Los ibaguereños se gozaron su festival

Los ibaguereños se gozaron su festival

El Festival Folclórico Colombiano se convirtió en una fiesta desbordante de música y color.

Ibagué

En esta fiesta el país se reúne a través de su música y de sus danzas de un modo que recuerda a Río de Janeiro, pero sobre todo a Barranquilla.

Foto:

Juan Carlos Escobar

07 de julio 2017 , 11:11 p.m.

Al salir del hotel de donde partiría la caravana el espectáculo era embriagante de colores refulgentes, música de viento, vestuarios típicos de las diferentes regiones, fandango, de tambores de cuero de cabra y maracones, tamboras que ejecutaban festivas rajaleñas competían por atraer a la concurrencia.

Pero lo que más impactaba era que todo el mundo tenía puesto su sombrero, incluso los botones del hotel llevaban su cabeza cubierta por este mágico signo de identidad terrígena, el sombrero tolimense, pañuelo raboegallo al cuello y traje blanco, todos menos este cronista.

Domingo veraniego, al final de una semana en la que el invierno no estuvo ausente. El sol achicharrante, pese a lo temprano de la hora. Más abajo encontraré un vendedor, me dije, ingenuamente.

Los grupos folclóricos calentaban el ambiente. Estaba a reventar la carrera tercera, principalísima vía de Ibagué que baja una suave pendiente hasta convertirse, en el centro de la ciudad, en una hermosa calle peatonal que pasa por la plaza de Bolívar, el parque Murillo y el emblemático Teatro Tolima, y luego, en la calle 15, vuelve a llenarse de automotores.

Sombreros vueltiaos, negros sombreros de pelo de conejo al estilo de las tierras frías, aguadeños, sombreros de Suaza, que en el mundo llaman dizque panamás, coronas de plumas indígenas, alones sombreros de charro mexicano (México era el país invitado), sombreritos de ala corta, todos bajo el techo refrescante de la paja toquilla y de esas fibras plásticas con que ahora imitan el trabajo artesanal de los sombrereros.
Cuando quise alcanzar la punta del desfile tres cuadras abajo, ya iban llegando a la plaza de Bolívar. Era imposible caminar los andenes, porque los ibaguereños reclamaban su espacio y la gente, de subida o de bajada, se abría camino a los empujones. Los de abajo querían ver qué venía y los de arriba pretendíamos alcanzar a los abanderados de la jornada. A la cabeza, los bomberos en sus enormes camiones y la policía, en esplendorosos percherones, se robaron los aplausos inaugurales y las aclamaciones de un público entregado, caluroso, inigualable.

Detrás venía la reina de Colombia, la caleña Laura González, hermosa, fresca, radiante, y las candidatas al reinado folclórico en sus carrozas, bailando y sonriendo, en una multiplicación de los besos que los espectadores agradecían con llamados y vivas a gritos y aplausos. Diecinueve reinas departamentales del folclor desfilaron.

Hay una cosa que los colombianos no sabemos. En Ibagué, el folclor hierve en las calles, en los andenes, en los balcones de los edificios, en las plazas, el sentimiento de colombianidad es desbordante y cargado de autenticidad. Es raro de ver y difícil de contar.

En esta fiesta el país se reúne a través de su música y de sus danzas de un modo que recuerda a Río de Janeiro, pero sobre todo a Barranquilla. Importante descubrir que en estas montañas interioranas se vive un carnaval único, en el que centenares de músicos y bailarines, jóvenes, adultos y hombres y mujeres de edad muy mayor, irradian esa luz secreta y cálida que nos hace saber que pertenecemos a una nación. Por muchas razones y a pesar de tanta adversidad y tanta animosidad.

Las danzas indígenas y los músicos de La Guajira, los bullangueros conjuntos del Eje Cafetero, con sus vistosas interpretaciones propias de ritmos poco conocidos, las agrupaciones del sur del país, Nariño, una riqueza cultural infinita se congrega aquí para festejar lo que somos, nuestra diversidad, nuestro amor por una Colombia ancestral que, increíblemente, ni el reguetón ni la salsa choke consiguen destruir.

El Festival es, en ese sentido, un desfile de la resistencia de la música y el baile y el disfraz y el antifaz y el sombrero y la cara pintada y el bullicio y las ganas joder y de cantar y de gritar.No es gratuita esta exaltación. Este Festival nació en 1959 porque a un ibaguereño, y luego secundado por un grupo de ibaguereños, se le ocurrió que agotada la Violencia de los años 50 era hora de mostrar una faceta positiva del Tolima que no fuera la cruenta batalla de unos colombianos contra otros.

Encontré a los sombrereros, pero el alón que había soñado me sentaba horrible. El sol hizo su labor.

El bailarín que se salvó de Armero

“Mi nombre es Gildardo Aguirre Aristizábal, soy licenciado en historia y geografía de la Universidad del Tolima y tengo un posgrado en Pedagogía del Folclor de la Universidad Santo Tomás. Llegué a Armero de un pueblito muy frío del norte del Tolima llamado Casabianca, de ascendencia paisa. Armero era uno de los fuertes culturales del departamento. Había teatro, música, y todas las posibilidades de que la juventud de uno no transcurriera en vano, de pronto tomando cerveza por el calor tan berraco.

“Dirijo el Grupo de Danzas de Armero (fundado en 1958) desde hace 31 años. Después de la tragedia, por azares del destino, y tal vez por ser el bailarín más viejo en ese momento, lo sostengo de mi bolsillo y con ayuda de mi esposa y mi familia, sin haber recibido nunca ningún tipo de auxilio. Para reorganizarlo, después de que quedamos sin siquiera un traje, nos ayudó el doctor Héctor Galeano Arbeláez, carnetizador de los armeritas.

“Los seis sobrevivientes armamos de nuevo el grupo y en este momento ya hemos representado a Colombia en España, Ecuador, Panamá y Venezuela. Y en la mayoría de festivales folclóricos”.

Marta, creadora de carrozas

Marta Arbeláez, tan grande de corazón como reticente de estatura, le entrega cada año al Festival Folclórico su capacidad como diseñadora de carrozas con una pasión inusual. No es en Ibagué la única artesana de carrozas. Le compiten con creatividad y despliegue de colores y figuras Ólmer Rojas y Carlos Acevedo, maestros tradicionales todos en su presencia festivalera de tiempo atrás.

“He sido de toda la vida una enamorada de las flores, de los colores, de las figuras, todo eso me encanta. Hace siete años, la alcaldía trajo unos maestros artesanos de Pasto, para capacitarnos. Aprendimos unas técnicas que no conocíamos. Entonces montamos el taller de carrozas, un grupo de cinco. Empezamos a tallar, a experimentar, a dañar material”.

A las seis de la tarde del día anterior al desfile, Marta y su equipo tenían sus grandes muñecos montados en 11 carrozas de todos los tamaños. “Ojalá no nos vaya a llover”, dijo. Dos horas después comenzó la llovizna y debieron retirarlos. A las 8 de la mañana siguiente, pese a que la caravana se iniciaba a las 11, las figuras, intactas, ocupaban sus respectivos sitios como si hubieran pernoctado allí.

Marta Arbeláez

Marta Arbeláez con El tamalero de mi tierra, una de sus creaciones para el desfile.

Foto:

Juan Carlos Escobar

La reina es hoy la presidenta

Bethy García Ramírez llegó este año a la presidencia de la Corporación Festival Folclórico después de hacer carrera por todos los cargos de la organización. De profesión relacionista pública, siempre ha estado ligada a la estructura con la misión de lograr que el Festival se mantenga.

Pero su primera participación no fue organizativa. Ella, muy joven, fue ganadora del Reinado Folclórico. Es la cabeza de un aparato de actividad que empieza a trabajar desde enero en la organización, con el apoyo de los departamentos folclórico, comercial, cultural, administrativo, logístico...

El Festival Folclórico se inició en 1959; tuvo una larga interrupción. Este año celebraron 45 ediciones de sudor y esfuerzo.

La señorita Bethy, así la conocen, interrumpe la entrevista para responder al celular una, dos, tres, cinco veces, hasta que por fin viene alguien y se la lleva. La requieren con urgencia para el evento final, en la concha Acústica de Ibagué. Viernes y sábado terminó su actividad a la 1:30 de la madrugada. A las 6:30 de la mañana siguiente volvió al ataque. Dinámica, imparable.

Álvaro J. Montero, jurado.

Álvaro J. Montero, jurado.

Foto:

Juan Carlos Escobar

Un vallenato en el Eje

Quien habla es el folclorólogo Álvaro Javier Montero, miembro del jurado del Festival:
“Nací en Valledupar y vivo en Pereira hace 32 años. Soy fundador del grupo de danzas de la Universidad de Pereira y coordino la Escuela de Formación en Danzas que tiene el municipio desde hace 12 años. Recibimos los niños a los 5 años y egresan a los 25. Risaralda tiene una cultura muy grande: embera, afro y la población mestiza, de ascendencia paisa, caucana, vallecaucana y tolimense.

“El valor agregado de este festival es darles a conocer a los colombianos y a los extranjeros la importancia que tiene para nuestra identidad la diversidad de nuestro folclor. No nos oponemos a que los jóvenes bailen tango, salsa, merengue; pero ¿por qué no bailar lo nuestro primero? Entonces les estamos dando la oportunidad a los muchachos de que profundicen académicamente en el folclor y, ahí sí, escojan.

“La radio pone mucha música extranjera porque vende más, pero hay que tener un balance. A los niños se les puede ir inculcando el amor por lo que no conocen, que es lo nuestro”.

Francisco Celis Albán
Editor EL TIEMPO

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