Yoga para el alma y chocolate para el cuerpo

Yoga para el alma y chocolate para el cuerpo

‘Tomémonos un chocolate’ busca visibilizar la comunidad excluida de la ciudad. 

Habitantes de la calle en Medellín se entretienen

Entre 15 y 30 habitantes se acercan para participar de las actividades propuestas. El yoga es la que más acogida ha tenido.

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Javier Nieto Álvarez / EL TIEMPO

28 de agosto 2017 , 11:41 a.m.

–¿Y aquí qué están dando? –preguntó un hombre con costal al hombro.
–Chocolatico y pan. Vaya a las escaleras que allá le dan –le respondió Javier Ruiz, el director de la Fundación Visibles.

Es jueves. Son las 8:20 de la noche y estamos en los bajos de la estación Cisneros del metro. Allí, sin mucho alarde, llega un grupo de jóvenes voluntarios cargando una o dos bolsas repletas de panes baratos, de esos que valen 500 pesos, y tres garrafas lecheras con un chocolate tibio, listo para ser servido en vasos desechables, botellas plásticas o cualquier otro tarro o coca que les sirva para que guarden lo que en la madrugada o en la mañana les hará falta para saciar la sed luego de una traba brava.

Muchos llegan sin saber qué pasa, pero identifican a varios como ellos. Así fue como abordé a Toño, un desplazado de Maceo, municipio de la subregión del Magdalena Medio antioqueño, quien vacilante al ver la grabadora, guardó un espacio muy prudente para hablar.

Él, con 44 años y las cicatrices de tres tiros en la espalda, recuerda los días de trabajo en la finca de su papá, al que mataron hace seis años, tiempo que lleva recorriendo las calles y lavando carros.

–Vamos para las colchonetas a hacer yoga. –Se acerca Ruiz, invitando a Toño a participar de la actividad.

–Pero es que me duele mucho la espalda. En tiempo de luna me jode esa vuelta –responde con marcado acento campesino.

El auge de los famosos aguapaneleros tuvo su lugar hace tres o cuatro años en Bogotá y Medellín, iniciativa que se ha transformado y conservado hasta el sol (o la noche) de hoy. Y el cambio adaptado por algunas fundaciones, lideradas en su mayoría por jóvenes, se debe a que no solo se necesita saciar el hambre, sino también llenar un corazón.

Lina Castañeda, voluntaria de Visibles, aclara que la Fundación parte de la premisa de que los habitantes tienen algo para contarnos y que como tal, el encuentro con ellos se presta para más que un chocolate.

–Sin palabras. Estaba en un mundo, de un momento a otro salí a caminar, desahogar la mente y vea… ¡Qué coincidencia! Mi hija se llama Camila. Ella vive en Zamora con la mamá –Se le aguan los ojos al ver mi nombre en la escarapela.

De esta forma se me presenta Fabián Andrés. Con chocolate en mano, oliendo a sacol y quien de manera muy educada, me señala las escaleras de la estación para sentarnos a conversar. Su mirada está perdida y prefiere sostenerse la cabeza, apretar la gorra y secarse el sudor.

–Esto es una señal divina. Fijo está pensando en mí. Vea que no es mentira –me dice mientras se destapa su camiseta y me muestra el nombre de Camila tatuado en el pecho izquierdo, al lado de su corazón.

El silencio inunda la entrevista, pues Andrés Fabián entra en trance, recuerda a la mamá de su hija, la que dejó luego de que lo metieran a la cárcel y de quien tuvo que alejarse por su consumo excesivo de drogas, el mismo que lo incitó a adentrarse en las calles y le impidió volver a su hogar.

‘Tomémonos un chocolate’ lleva cinco años caminando las calles de la ciudad, desde la estación Cisneros hasta los sectores de Niquitao, Veracruz y la Minorista, zona céntrica de la ciudad. Con la actividad se benefician entre 200 y 250 habitantes de y en situación de calle.

La Fundación, al ver la necesidad de este grupo de personas invisibilizadas por la sociedad, ideó un programa innovador en el que la escucha es el eje fundamental de todos los jueves.

La noche comienza a las 8 p. m. con una actividad diferente cada ocho días: pintura, yoga, cine, música, abrazos, fotos, apretones de mano y las miradas cargadas de incredulidad, sorpresa y admiración de los transeúntes que, en ocasiones, se toman un momento para descifrar qué es lo que está pasando.

Entre 15 y 30 habitantes se acercan para participar de las actividades propuestas. El yoga es la que más acogida ha tenido.

Menos ocupados que aquellos voluntarios que servían el chocolate y entregaban el pan, están Sergio Medina, Tomás Arango y Alejandro Arrubla, integrantes del grupo de voluntarios. Estos amigos, algunos desde la época del colegio y otros de la Universidad Eafit, no sobrepasan los 21 años.

Arango, quien fue el primero en hacer parte del voluntariado, afirma que “cada persona tiene una misión diferente”. La de él, como estudiante, es brindar el tiempo y trabajar con esta parte de la sociedad que ha sido olvidada, juzgada y rechazada.



María Camila Salazar Ruiz
Para EL TIEMPO
camsal@eltiempo.com
MEDELLÍN 

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