Tres víctimas del conflicto tuvieron un viaje inolvidable a Medellín
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Tres víctimas del conflicto tuvieron un viaje inolvidable a Medellín

Lo único que no vieron, de lo único que no se habló fue de violencia. Ese día solo hubo sonrisas.

Víctimas de la violencia

Dalia Valencia, Julia Torres y Ángela Riascos durante su viaje al parque Arví, en el metrocable de Medellín, el jueves 5 de octubre.

Foto:

Armando Neira / EL TIEMPO

15 de octubre 2017 , 01:38 a.m.

La mujer duda. “¡Dios Santo!, ¡Dios Santo!”, dice. Le da risa nerviosa. “No voy a poder”, agrega. “¡Claro que sí!”, la animan sus compañeras. Entonces da el primer paso y grita. Nunca antes, en sus 41 años de vida, María Dalia Valencia había subido a una escalera eléctrica. Su primera vez fue a las 11:34 de la mañana del jueves 5 de octubre, en un centro comercial de Medellín.

Sus dos compañeras de viaje, Ángela Mercedes Riascos y Julia Torres, ambas de 55 años, no paran de aplaudirla. Las tres vienen de Tumaco, Nariño, un santuario de la ilegalidad: tiene más hojas de coca sembradas que cualquier municipio del país (16.960 hectáreas) y el mayor número de cristalizaderos o laboratorios de cocaína. También unos niveles de pobreza en los que a los niños les parece normal defecar por entre un hueco cuyo fondo son las aguas del Pacífico, donde después ellos mismos juegan y chapotean.

Hasta hace muy poco tiempo, a ellas también les parecía natural la violencia. Las tres fueron víctimas de abuso sexual en distintas circunstancias y por diversos agresores, como gran parte de las mujeres de allí. ¿Quiénes son los responsables? Guerrilleros de izquierda, paramilitares de derecha, narcos, pandilleros sin ninguna ideología y hasta familiares y vecinos.

Este instante, sin embargo, no es para hablar de la agresión ni de sus autores, sino de ese invento tan habitual para millones y tan sorprendente para ellas: una escalera eléctrica. “Lista a saltar”, le advierten cuando llega a la planta superior. Y ella se lanza como si se jugara la vida. Se ríe. Las tres se abrazan. Sus ojos brillan. “¡Cómo les ha cambiado la mirada!”, dice el fotógrafo de EL TIEMPO Juan Manuel Vargas. Él recuerda que las conoció con los ojos apagados, luego las vio bañadas en lágrimas y ahora está con ellas vitrineando como un adolescente enamorado.

Hace poco más de un año, la periodista Jineth Bedoya Lima viajó a Tumaco para hablar con las mujeres que habían sobrevivido a los atropellos contra su propio cuerpo. ¿Por qué Tumaco? “Porque buscaba la esperanza”, responde. Ella es la directora de la campaña No es Hora de Callar, una iniciativa auspiciada por EL TIEMPO que busca que las víctimas del abuso sexual y en general de la violencia de género levanten la voz y denuncien. Ante las infamias ocurridas durante décadas en Colombia, “no era una opción guardar silencio”, explicaría en un artículo de ‘El País’, de Madrid.

El silencio de la vergüenza

Jineth Bedoya encontró en Tumaco un escenario donde, pese a lo ocurrido, nadie se quejaba. Había cientos de mártires resignadas. Fueron tan estrujadas que albergaban un extraño sentimiento de vergüenza y culpabilidad. Allí estaban Dalia, Ángela y Julia. Nacieron y crecieron en ese país estancando. La primera, por ejemplo, vive en la vereda San Luis Robles, distante “a muchas horas a pie, varias en canoa y otras más por entre matorrales y mucho barro”, como ella misma describe su travesía diaria para llevar a sus hijos a la escuela.

Las otras dos habitan en casas de madera levantadas en espacios que alguna vez fueron ricos manglares y que hoy se confunden con desechos que flotan en un mar gris y maloliente. Jineth Bedoya le contó a una de las mujeres la importancia de hablar de lo ocurrido, de vencer el miedo. Luego a otra y a una más. Como ellas guardaron silencio, les prometió que volvería en una semana. En Bogotá le narró a Vargas lo que vio. Él le dijo que la acompañaría al puerto. Como lo hicieron María Ximena Rodríguez, Catalina Barragán, Wilson Vega y Andrea Pinto, entre otros. Todos eran compañeros de trabajo en EL TIEMPO o de otras instituciones a quienes les parece que quejarse de los problemas del país es inútil. Creen que es mejor aportar soluciones. De manera voluntaria, dedicaron buena parte de sus fines de semana a viajar a Tumaco.

Con el mismo ideal se sumaron decenas de personas y de instituciones. Así se gestó el Proyecto Tumaco, iniciativa que, con el apoyo de la Embajada de Estados Unidos, se propuso capacitar y ayudar a sanar a las mujeres. Aunque hay muchas más, se escogieron 120: las que sufrieron los horrores más brutales. El método para ayudarlas fue tan sencillo como eficaz. Una charla un día, un juego con ellas en otro, una quema simbólica de dolor en uno más, tomar fotos, hacer canciones, verse en videos en sus labores cotidianas, bailar, escuchar música y, al final, reír. El acto más humano que nos diferencia de los animales, reír. Gesto que ellas habían perdido.

Todo el proceso de recuperación quedó registrado en fotos que hizo Vargas y en imágenes del videógrafo Hernando Banquez. “Desde el principio, quería que en los retratos ellas se sintieran de nuevo mujeres hermosas; que a pesar de lo malo que habían tenido que afrontar, volvieran a mostrar la belleza de su rostro y de su alma”, dice Vargas.

El trabajo fue resumido en el documental ‘Rostros del Pacífico Sur’, que será estrenado en la página web de EL TIEMPO, en EL TIEMPO Televisión y en el Canal Citytv en noviembre próximo. Allí se ve la transformación foto a foto de Dalia, Ángela y Julia. La calidad estética y el testimonio de las imágenes llamaron la atención de María del Rosario Escobar, directora del Museo de Antioquia, en Medellín, que ofreció sus salas para una exposición que en la actualidad está abierta al público.

Lluvia de emociones

El documental se estrenó ese jueves 5 de octubre con la presencia de sus tres protagonistas. “No es Hora de Callar es una de las campañas en las que participa EL TIEMPO porque forma parte de la esencia del periódico: un rechazo absoluto a cualquier forma de violencia o de discriminación contra la mujer”, les dijo esa noche su director Roberto Pombo. Ellas, conmovidas, agradecieron con sencillez, con la prudencia de la gente buena.

Y también por el impacto de una emoción adicional a unas horas inolvidables. Vargas había ido a recogerlas a Tumaco, el día anterior. Allí, por primera vez, se subieron a un avión. “Nunca me imaginé poder ver a las nubes caminar debajo de una”, recordaría Julia sobre lo que observó a través de la ventanilla.

El destino fue la capital de Antioquia. ¿Por qué Medellín? “Porque al conocer esta historia, muchas personas de esta ciudad –del sector público y privado– dijeron que querían servir de anfitriones para mostrarles a ellas que este país tiene infinidad de cosas por las que vale la pena sentirse orgullosos, construidas con el esfuerzo colectivo”, anota Jineth.

Se las llevó para allá. No para que volvieran a contar el drama de lo que les pasó, sino para que disfrutaran de la otra Colombia. Y se gozaron esa carretera que serpentea entre montañas con espléndidas casas que va del aeropuerto Internacional José María Córdova, en Rionegro, a la ciudad atrapada en primavera. Y se hospedaron en un hotel en donde una tarjeta prende la televisión y las luces y los baños son iluminados y huelen a perfume.

Pasearon por centros comerciales, probaron postres, comieron en restaurantes, caminaron, charlaron y, sobre todo, rieron. Luego fueron a Formas Íntimas, la empresa más grande de ropa interior femenina. Y aunque las vendedoras les mostraron piezas de color aguamarina, verde jade, frambuesa, palo de rosa, azul rey, coral, ciruela, ellas optaron por discretos tonos claros. Volvieron a sentirse coquetas, juguetonas. Y luego fueron a la sala de belleza Perfil Francés. Allí, entre una docena de empleadas impecablemente vestidas y accesorios blancos, fueron atendidas como princesas. Sintieron ese placer femenino de ir al salón de belleza.

Y, claro, montaron en metro y en metrocable, que las llevó al parque Arví. Desde el vagón que atravesaba durante 15 minutos los bosques naturales para llegar a esta reserva natural se apreciaba un paisaje bucólico, pero ellas decían que no, que hacía sol. En el parque caminaron, se tomaron fotos y comieron dulces. Y hablaron. De cómo preparar un buen ceviche, de los secretos de la comida de mar, de lo que sueñan para sus hijos.

Y hasta vieron a la Selección Colombia en el lobby del hotel. Esa noche, el equipo perdió 2-1 con Paraguay. Y mientras en el salón se escuchan voces escépticas de hinchas que maldecían y otras que gritaban: “Nos eliminaron, nos eliminaron, nos sacaron del Mundial”, ellas, en cambio, con la experiencia de quien sabe realmente lo que es un golpe en el rostro, exclamaron: “Tranquilos, tranquilos, que esos muchachos se levantarán en Perú”.

Lo único que no vieron, de lo único que no se habló fue de violencia. Ese día, precisamente, fue la masacre a bala de siete pobladores de Tumaco, en la que además hubo medio centenar de heridos. No se les contó hasta no constatar que no hubiera un familiar o un amigo cercano de ellas entre las víctimas.

De regreso en el avión, volvieron a ver bajo sus ojos a “las nubes caminar”. Iban con recuerdos, regalos y fotos. Para mostrar en sus hogares que aquí también hay otro país.

ARMANDO NEIRA
Enviado especial de EL TIEMPO
Medellín
En Twitter: @armandoneira

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