Foto: Édgar Vargas
A Gilberto Santamaría no le gusta 'arrastrar' gente porque se guía por su paso. "El que lo cogió, me siguió; y el que no, de malas", asegura.
Uno de ellos es Gilberto Santamaría, de 73 años, y quien lleva 23 años 'echando pata' por cuanto camino se le atraviesa.
Son las 3 de la mañana del viernes y Gilberto despierta en una de las habitaciones colmadas de visitantes en un hotel del Socorro (Santander). Se alista y guarda en su bolso su provisión para aguantar las próximas seis horas.
Él, un ex trabajador del Hospital Militar y de Ecopetrol ya pensionado y con una espesa y larga barba blanca, se equipa con linterna, bolsas plásticas, baterías, cepillo dental, pantaloneta de baño y navaja. También guarda tres cervezas y una botella de whisky. Los llama 'Gatorade' y los usa como hidratante.
Este padre de siete hijos con 14 nietos se cerciora de que estén bien tapados para que no se le derramen "porque me dolería muchísimo", dice entre risas y cuenta que en ocasiones los mezcla con té y limón helado. Nunca toma agua.
Listo su morral, Gilberto se apresta para reunirse a las 5 en punto con sus compañeros de aventura en la Plaza de la Independencia. Hasta allí llegan caminantes de Rastros, Arrieros Somos, Patianchos, Huellas de Libertad, Traga Nubes y, claro, los Patas Bravas, el grupo que él y otros 50 'disidentes' de Salsipuedes fundaron hace siete años.
Cantan el Himno Nacional, hacen estiramientos y se aprestan a emprender un viaje de aventura desde el sitio Berlín, pasando por los puentes Sardinas, Barayas y Comuneros, la misma ruta que usaron las tropas libertadores que atacaron a los españoles.
La largada la empiezan frente a la estatua de Antonia Santos, la heroína que en 1819 dirigió a los rebeldes que redujeron a las tropas españolas que iban rumbo al Puente de Boyacá.
Un respiro para el espíritu
Con las caminatas, de las que ya perdió la cuenta, Gilberto cuenta que combate una epilepsia que ya muy poco lo ataca y le quita el sueño.
Dice que nunca le ha ocurrido nada diferente a ser atacado por nubes de zancudos. "En todo este tiempo lo único que he sufrido ha sido un golpe que me di, y eso en mi casa, porque unos nietos derramaron agua y me resbalé. En el campo no me ha pasado nada", cuenta Gilberto, que esta vez se vino acompañado por 30 de sus socios de Patas Bravas.
Mientras mira su moderno reloj digital que le marca la altitud y la humedad, y que contrasta con su atuendo simple de camiseta blanca, viejas pantalonetas y desgastadas botas, el caminante cuenta que todos los sábados recorre 30 kilómetros en dos horas con más de 500 personas que conforman su grupo en Bogotá.
A su lado se confunden decenas de hombres y mujeres paisas, costeños, rolos, santandereanos y boyacenses que, al igual que Gilberto, disfrutan los caminos de piedra usados por los comuneros e indígenas guanes. Lucen pantalonetas, camisetas ligeras, sombreros, bastones y mucho bloqueador.
Lelio Armando Rodríguez, del grupo Rastros, de Santander y quien tuvo el reto de organizar la reunión de caminantes, cuenta que en el recorrido también se encontraron con las estribaciones del cañón del Chicamocha, trapiches, fincas tabacaleras, cuevas y los ríos Fonce y Suárez.
Trochas cubiertas por extensas ramas, caminos que se cerraban y obligaban a los marchistas a caminar en fila, altos precipicios y montañas que parecen 'raspadas' por enormes cuchillos fue el paisaje predominante en esta marcha en la que las bolsas de agua y el típico bocadillo veleño fueron los productos más apetecidos para el cuerpo, pues la naturaleza se encargaba de alimentarles el alma.
Tras las largas horas de caminata, Gilberto regresa exhausto, pero satisfecho y listo para prepararse para el último día de recorrido, este lunes, día de su cumpleaños número 73, que él lo pasará lejos de su familia pero haciendo lo que más disfruta.
El lunes se sabrá próxima sede
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