¿El piano o la vida religiosa?, el dilema de una gran artista

¿El piano o la vida religiosa?, el dilema de una gran artista

La antioqueña Consuelo Mejía habla sobre su inevitable romance con la interpretación pianística.

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Consuelo Mejía, al lado de Teresita Gómez, amiga íntima y colega. Ella sería el escalón antes de estudiar con Harold Martina en el Conservatorio de Música de la U. de A.

Foto:

Archivo particular

31 de enero 2017 , 12:24 p.m.

Ella tenía una duda que la perseguía: su familia y amigos le decían que había nacido para dedicarse a Dios, pero Consuelo Mejía no estaba convencida de que permanecer en la Iglesia y renunciar al piano fuera la única forma de servir.

Así que una tarde le rogó a San José, esposo de la Virgen María y custodio de la Sagrada Familia, una revelación que, contrario a lo esperado, llegaría como un infortunio.

A sus 8 años no había ninguna duda: el piano era para ella y ella para él. Su pasión nació en el colegio La Presentación cuando las monjitas eran sus profesoras. Las clases con la hermana Rosita Sánchez fueron muy especiales y la marcaron para siempre. Le enseñaba las lecciones del día y, luego, la mandaba a practicar toda la tarde. Esto jamás la fastidió, pues su talento y fervor eran evidentes.

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pianista antioquena consuelo mejia

Foto:

Luego de recibir clases en el convento de Las Hermanas Salesianas, en La Ceja, estudió dos años con el maestro José Santa María Flórez en el Instituto de Bellas Artes de Medellín. A pesar de su amor por el piano, cuando terminó el bachillerato, regresó al noviciado para dedicarse a la vida religiosa.

Y fue allí cuando le escribió la carta a San José, pues tenía el corazón partido en dos: ¿el piano, o la vida religiosa? ¡Vaya sorpresa! No fue San José quien traería la respuesta a aquella oración, sino José Santa María, su profesor de piano. Debía abandonar de inmediato el convento y retornar a casa para cuidar a sus 11 hermanos y a su madre, que padecía de cáncer.

La madre de Consuelo le hizo una petición antes de morir: “Hija, no se olvide de usted. Nunca abandone el piano”. Y fue así que, en medio del dolor, su vida cambiaría para siempre: ocho días después del fallecimiento de su madre, Santa María la volvería a llamar, esta vez para ofrecerle una beca en Bellas Artes. Él fue el ángel que su padre le dejó, antes de morir al poco tiempo, también de un infarto.

Días y noches de piano

La sala de estar es su santuario. En ella tiene una clavinova o piano electrónico con teclas suaves, para los alumnos pequeños y uno vertical de madera, marrón rojizo, para los avanzados.

El gato Kipling, bautizado con el apellido del creador de Mowgli y de su mundo en la jungla, saluda y se acomoda al lado de Consuelo en el sofá.

En su sala están, además de los pianos, decenas de libros de partituras, un diploma de concertista, fotos de recitales, retratos y bustos de los compositores más importantes de la música clásica, cuadros de Frida Kahlo y fotografías de sus dos nietas.

Para la maestra, los cuadros de Kahlo, que representan el dolor de la pintora, quien padeció polio a por un accidente, simbolizan los dolores y los obstáculos de su vida. Y en la historia de Consuelo, estos pesares solo tienen un remedio y una sanación: la música, que va ligada a la vida interna y espiritual. Porque aunque ella dejó el convento, jamás abandonó su fe.

Bach, el eje de su vida

En una época en que los jóvenes idolatraban a Los Beatles, Consuelo desayunaba, almorzaba y cenaba la música de Johann Sebastian Bach. “Todos hablaban del cuarteto de Liverpool y yo solo quería tocar Bach”, recuerda con una sonrisa.

Becada en Bellas Artes, tomó clases con la maestra florentina Anna Fiora Grassellini, recién llegada de Italia. Ella era la esposa de José Santa María. En ese entonces, más o menos en 1960, solo se podía estudiar música en Bellas Artes y los profesores eran extranjeros.

El gozo de estudiar piano implicó practicar desde las cuatro de la tarde hasta las siete de la noche y cuidar a su familia el resto del día, además de asistir a clases de instrumento. Consuelo, encargada de 11 hermanos, tuvo que levantarse a las 4:30 a.m. para despachar cuatro hombres y siete mujeres al colegio.

De las clases en La Presentación, y después en la María Auxiliadora, recibió la influencia de la escuela pianística del siglo XIX y la pedagogía de los maestros italianos.

En 1975, casada y a un año de graduarse, se trasladó a Bogotá, donde vivió 10 años con su esposo Alberto Arias, historiador y economista. Allí siguió estudiando hasta graduarse en 1976.

Tocó con la Sinfónica de Colombia y se presentó en el auditorio León de Greiff, en el Consejo Británico y en el Colombo Soviético. Fue la pianista de la Filarmónica durante un año. Después se dedicó a la docencia.

Regresó a Medellín en 1984. “Enseñar me permitió estar en casa y pasar tiempo con mis hijos, Margarita y Santiago, después de la muerte de mi esposo.Alberto. Todo fue providencial”, rememora. Cuando los hijos iniciaron sus estudios en 1996, regresó a la Universidad de Antioquia, como docente, a hacer lo que la enamora.

Es cierto que fue la pianista de la Filarmónica en la capital, y que es conocida en el medio de la música en Antioquia. Sin embargo, es difícil encontrar el nombre Consuelo Mejía en una página de internet puesto que ha manejado un bajo perfil y se ha entregado del todo a la enseñanza.

A pesar de esto, es considerada una eminencia en la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia. Se jubila este año, después de dos décadas como docente en el área de piano, aunque continuaría en la Alma Mater de tiempo completo, si dependiera de ella.

Actualmente lidera los ‘Conciertos del Medio Día’, junto a la pianista Ana María Orduz, los últimos viernes de cada mes.

Estos encuentros de alumnos, familiares y profesores se realizan en la Universidad Pontificia Bolivariana, a veces en la Cámara de Comercio y de vez en cuando en el salón Harold Martina o en la Casa de la Música.

“Voy a dar clases hasta el día que muera”, dice con alegría, y cuenta que nunca tuvo ilusiones de ser reconocida como concertista. El sueño de esta maestra fue marcar la vida de sus alumnos y acompañarlos en el disfrute de la música.

Un testimonio a ocho manos de su trayectoria brillante y silenciosa

Consuelo Mejía nació el 10 de febrero de 1942 y, a sus 7 años, su pasión por la música hace de ella una joven enamorada de la vida.

Teresita Gómez, amiga íntima y colega de Consuelo, se niega a describir el valor de la maestra a través de una conversación telefónica, exigiendo unas horas, un café y una libreta para expresar la importancia de una mujer que es como una hermana para ella.

“¿Cómo podría yo en unos minutos expresar lo que es Consuelo para mí?”, dice la reconocida concertista.En noviembre del 2015 celebró 50 años de amistad con Teresita Gómez, quien la invitó a tocar en el teatro universitario Camilo Torres Restrepo.

Compartieron escenario en un momento hermoso, en el cual Teresita pidió que ella tocara el primer piano, la parte principal del concierto de Bach para cuatro manos, en Do menor.

El teatro estaba en silencio, lleno de amantes de la música; el escenario repleto con músicos de la Filarmónica, y con espacio suficiente para dos amplios pianos de cola.

Primero salió Consuelo y tocó un concierto de Bach: regia, con una blusa de flores y un pantalón negro que dejaba ver una pierna.

Después fue el turno de su amiga Teresa, su confidente, quien la invitó a celebrar una especie de fiesta de jubilación.

“La música puede ser un vehículo para ayudarnos a devenir mejores seres humanos y a comprender este mundo tan duro y cambiante… A veces no nos damos cuenta, pero esto se acaba muy rápido”, dice la maestra.
Juan Pablo Dussán, estudiante de música de la Universidad Eafit y alumno de la maestra, considera que su aporte a la pedagogía es invaluable.

“Me enseñó a disfrutar la música clásica, a interpretarla con todos los detalles imaginables”, dice.
Melody Naranjo le agradece a Consuelo por ayudarla a cumplir los requisitos para pasar al programa de piano en la U. de A.

Nicolás Sanín, ortopedista de la clínica de El Poblado y alumno de Consuelo desde los 12 años, recuerda con nostalgia las lecciones en casa de su profesora y afirma haber estado enamorado, alguna vez, de ese bello ser que lo fascinó con el piano para siempre y cuyo hermoso rostro nunca olvidará.

Consuelo insiste que el buen maestro debe lograr una conexión espiritual con cada estudiante, en la cual el piano es instrumento de evangelización.

“Yo me perfumo y me arreglo para cada clase. Cada alumno es sumamente importante para mí”, explica.
Su caminar pausado, su forma de expresarse, íntima y mágica, su vitalidad en todo lo que emprende, su manera de meditar antes de responder con una frase sabia, además del vigor y energía con que conversa, hacen que permanezca en la mente de quienes la conocen, así como una pieza musical alegre se queda en el corazón.

Juan Esteban Rodríguez
Para EL TIEMPO

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