Entre la realidad y los prejuicios / Análisis Unisabana

Entre la realidad y los prejuicios / Análisis Unisabana

En Colombia se sataniza la minería ignorando que ha traído desarrollo económico al campo.

08 de junio 2017 , 02:32 p.m.

Cuando se hace parte del sector minero, se es testigo de experiencias y realidades que, de otra forma, sería muy difícil dimensionar e incluso imaginar en una sociedad acostumbrada a vivir en medio de la dicotomía entre lo urbano y lo rural, pero que probablemente desconoce la realidad de eso que denomina rural.

Por ejemplo, el informe de la Misión para la Transformación del Campo que se publicó a finales de 2015, liderado por el Dirección Nacional de Planeación (DNP), mostraba que solo una proporción muy pequeña de los ingresos de las personas que viven en el campo proviene de actividades agrícolas y pecuarias, mientras que el grueso del dinero de las familias se origina en actividades de comercio o en “otras actividades”. Es decir, hay un porcentaje muy importante de las fuentes de ingresos de esta población que no está clasificada para efectos de un diagnóstico más preciso de la dinámica económica de estas zonas del país.

Esto tiene una consecuencia determinante sobre la idea que tenemos de nuestra sociedad, porque desconocemos muchas de las actividades que mueven la dinámica económica y cultural de Colombia. A diario nos movilizamos en vehículos que provienen de la minería y el petróleo; nos comunicamos por dispositivos móviles cuyos componentes se extraen de la minería; nuestras viviendas, las de menos riesgo, son resultado también de la actividad minera, y buena parte de la industria opera gracias a los derivados del petróleo. Consumimos sus productos en la vida cotidiana, pero en los debates públicos estos sectores solo figuran para resaltar riesgos ambientales y sociales.

Es evidente que dicha discusión es necesaria, pero no refleja la realidad del sector. En otras palabras, hay una fragmentación en el imaginario que tenemos sobre la vida del país, que nos impide comprenderla de manera integral para poder pensar en verdaderas soluciones para el desarrollo y la paz.

Pero ¿esto qué relación tiene con la educación? Más de lo que imaginamos. Estas discusiones se producen entre 'técnicos' y 'sociales': en una esquina están los ingenieros, geólogos, economistas, etc.; en la otra, sociólogos, psicólogos, antropólogos, etc.; como si se tratara de mundos diferentes; profesionales formados en las mismas universidades, pero con miradas muy parciales de un mismo fenómeno. Eso proviene de la falta de comprensión que unos y otros tienen de la realidad, que es compleja, multidimensional, inabarcable.

Sin embargo, en el campo, en las zonas donde se ejecutan los proyectos mineros, las relaciones son diferentes. Es verdad que se presentan tensiones entre las empresas y las comunidades, o entre los sociales y los técnicos; pero también es cierto que allí están las verdaderas fuentes de oportunidad para pensar nuevos modelos de país; las realidades que se deberían estudiar en las aulas de ingeniería y de sociología.

Es la presencia de profesionales sociales en medio de rincones inimaginados del país la que permite llevar, como parte de los procesos de relacionamiento comunitario, programas de capacitación en salud, cocina, medioambiente, entre otros; y es también esa gestión la que hace posible que instituciones como el SENA lleven su oferta de formación para el trabajo a comunidades que, de otra forma, nunca los habrían contactado.

Eso quiere decir que hay un problema que la universidad debe encarar de manera estratégica, estructural; tiene que ver con la manera como profesores y alumnos abordan el estudio de la realidad, no de una disciplina.

El desarrollo de una cátedra transversal para profesionales de diferentes áreas debería partir de un encuentro entre el representante de una empresa, el líder de acción comunal de la región y el alcalde del municipio correspondiente. Ese tipo de conversaciones permitirían a estudiantes y profesores comprender que allá, en el campo, todas las partes tienen intereses en conflicto, pero también intereses en común, en términos de empleos, infraestructura, servicios de aprovisionamiento y acceso a recursos públicos. De allí saldría todo el diseño curricular para jornadas enteras de diálogo alrededor de las verdaderas necesidades del país.

Necesitamos retirar de las aulas muchos imaginarios que provienen de escenarios ideológicos –o individualistas– más que de estudios serios, sistemáticos, comprometidos con el conocimiento de Colombia y la vida de su gente. Por ejemplo, podríamos preguntarnos qué espacios deberían ceder las pasantías internacionales a las regiones, ahora que se dice que estamos en tiempos de posconflicto.

Estudiantes y profesores que realicen visitas guiadas a las zonas de operación, a las cabeceras de dichos municipios, que asistan a las reuniones de los concejos municipales y recorran las vías por las cuales los campesinos tratan de sacar al mercado sus productos, que son las mismas que muchas veces adecúan las compañías para facilitar la operación y que, al final, favorecen a todos los pobladores.

"Aunque se trata de un discurso que se defiende desde hace décadas, estamos aún lejos de formar a nuestros profesionales con una verdadera mirada interdisciplinaria".

Juan David Enciso
Profesor de la Facultad de Educación
Universidad de La Sabana

Sigue bajando para encontrar más contenido

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA