quién era. “Señora, muchas gracias, vea que gracias a su barco no perdí mi brazo”, señaló la caleña a quien ganar el Premio Cafam a la mujer 2014 la motivó a luchar.

No eran buenos días y el premio fue una bendición.

Desde ahí empezaron a reconstruirlo, pero pese a que volvió a navegar no cantan victoria, pues saben que necesitan muchos recursos para continuar. Ana y Diego volvían a sonreír, tras dos años de agonía, pasadas las 4:00 p. m., cuando unas gotas de lluvia caían sobre Buenaventura y el barco se perdía en el mar. Con las manos en el timón gritaron fuerte: “¡Por fin cumplimos nuestro sueño!”.

CRISTIAN ÁVILA JIMÉNEZ
Enviado Especial de EL TIEMPO
Buenaventura

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