Banda 'Diecinueve de Marzo' llega este año al medio siglo de sabor

Banda 'Diecinueve de Marzo' llega este año al medio siglo de sabor

La agrupación ha sobrevivido a 11 presidentes, 5 papas y al derrumbe del muro de Berlín.

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Viejas fotografías, diplomas y trofeos de todas las formas y tamaños son tesoros memorísticos del museo de la Banda de 19 de Marzo, en Laguneta (Córdoba).

Foto:

Archivo particular

22 de septiembre 2016 , 12:33 a.m.

Una polvareda silba sobre las calles bermejas de Laguneta. La primera vez que visité el poblado fue el primero de diciembre del 2012, cuando la inauguración del museo de la Banda Diecinueve de Marzo. Al cabo de varios años he vuelto con mi amigo Édgar Cortés por asuntos relacionados con La hamaca grande, el programa radial que él dirige y presenta.

Buscamos a Milena Ávila, una morena cuyos ojos brillan como melaza. “El museo –dice como quien confía un secreto– abre solo cuando viene alguien. Estudiantes de bachillerato, universitarios o periodistas de aquí de Córdoba. Los que más vienen son laguneteros que viven afuera”.

“La palabra ‘museo’ tiene que ver con las musas –dice Édgar–. Eran hijas de Mnemosine, diosa de la memoria”.

Conté unos 350 espectadores el día de la inauguración, sentados o de pie, bajo la enramada temporal y los tendales en la plaza. El maestro Miguel Emiro Naranjo, director y fundador de la Banda Diecinueve de Marzo, lideraba el evento. Así, se encargaba tanto de hacer entrega oficial del escudo y la bandera de Laguneta como de servirles el agua a los mariachis. Naranjo –frente amplia y piel rojiza como las calles de Laguneta– es uno de esos hombres que se recomienda con su carisma, dueño de una vanidad tan bien llevada que humildad y timidez le resultan artificiosas.

“Por suerte, hoy estamos bajo un sol de bajo calibre”, afirmó con voz ronca en algún momento, y cualquiera habría jurado que era cierto.

Sus pares y seguidores lo apodan el Rey del Porro, y sin duda mucho va del cántaro al agua. En una tierra fértil en negligencia, el peso artístico de Naranjo es par de su tenacidad. La Diecinueve de Marzo, que comenzó como una moneda al aire un sábado del año 66, ha coincidido con once presidentes de Colombia y cinco papas; atestiguó el cambio de la Constitución Nacional y el derrumbe del muro de Berlín; presenció el terror de Pablo Escobar y el derrumbe de las Torres Gemelas; vio morir el acetato y se curó sin remordimientos de la piratería.

El albergue del museo sigue siendo blanco y las puertas, celestes; del almendro que sombreaba la terraza queda apenas un tocón cenizo, y los objetos reposan en una segunda planta.

Una vez Milena abre la reja metálica que los guarda, la brisa trae vapores cenagosos. Sobre un endeble soporte metálico se juntan un bombardino dorado con máculas en el latón similares a las de un banano muy maduro; otro, plateado, nebuloso y con golpes, con un alambre como colgadero; una trompeta sin boquilla y un bombo con el nombre de la banda desteñido sobre parches rotos.

Entre los añosos instrumentos resaltan una cartelera puesta al garete, los restos de una lámpara y la bocina opaca de un fonógrafo. Milena trata en vano de levantar la cartelera para darle cierto orden al conjunto.

Un mosaico de marco azabache con vetas de polvo en las esquinas contiene las carátulas de la discografía de la banda: 19 discos de larga duración y 8 antologías que incluyen fandangos tradicionales y clásicos del porro sinuano, sabanero y del río San Jorge. Cada vez son menos los que recuerdan los 100 pesos por hora que cobraron los músicos en su primer toque, en San Antonio Nuevo, corregimiento del municipio de Sahagún, el 31 diciembre de 1966.

Desde esa vez supieron que la fama es otra de las formas de la pena. “Tocamos toda la noche los seis temas que nos sabíamos –cuenta ‘Usino’ Ávila, padre de Milena e integrante original de la banda, en tono bajo y rehuyendo siempre la mirada–. Pero tan bien nos fue que nos pagaron un adicional para seguir tocando hasta que el cuerpo aguantara.

¡Caramba!, con el primer rayo de sol nos fijamos que trompetistas, clarinetes y bombardinos tenían los labios hinchados. ¡Hasta sangre le salía a uno de ellos! Entonces nos tocó salir huyendo. Vea usted, los músicos huyendo de sus fanáticos”.

Los primeros tiempos

Los sucesivos registros fotográficos dan cuenta de la transformación de los cuerpos y de la renovación paulatina de los integrantes de la Diecinueve. Algunas fotografías enmarcadas tienen su fecha de origen escrita en mayúsculas y con marcador negro sobre pedazos de cinta de enmascarar a medio pegar.

En 1970 la banda tuvo su primera presentación fuera del departamento de Córdoba. “Eso fue en Barranquilla. Preferimos alojarnos en una casona que estaba recién construida y no en un hotel –cuenta Simón Paternina, compositor de los arreglos de clarinete de la emblemática puya La espuela del bagre–. La primera mañanita que amanecimos allá, nos fuimos a desayunar a una tienda cercana. ¡Miércoles!, cuando regresamos nos dimos cuenta de que de los instrumentos no quedaba ni el polvo. Así que, como no podíamos cumplir con los toques que teníamos negociaos, nos tocó devolvernos para Laguneta con el rabo entre las patas. Nos robaron pendejamente. A Laguneta llegamos con un puñado de monedas. ¡Esa rabia que cogió mi mujer! Lo único que se nos ocurrió fue rogarle a San José, patrono de Laguneta y de la banda. Y vea que nos cumplió”.

En una plataforma de concreto, con forma de M, se erigen mansos un sinnúmero de trofeos cuyo tamaño y decoraciones explican la importancia del premio. Hay fisuras y raspaduras de todo calibre. Antes que honrar el mérito, parecen augurar la fatalidad. Uno como de noventa centímetros de alto, hecho de madera, con una placa y una clave de sol, es apenas el símbolo maltrecho de la primera victoria de la banda en el entonces Festival Pelayero, en 1977.

Lo demás son las fuentes secundarias de la memoria: diplomas, reconocimientos y cientos de recortes de periódicos y revistas. Y a pesar de que Milena señala que la Escuela de música será una realidad, pues el maestro Naranjo consiguió los instrumentos con la Secretaría de Cultura de Córdoba, al salir del museo dos palabras me asaltan: decrépito esplendor.

Suele el temple enhebrarse con la precariedad. El deseo de Naranjo de erigir un museo en un caserío lejano, sin recursos para garantizar el mantenimiento de las piezas o exponerlas en condiciones óptimas, choca con las altas expectativas que imaginó el día de la inauguración: “Promoveremos una escuela de nuevos músicos de banda... Crearemos un centro para los interesados en la investigación... Mantendremos a toda costa la vigencia del porro...”.

De modo que cuando Milena compara a Naranjo con don Quijote, concluyo que el drama del hidalgo radica menos en sus proezas desmesuradas que en lo inane de las herramientas para lograrlas, lo cual plantea una disyuntiva entre lo material –las piezas del museo– y lo espiritual –los ideales de Naranjo–.

“Hay que evitar a toda costa la eutanasia del porro –señala él–. Los festivales ya van por ese camino. El Festival Nacional del Porro de San Pelayo comenzó siendo organizado por el pueblo –sostiene Luis Hernández, maestro e intérprete de gaita–, ahora depende los vaivenes del mandamás de turno. Los ganadores no reciben el pago de su premio de inmediato, sino casi un año después. No quieren dar ni hotel ni buena comida. La comunidad ha sido la principal desplazada en la organización”.

“Tan crítico es el asunto –comenta Édgar con algo de humor– que el porro no existiría si las palabras del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española hicieran posible la existencia de las cosas del mundo”. Porro: puerro; persona torpe y sucia; y cigarrillo de marihuana son las tres definiciones que reconoce.

Pero al mal tiempo, buena cara. Al recordar el día de la inauguración del museo veo a laguneteros y visitantes bañándose en el río del fandango bajo la luz de la luna menguante.

Yesenia Serpa, quien viajó a Laguneta desde Madrid (España), señala: “Mi madre acudía con sus tres retoños al Alba, un evento que daba inicio a las Fiestas de Corralejas. Recuerdo la alegría que nos daba el contemplar el amanecer entre la música, el jolgorio y el olor a café. Yesenia pide al presentador de la banda en tarima, justo la Diecinueve, que la complazcan con El ratón”.

–Porro del difunto Alejandro Ramírez Ayazo –aclara Édgar.

Decenas de parejas se dirigen a la rueda del fandango. Hermes Hernández –brazos gruesos y nariz recta– le ofrece un mazo de velas a Milena, su mujer, y la invita a bailar. Un guapirreo –ese chillido típico de las celebraciones con bandas– se solaza con el danzón que introduce el porro. Milena –pantalón amarillo y blusa negra– le coquetea a Hermes. Durante unos segundos los instrumentos suenan en conjunto. El repique del redoblante espanta cualquier vergüenza. Las trompetas relumbran al preguntar y bombardinos y trombones se estiran al responder. Milena aleja el cuerpo de Hermes con la candela de las espermas, los bailadores incrementan el ardor del ritmo. De repente, trompetas, bombardinos y trombones suenan al unísono. Milena, Hermes y las otras parejas reducen la velocidad de la danza.

“Ahora comienza la bozá –me advierte Édgar–. El amarre del porro”.

Los clarinetes lideran momentáneamente el baile. Tubas, bombardinos y trombones balancean la armonía. “¡El que siembra en tierra ajeeenaaa –grita el guapirreador– hasta la semilla pierde!” Zarandean los redoblantes, que conducen el ritmo junto a los platillos. Se enmudecen las trompetas. El bombero palitea embravecido con la baqueta sobre el aro metálico del bombo. Las mujeres levantan las nalgas, sin dejar de acelerar el cimbreo de las caderas; si el hombre no se amarra los calzones, la gustadera lo puede poner en aprietos. “¡Que viva el porro pelayero, carajo!” –ruge un borracho–, y trompetas, bombardinos y tubas vuelven a discutir, reaparecen los guapirreos, más parejas se suman a la rueda... Y Milena y Hermes se siguen buscando; la esperma de la vela, chorreando en la mano izquierda de ella; él, ardiendo; ambos presos por una euforia contenida, solo capaz de consumirse tras el ayuntamiento de los cuerpos...

Antes de las dos de la tarde partimos de Laguneta. Ranchos dispersos tremolan como espejismos sobre la sabana inagotable, que se extinguirá algún día junto con instrumentos, diplomas y trofeos. Pero aun cuando serán pocas las cosas que sobrevivan “al hierro, al fuego o a la cólera de los dioses”, seguro habrá quien tararee un porro y evoque una remota banda llamada la Diecinueve de Marzo, de Laguneta. Tampoco faltarán la Milena Ávila ni el Hermes Hernández que se inviten a la rueda del fandango, prendan la candela y bailen hasta el amanecer para avivar aquel recuerdo.

JULIO CÉSAR PÉREZ MÉNDEZ
Periodista colombiano radicado en Estados Unidos
Especial para EL TIEMPO

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