Premian a los jóvenes voluntarios del país

Premian a los jóvenes voluntarios del país

En Medellín se firmó el Pacto Iberoamericano de la Juventud.

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El Pacto Iberoamericano por las Juventudes será llevado a la XXV Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno.

Foto:

Archivo particular

13 de septiembre 2016 , 08:11 a.m.

En la XVIII Conferencia de Ministros y Responsables de la Juventud, realizada en Medellín, fue firmado el Pacto Iberoamericano de la Juventud, que reúne políticas orientadas a brindar más y mejores oportunidades a los cerca de 160 millones de jóvenes de Iberoamérica.

La construcción del documento duró ocho meses y congregó a más de 15.000 jóvenes. Este será presentado en octubre ante la XXV Cumbre de Presidentes y Jefes de Estado para su aprobación y ratificación.

“Para eso recorrimos más de 200.000 kilómetros y realizamos cientos de foros con indígenas, población Lgtbi y organizaciones sociales. En cada lugar discutimos acerca de las problemáticas que nos unen y entre todos planteamos posibles soluciones”, contó Max Trejo, secretario General del Organismo Internacional de Juventud (OIJ).

Por ahora, en el pacto quedó consignada una alianza entre los gobiernos, el sector privado, la academia, la sociedad civil y la cooperación internacional, con el fin de orientar el desarrollo de políticas, programas y proyectos para las personas jóvenes en la región.

Para Juan Carlos Reyes, director del Sistema Nacional de Juventud de la Presidencia, el objetivo fue la construcción de  proyectos y propuestas concretas, que permitan la participación activa de los jóvenes.

Esto, señaló el líder, debido a que esta población ha encontrado otros espacios diferentes para la participación política, pues no confían en los espacios tradicionales de la democracia.

El encuentro premió a jóvenes de todas las ciudades del país por su calidad humana y sus acciones de voluntariado social alrededor del país y fuera de él.

Una de ellas fue Diana Paola Montoya, una joven de 24 años, de origen cundinamarqués, que desde los 14 años de edad comenzó a ayudar a las personas más pobres. Junto a su padre, un pastor evangélico, abrió un restaurante comunitario en el municipio de Sasaima, Cundinamarca, para las familias más pobres.

Después de eso no pudo parar. Inició una serie de campañas medioambientales en su colegio y un grupo de huertas hidropónicas. A los dos años, cuando estudiaba arquitectura en la Universidad Piloto, con la ayuda de un profesor creó una oficina de trabajo social.

“Asesorábamos familias de bajos recursos con licencias de construcción, cuando querían legalizar. Yo iba hasta sus casas y los ayudaba en el procedimiento legal. Ahí vi que la desigualdad era muy grande así que quise seguir haciendo voluntariado como un deber cívico”, contó.

Decisión de vida

De las asesorías pasó a un proyecto llamado Ciudad Patrimonio y Niños, donde junto a un grupo de jóvenes hacían recorridos por Bogotá, con el objetivo de darle otra mirada y reconstruir su historia. Conoció Usme y Simón Bolívar, barrios que son estigmatizados como conflictivos y peligrosos.

Su proyecto de grado de grado fue polémica, pues su tesis consistía en una metodología para enseñar arquitectura, que planteaba que cualquier persona puede construir, crear, diseñar, desde los recursos que tenga disponibles.

En ese momento estaba decidida a romper las barreras sociales y familiares y, como fuera, seguir contribuyendo al bienestar de las personas más pobres.

“Tuve dos grandes retos. Primero, liberarme de los lazos familiares, de la religión, de la cultura en donde nací y escoger mi propio camino. Segundo, que los adultos me reconozcan como una autora de cambio, más siendo mujer y en esta sociedad tan machista”, dijo la arquitecta.

A pesar de esto, hay muchos momentos de felicidad y satisfacción. Como cuando después de una jornada de construcción de casas prefabricadas –desde la fundación Catalina Muñoz- recibe abrazos y agradecimientos de las comunidades de desplazados por el conflicto armado, los indígenas o los afrodescendientes.

“Con la fundación pude viajar por todo el país y eso abrió mi set para ser voluntaria para más cosas. Así que entré a Litro de Luz, en donde trabajamos con personas que no tienen servicios públicos. Utilizamos botellas plásticas con agua y cloro e instalamos los litros en los techos, o con paneles solares hacemos sistemas de iluminación”, explicó la voluntaria.

A la par conoció la Fundación Somos Capaces, donde trabaja con niños pobres en resolución de conflictos. Con todo esto, señala Montoya, no le está haciendo un favor a la gente, sino que siente que de esta manera activa su ciudadanía.

“Yo siento empatía por la gente, soy de muchos amigos, pero lo primordial es que me gusta enseñar, llevarles a las comunidades proyectos en donde ellos mismos puedan construir, solucionar sus problemas y mejorar su calidad de vida”, agregó Montoya.

PAOLA MORALES ESCOBAR
Corresponsal EL TIEMPO
MEDELLÍN
Twitter: @paom
Mail: inemor@eltiempo.com

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