Y Gonzalo Arango creó y descreó el nadaismo

Y Gonzalo Arango creó y descreó el nadaismo

En el aniversario 86 del nacimiento del poeta, Otraparte realizó una velada musical y literaria

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Gonzalo Arango y su compañera inglesa, Ángela Mary Hickie, más conocida como Angelita, en una visita a Cali.

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Archivo particular

23 de enero 2017 , 12:22 a.m.

Ante la imposibilidad de entrevistar al profeta en Jardines de Paz, hace años decidí entrevistarlo imaginariamente.
Las respuestas son textuales del poeta, nacido un 18 de enero de 1931.

Don Gonzalo: ¿Cómo fue lo de su nacimiento aquel 18 de enero?

En una época de mi vida habría dicho con César Vallejo que “yo nací un día que Dios estuvo enfermo”. Tuve tiempo de retractarme de esa herejía y le agradecí al Espíritu Santo la vida recibida. No vine a durar, como decía Mejía Vallejo, cuando se nos iba la mano en ron en algún bar del viejo Guayaquil, en Medellín. Vine a vivir. Lo demás es acabar ropa.

Ya que no me lo pregunta, le recuerdo que “nací a temprana edad” en Andes, municipio del suroeste antioqueño. Aunque Ripley sí lo crea, mi mejor recuerdo fue haber nacido. Y mi peor recuerdo cuando supe que algún día iba a morir. A los 20 años soñaba ser aviador, hacer el amor. La vez que me preguntaron con quien me gustaría encontrarme en el cielo respondí: Con Gonzalo Arango. Por aquí nos hemos visto. Morir es atravesar el espejo para encontrarse con nosotros mismos, y perdón por esta metáfora de media petaca.

Parece de Cobo Borda. O del terrible Harold Alvarado que no le perdona a Jotamario los 100.000 petrodólares que le dieron en Venezuela por ser un as para hacer versos. También quise conocer a Dios. Aquí lo tengo, a mi diestra. Eso sí: daría todo por volver a vivir.

De los antioqueños, sus paisanos, dice una canción del río que “no son gente: son unos paisas…”

Desde que salí del terruño paisa he oído aquello de que antioqueño ni grande ni pequeño. Calumnias de la oposición. Me siento verdaderamente orgulloso de pertenecer a un pueblo como Antioquia que se desprecia y se admira a la vez, porque si es verdad que tienen un alma de fenicios comerciantes, la tienen también de griegos amantes de la belleza y el arte.

¿Fue un hombre feliz?

La felicidad me dejaba siempre solo. Con mi amigo-pupilo Elmo Valencia, el Monje Loco, pediría que la felicidad me la den en plata. Siempre que me sonaba la flauta con un nuevo amor sentía algo parecido a la felicidad. Al último amor - que siempre es el primero-, solía susurrarle en la nuca: “Te quiero tanto que cuando estoy contigo, te recuerdo”. O: “Estando los dos, estamos todos”. Son tan bellas las metáforas que parecen mías.

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Durante el homenaje en Otraparte, la casa de Fernando González, estuvieron presentes Los Yetis, grupo de rock, que compartió con los nadaístas. Incluso, Arango escribió canciones para ellos.

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¿Hizo buenas migas con el horóscopo o prefería leer el horóscopo del vecino para curarse en salud?

La línea de mi vida fue una línea curva, difícil y conduce a la gloria. Tal vez si hubiese leído el horóscopo el día que me recogió el silencio y me atropelló el carro, otro gallo estaría cantando en la literatura colombiana.

Fallé en el intento de que se inventara la inmortalidad antes de morirme… Cada quién es la pequeña porción de destino con que nace. Ese destino hay que llevarlo hasta la muerte como una gran cruz. Lo demás es soberbia.

Poco poético morir en un accidente de tránsito…

El hombre propone y Dios dispone. Apagué mi propia luz en Gachancipá un 25 de septiembre de 1976. Me acompañaba Angelita, quien me sobrevivió para perpetuar mi legado filosófico-literario.

¿Alguna vez convirtió el amor en epístola de San Pablo?

Casarse es el destino fatal o maravilloso de las mujeres. Con Marx (Groucho, no el barbuchas del Karl) siento que el matrimonio es la principal causa del divorcio. Sólo por las mujeres valió la pena vivir. Y escribir. Después de que se cayó del caballo camino de Damasco, dijo Pablo, de Tarso, uno de mis poetas preferidos con Breton y Rimbaud: “Sin amor, nada vale”.

A Dios se le salió el poeta que lo habita cuando dedujo a Eva de una costilla de Adán. En mi caso, cuando Dios no viene manda el muchachito: me dio dos grandes consejeras: Doña Magdalena Arias, mi mamá, y Angelita, para no alargarme a la hora de los créditos. Nunca me casé. Los santos no lo hacemos. Matrimonio: unión pegada con estampillas y dependencias de papel sellado.

¿Cuándo se le abrió del parche a Dios?

Nunca me retiré de Él. Dios desertó de mí. Es otra de las licencias que de pronto se toma para notificar que tiene la sartén del mundo por el mango. Pero “Dios me perdonó, es su oficio”, diría con H. Heine. Alguna vez me preguntaron por qué rezaba si era ateo y respondí con una frase piratiada a Borges: Porque se lo prometí a mamá.

Pongámonos serios. Siento que el hombre ha olvidado a Dios, que es el amor y el mundo. Rueda locamente al abismo. A mí me ha tocado vivir esa época de terror. Lo que diga como escritor es una respuesta a las imágenes brutales que ha mostrado el mundo.

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Esteban Ruiz, Ana María Bustamante y Gustavo Restrepo fueron los anfitriones del homenaje organizado por La Corporación Otraparte, Non Colectivo y la 'Revista Innombrable'

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A propósito de mamás. Uno lo veía a usted tan decidido a dinamitar el establecimiento que no se lo imagina escribiéndole tiernísimas cartas de amor a doña Magdalena a quien llama “adorada, amada y muy inolvidable”. Resuma, por favor, una de esas cartas.

No debería hacer resúmenes. ¿Para qué editó el libro la Oveja Negra? Cómprenlo antes de que me agote. Pero me agarró de buen genio y sintetizo:

A) Si descontamos los “tragos” del 24 de diciembre, hace cuatro meses que no tomo una gota de licor… Actualmente, no siento ninguna necesidad de apelar a esos estados artificiosos con que uno enajena su organismo y que muchas veces se buscan por una evasión del mundo real hacia mundos de fantasía… Tengo la certidumbre de que esta intensa actividad creadora que ahora vivo, se debe en parte a que mi organismo no está intoxicado por esos venenos. (Claro, no le hablo a mi mamá de la maracachafa y yerbas afines que consumía porque le podía dar un patatús. Las abuelas paisas utilizan la marihuana para combatir la artritis).

B) En lo que respecta ami vida sexual, te diré que estoy muy casto, sin que esto lo haga por una vocación de virtud, sino porque he llegado a la conclusión de que llevar una vida de prostitución es algo denigrante y que eso envilece mi vida moral, enajena mi vida anímica y crea una cierta perturbación en mis sentidos, muy deprimente, que me trae remordimientos, no de tipo religioso, sino porque eso es una traición a la naturaleza y un irrespeto a la dignidad humana.

C) Estudio y escribo casi hasta el amanecer. No me distraigo en nada que no tenga relación con mis actividades literarias… La soledad en que vivo me pone inexorablemente en el camino de la actividad artística, por lo que tengo que defender esta soledad de todos los peligros que la amenazan: la mundanidad y todas sus cretinas seducciones.

D) Todo lo mejor en el arte es lo que uno puede hacer con esfuerzo, con devoción y con amor por su oficio, y esta certidumbre es lo que me tiene escribiendo con gran vocación y con una seguridad muy aceptable… Tú debes comprender que para mí, escribir es vivir, que la literatura se confunde con mi vida.

¿Qué esperaba del nadaismo?

Con Baudelaire diría que en la declaración de los derechos del hombre ha debido consagrarse el derecho a la contradicción. Vivir es contradecirse.

“No se puede pensar lo mismo en todas las estaciones”, decía bellamente Antonioni. A mis pupilos les dije desde un principio, antes de dejarlos en la soledad de ellos en compañía: “En el nadaismo nadie es jefe, ni siquiera Gonzalo Arango. Cada uno de ustedes es el jefe del nadaismo y nadie lo es. No esperen nada de mi, no se hagan ilusiones, el nadaismo no los va a redimir. Pierdan la fe. El nadaísmo lo único que promete es la locura. El nadaismo es un honor que mata, no les propone soluciones, sino dudas; no les ofrece la felicidad, sino la desesperación.

¿Hasta dónde llegaremos? Eso no importa desde el punto de vista de la vida, porque no llegar es también el cumplimiento de un destino”.

¿Y ya p'irnos, un epifatio a manera de despedida?

“Creo haber cumplido la vibración para la cual fui destinado en una determinada instancia de mi vida, mi destino, personal mi generación.

Bien o mal, he cumplido”. No le quite más tiempo a mi eternidad.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ
Para EL TIEMPO

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