La vida del artista Óscar Rojas, tras soltar el cincel y el pincel

La vida del artista Óscar Rojas, tras soltar el cincel y el pincel

La trayectoria del maestro antioqueño se cuenta con relieves.

Óscar Rojas

En 1998, Rojas fue condecorado con la Orden al Mérito Cívico y Empresarial Mariscal Jorge Robledo.

Foto:

Guillermo Ossa / EL TIEMPO

26 de junio 2018 , 07:05 a.m.

El apretón de manos del maestro es ligero. En vez de arrugarlas, el paso del tiempo las alisó. Son suaves y frías. Se sienta sobre un banco rodeado de sus obras. Pedro Nel Gómez, León de Greiff, Carlos Gardel, su propio retrato. Tiene 88 años y ya batió el record de longevidad de su familia.

No decidió ser artista. Tampoco decidió condenar a su familia al hambre, como se pensaba, y se sigue pensando, de los hacedores de arte. “El artista no se hace, el artista nace. Aprende oficios para expresar su sensibilidad dándole forma en colores, en líneas, en acuarelas. Yo expresaba en el barro porque era lo que tenía a la mano”, dice.

No hubo remedio. A los ocho años ya se sentaba en las aceras a venderles a los turistas del Hotel Continental falsificaciones precolombinas. Les decía que las habían desenterrado, pero eran hechas por sus tíos. Así se sustentaba la casa. Y así conoció su oficio, la greda.

Las mismas manos suaves permanecieron sucias durante toda una vida. Sus primeras creaciones nacieron entre la hechura de imitaciones. La materia prima la proporcionaba un barranco. Más adelante fue acercándose a la piedra, la madera, la terracota, el mármol, el hierro y el bronce.

Sus pasos son lentos, meditados. Camina entre caras y animales inmóviles. “Las esculturas hablan si usted sabe dialogar con ellas”, comenta con un tono de voz igual de pausado. Conoce la historia detrás de cada roca.

Óscar Rojas

La casa del artista está llena de pinturas y esculturas. Rojas las recorre contando sus mejores historias.

Foto:

Guillermo Ossa / EL TIEMPO

Jorge Eliécer Gaitán y su legado modelaron el bronce del busto que hasta hoy se sostiene en la avenida que lleva su nombre, también conocida como la Oriental. La figura esculpida de Porfirio Barba Jacob recibe a los dolientes en el Cementerio Universal. En la ciudad quedan vestigios de sus mejores días.

Fue en la cantina ‘Donde Nando’, en la loma de Pativilca, donde Rojas conoció a quien sería su maestro, José Horacio Betancur. Y entre copas se fue esculpiendo una amistad entrañable.

La escultura fue un amor en común y por él trabajaron. Con la creación de la Casa de la Cultura nació el Equipo de escultores, con Betancur a la cabeza. ‘La Madremonte’ y ‘La Bachué’ son las obras más reconocidas de esa época y con ellas llegaron años de éxitos y polémicas.

El artista recuerda con gratitud a su maestro. También el día en el que metido en una caneca profunda de barro, el relato de su muerte lo congeló. “Fue un 11 de noviembre. Se mató jugando con el revolver porque era cazador”, señala.

Fue esa noticia, quizás, la que lo hundió en el licor. Un juego peligroso que solo supo ganar una vez que aceptó su dependencia.

El artista no se hace, el artista nace. Aprende oficios para expresar su sensibilidad dándole forma en colores, en líneas, en acuarelas.

En ese proceso de dejar el alcohol incidió el haber vivido en Europa por un par de años en los sesenta. Rojas estudió arte en España y expuso su trabajo en Italia con éxito. De aquella época recuerda los bolsillos de la chaqueta manchados de grasa. Entraba comida a los museos para no salir y no pagar doble entrada. No era una opción. No tenía con qué pagarlas.

El arte, un camino rocoso

Para el artista antioqueño, el tiempo no tiene valor en la creación de una obra. El movimiento de la herramienta lo dicta la pertinencia del momento o la corazonada.
También la necesidad. Ni en la juventud ni en la adultez pudo vivir solo del arte. Aunque el arte lo ha mantenido vivo. Así, sus años transcurrieron entre trabajos varios. Pintó paredes y puertas. Vendió lo que tuvo para subsistir o para viajar, que al final para él es lo mismo.

Y es que fueron muchas las obras que hizo por pedido y por las cuales le pagaron bien. Pero también cinceló su trayectoria con figuras que servían para conversar consigo mismo y así acallar su propio silencio.

“Prima la mezquindad en los seres que viven llenos de temores y buscan su seguridad únicamente en los bienes materiales; por adquirir estos, dan hasta lo que no les pertenece, la vida misma”, se lee en su último libro.

Hoy ya está alejado del trajín de crear y vive con su familia en el barrio La América. Tiene más tiempo, lo que es un lujo y una desgracia a la vez.

Ya no lee ni dibuja, la vista no se lo permite. Pero escribe y ha publicado tres libros en los que expone sus pensamientos sobre el arte, el ser humano y la vida.

No le teme a la muerte, mucho menos a la nostalgia que, hasta ahora, lo deja vivir tranquilo. “Hay árboles que se ven bonitos, pero llega un ventarrón y los tumba porque las raíces ya estaban podridas” comenta seguro de que puede pasarle en cualquier minuto.

‘El voceador de prensa’, ‘Prometeo’, ‘Obdulio y Julián’ son algunas de las 63 obras que el artista conserva en su casa, a la que solo le hace falta el letrero de museo. Las esculturas están a la venta y el maestro desea, en lo posible, que algunas puedan mantenerse juntas. Sin embargo, la idea es venderlas todas, a como dé lugar. Al fin de cuentas vivir del arte no es fácil. Nunca lo fue.


Valentina Vogt 
Para EL TIEMPO
valalb@eltiempo.com
@ValentinaVogt

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