‘Desde que esto se llenó de vacas, la gente se fue’

‘Desde que esto se llenó de vacas, la gente se fue’

Armenia, en Antioquia, se está quedando sin habitantes por la ganadería. Campesinos buscan trabajo.

Campesinos

En 1964 vivían en Armenia más de 8.000 personas. Hoy hay una población de algo más de 4.000, y, según proyecciones, en el 2020 la cifra se reducirá a poco más de 3.000.

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Juan Diego Quiceno

08 de marzo 2018 , 09:04 p.m.

Luis Alberto Caicedo se sienta todos los días entre las 6 y las 7 de la mañana en una jardinera del parque de Armenia, Antioquia, a mirar la soledad de su pueblo. A sus 93 años recuerda con nostalgia esa misma plazoleta bulliciosa, repleta de personas vendiendo y comprando café, caña y toda clase de frutas. 

Hoy, solo están él y otros ancianos jugando parqués. El café se acabó, y de las 8.000 personas que habitaron este poblado, solo 4.000 permanecen aún.

“Se van porque acá no hay nada para hacer. No hay trabajo. En mis tiempos, esto se movía mucho. Yo llegué porque había trabajo y me quedé porque hice vida y familia, pero, por ejemplo, mis hijos se fueron, están en Medellín”, dice con voz baja.

Luis Alberto, quien en realidad nació en Angelópolis, Antioquia, llegó a la Armenia paisa pasados sus 20 años, cuando el municipio estaba lleno de palos de café. Ahora dice que “desde que esto se llenó de vacas, la gente se fue”.

En realidad, las vacas y el café ya estaban cuando Luis Alberto llegó a Armenia. Según Óscar Darío Montoya, funcionario de la Alcaldía de Armenia y coautor del libro Recuperación de la tradición oral como vehículo de transmisión de la cultura en Armenia, Antioquia, el municipio nació como un asentamiento de pequeños campesinos y ganaderos que tenían intención de abastecer los mercados mineros de Titiribí, Amagá y Heliconia, poblados cercanos y reconocidos por su riqueza en minas de oro, carbón y sal, respectivamente.

En los mercados se vendía tan bien el café como la carne. Hasta 1960, según datos del ‘Directorio nacional de explotaciones agropecuarias’, ambas actividades se repartían por la mitad las más de 10.000 hectáreas del municipio, donde habitaban más de 8.000 personas. La migración masiva de los armenios de Antioquia a municipios vecinos como Itagüí, San Antonio de Prado o, incluso, Medellín comenzó cuando el equilibrio entre la ganadería y el café se empezó a romper. En el 2006, una nueva medición hizo evidente el cambio.

Para ese año, la ganadería le había ganado al café. Las tierras dedicadas a pasto de vacas superaban las 7.000 hectáreas y la agricultura tenía poco más de 1.000. De 8.000 pobladores, Armenia pasó a menos de 5.000. Entre los que partieron estaban los hijos de Luis Alberto, que, sin trabajo, viajaron a Medellín.

El último censo agropecuario y pecuario nacional (2016 y 2017) evidenció que el café, en todo el departamento de Antioquia, ha reducido su participación en el mercado nacional, de un 18 por ciento en la década de los 80 a un 14 por ciento para el 2016. En Armenia, y según Luis Fernando Vélez, contratista de la Alcaldía en el sector agropecuario, más del 70 por ciento de la tierra está hoy dedicada a la ganadería.

Paisaje cafetero

Los paisajes cafeteros de varios municipios de Colombia tienen cada vez menos café y más ganadería.

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123rf

Un problema de trabajo

Según el Dane, la población de Armenia seguirá bajando. Para el 2020, pronostica la entidad, quedarán poco más de 3.000 personas en este pueblo, enclavado en la cordillera Occidental de los Andes.

La gran mayoría partirán en busca de trabajo. Y es que se calcula que 10.000 metros cuadrados sembrados de café pueden necesitar cerca de 40 jornaleros, tanto para su cuidado como para su cosecha. Por el contrario, 70.000 metros cuadrados dedicados a la ganadería extensiva generan, a lo sumo, dos empleos al año.

Para Sandra Ramírez Patiño, historiadora de la Universidad de Antioquia y máster en estudios humanísticos, la principal causa de emigración del campo a la ciudad, en la mayoría de los pueblos de Antioquia, han sido las condiciones laborales y de educación: “Es común atribuirle a la violencia todos los procesos de inmigración que se han dado en el país, y, pese a que esta fue, en efecto, una de las mayores razones a partir de los años 30 para que los colombianos emigraran de su lugar de origen, ya antes de ese año se estaban dando procesos similares motivados por la falta de empleo y de acceso a la educación”.

Ramírez Patiño señala que, en la medida en que la capital de Antioquia se volvía un centro industrializado que necesitaba mano de obra y ofrecía mejores niveles de educación, la migración aumentó exponencialmente. “En 1905, Medellín tenía una población de poco más de 54.000 habitantes; para 1951, ese número ya había aumentado a más de 300.000, creciendo siete veces –explica–. Este crecimiento era mayor que el promedio nacional”.

Sin trabajo, sin mayores oportunidades educativas, los jóvenes no esperaron ni esperan oportunidad para partir. Los pocos que quedan en Armenia cursan su primaria y bachillerato en el colegio Rosa Mesa de Mejía, la institución educativa en cuyos salones estudian, en promedio, 15 personas.

Además de las clases regulares, reciben una charla de Juan Camilo Ramírez, el extensionista de la Federación Nacional de Cafeteros que presta sus servicios al municipio. Juan Camilo centra sus esfuerzos en convencer a la juventud de los beneficios de trabajar el campo.

“La mayoría de los caficultores de Armenia están en una edad avanzada. A los jóvenes no les gusta el campo, y ahora están muy influenciados por la tecnología, por el celular y el computador; antes, el muchacho salía de la escuela y se iba para la finca a trabajar, o salía a estudiar algo relacionado con el campo y volvía a trabajar su tierra –dice Ramírez–. Ahora es muy difícil que eso pase. Cuando el papá y la mamá se hacen viejos deciden vender. ¿Quién les compra? El que tiene plata ¿Quién la suele tener? El ganadero”.

Luis Alberto Caicedo

Luis Alberto Caicedo añora la Armenia de su juventud, el pueblo rico en caña y café que lo acogió y le dio trabajo. De ese pasado no quedan más que recuerdos.

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Archivo particular

El peso de la ganadería

Aparte de los cambios en las cargas laborales, Liliana Mahecha Ledesma, experta en ciencias agrarias y medioambiente de la Universidad Nacional, sede Medellín, hace hincapié en los efectos medioambientales que también tiene la ganadería extensiva.

“Es un sistema insustentable –afirma–. Es cierto que por medio de quemas y del uso excesivo de químicos, el pasto te crece rápido la primera vez y tal vez la segunda, pero llega un punto en el cual el suelo ya está tan dañado que ni con una inundación de químicos lo haces crecer”.

La especialista dice, además, que es falso que esa forma de ganadería sea más productiva. “En Colombia tenemos una media de 0,7 cabezas de ganado por hectárea, es decir, en cada hectárea colombiana no alcanza a pastar un animal completo. Ese número varió de 0,5 a 0,7 desde 1995 hasta hoy. ¿Se justifica todo el daño ambiental por ese aumento tan minúsculo?”, se pregunta la profesora Mahecha.

Por eso, y en pro de generar los cambios que protejan el medioambiente y hagan de la ganadería una actividad más eficiente, Mahecha y su grupo de trabajo vienen impulsando el sistema silvopastoril en el departamento de Antioquia.

“Este propone un desarrollo ganadero que protege y aprovecha el medioambiente para aumentar la productividad y eficiencia–explica la profesora–. Consiste en introducir al área de pasto especies arbóreas con especies arbustivas o herbáceas generalmente cultivadas, que no solo den sombra, sino que permitan una mayor recuperación y protección del suelo, la base de la actividad agropecuaria”.

No obstante el esfuerzo por impulsar este sistema, en la Armenia de Luis Alberto solo hay 26 hectáreas de pasto donde se aplica el sistema silvopastoril. El resto, la gran mayoría, es de ganadería extensiva. Luis Alberto, quien espera terminar sus días en el municipio que le dio todo lo que tiene, guarda pocas esperanzas de que la situación se revierta. “Acá vamos a quedar los viejos, que ya no queremos ni tenemos fuerza para irnos para otro lado”, concluye.

Mientras tanto, los rumores de que la Armenia antioqueña perderá su título de municipio corren por las solitarias calles, asustando a los pocos que no se han ido, que, entre la tristeza y la resignación, se quedan con los recuerdos de aquel hogar ruidoso que ya no se escucha.

JUAN DIEGO QUICENO MESA
HUELLA SOCIAL

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