Los extranjeros que combaten la pobreza con ayuda y amor

Los extranjeros que combaten la pobreza con ayuda y amor

Desde hace una década, un estadounidense lidera apoyo en uno de los barrios más pobres de Bello.

Extranjeros en MedellínCasi 200 extranjeros participan en la fundación Ángeles de Medellín cada año
Extranjeros voluntarios en barrio Regalo de Dios
21 de marzo 2017 , 03:41 p.m.

Por las calles empinadas y estrechas de Santo Domingo Savio, en la comuna 1 de Medellín, una imagen se ha vuelto habitual para los habitantes: todos los días, extranjeros visitan el lugar, parada del metrocable y albergue de la hoy fuera de servicio biblioteca España.

Entre los foráneos hay un grupo particular. El más conocido. El que llega sin falta de lunes a jueves, a las 10 a. m. y hace una pausa en una de las cafeterías para tomarse un café barato.

Aunque los integrantes cambian constantemente, siempre están guiados por un estadounidense que tiene en su corazón a Medellín, si bien hay trozos de él en Estados Unidos, con su familia.

Extranjeros voluntarios en barrio Regalo de Dios

En la fundación también hay tiempo para la diversión, la música y el baile.

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Jaiver Nieto/EL TIEMPO

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Las clases de inglés se dictan tres veces a la semana. Hay una sede habilitada con todos los materiales necesarios para aprender.

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Muchos habitantes buscan la fundación para recibir elementos de necesidades básicas.

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Todos los miércoles, decenas de habitantes acuden al comedor comunitario, donde comen los alimentos preparados por los extranjeros y algunas mujeres de la zona, casi todas madres cabeza de hogar.

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Hasta el momento, han participado como voluntarios ciudadanos de 83 países del mundo.

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Mark Kaseeman expresa que en su vida decidió que es mejor dar que recibir.

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Ana Weördehoff, una alemana de 23 años, considera que haber participado en la fundación es la mejor experiencia que ha vivido.

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Extranjeros voluntarios en barrio Regalo de Dios

Los extranjeros que participan como voluntarios marcan su cuidad en mapas dispuestos por Mark en las sedes.

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Mientras camina, saluda con un español que no ha logrado perfeccionar, pese a que lleva 12 años en Colombia. Pero todos parecen entenderle. Sus pantalones cortos dejan ver dos rodillas vendadas. Algunos le dicen don Marcos, otros, míster.

Su nombre es Mark Kaseeman y es el creador de la Fundación Ángeles de Medellín, con la que ha logrado que personas de 83 países lleguen a la capital antioqueña con la intención de ayudar a una de las comunidades más necesitadas. Cada año, unos 200 extranjeros participan.

Es miércoles. Antes de empezar la jornada, Mark compra algo de carne y pan. Luego pagará por papas, cebolla, tomates y té. La travesía empieza en un bus que, al avanzar, se va perdiendo entre una vía destapada y levanta polvo a su paso. El gringo saluda sin parar y se lleva su mano a la boca, en un gesto con el que invita al almuerzo que más tarde será servido.

En algún lugar del recorrido ya no se está en Medellín sino en Bello, un municipio vecino. El lugar de destino se llama Regalo de Dios. El panorama es desolador. La polvareda ensucia las pequeñas casas apiladas a los lados, unas construidas con mejor material. Las carencias de los habitantes saltan a la vista.

A esa hora, casi las 11:30 a. m., no hay mucha gente por allí. Pero poco a poco va llegando. Unas ocho o nueve mujeres del sector, niños y jóvenes. Los extranjeros, que suman casi siete, y una colombiana limpian y organizan mesas y sillas de colores. El lugar cobra una vida diferente. Es el día especial, todos están invitados al almuerzo.

La fundación es la vida de Mark

La fundación Ángeles de Medellín empezó hace 11 años, cuando Mark, pensionado del Ejército de Estados Unidos, decidió trasladar a Colombia el voluntariado al que se ha dedicado toda la vida. Desde entonces, ha logrado habilitar cuatro sedes en locales alquilados en el barrio Regalo de Dios. Allí se distribuyen las actividades que los extranjeros hacen: clases de inglés, de costura y sistemas, comedor comunitario, juegos para los niños.

Para ingresar a la fundación, cada extranjero hace una donación única de 80.000 pesos. El dinero se invierte en todas las ayudas posibles. Mark ha entregado alimentos, sillas de ruedas, muletas, útiles escolares, ropa, zapatos y objetos que no están al alcance económico de los residentes del barrio. Por eso, es la primera persona en la que piensan cuando tienen una urgencia.

Todos los miércoles es el día del comedor comunitario. Mientras las ocho o nueve mujeres del barrio cocinan la sopa que luego se servirá a más de 50 personas, los extranjeros preparan pan con salchichón y después se sientan en unas pequeñas mesas plásticas para dibujar, colorear o leer con los niños. Algunos juegan: saltan la cuerda o patean un balón.

De lunes a jueves, la vida en el barrio se transforma. Las clases de inglés se dictan tres días a la semana. Hay varios jóvenes que manejan el idioma casi a la perfección. Leidy Mena, de 28 años, y José Luis Gil, de 20, son dos de ellos. La mujer conversa tranquilamente con los extranjeros en su idioma, ya es más sencillo entenderse en inglés que en español. Ella encontró una oportunidad única en su vida hace cinco años, cuando empezó a ir a la fundación.

“Siempre se cambia de profesores porque vienen de muchos países, pero uno se adapta, todos son nativos, es más fácil aprender”, expresó.

Al igual que Leidy, José Luis llegó al barrio en busca de una vida mejor. Ella nació en Chocó, pero vivió gran parte de su vida en Medellín, él es desplazado de la violencia que azotó al Urabá antioqueño. Según varios residentes, Regalo de Dios está compuesto casi en un 80 por ciento por víctimas de desplazamiento debido al conflicto armado en Antioquia y en otras zonas del país.

Todos en el mundo necesitan una oportunidad, siempre

“Actualmente, estoy estudiando Turismo. Es muy bueno por su relación con el inglés y tengo un paso más adelante que mis compañeros que no saben el idioma”, añadió el joven, quien también se lamentó de las carencias del sector.

El barrio es un asentamiento fundado hace casi 14 años. Mark ha sido testigo de cómo el paso del tiempo llevó a un incremento de la población. Recién llegó, había unas 2.000 personas, hoy hay casi 14.000. El sector sufre pobreza, falta de agua potable y de un centro de salud, así como la ausencia de una carretera decente.
Por eso, para contribuir en la economía de las personas, la fundación también dicta clases de costura.

El profesor es uno de los pocos colombianos que se ha unido a la causa. Aníbal de Jesús Hernández dedica cuatro días a la semana a enseñarles a coser en las ocho máquinas que llevó Mark. Cada año se gradúan dos promociones del curso y el trabajo final es el diseño y la confección del vestido de gala para la ceremonia simbólica. Todos reciben su diploma. Han terminado con éxito unas 50 personas, sin contar otras que hacen collares, pulseras y aretes.

El impacto de la labor social ha sido tal que las personas que se benefician aumentan cada año. Y también lo hacen los extranjeros que quieren contribuir. Las paredes de la fundación son la prueba de su paso por Medellín. Cada uno encierra su ciudad de origen en mapas.

Los círculos de colores son incontables: Egipto, Nigeria, Kenia, Inglaterra, Australia, Alemania, Francia, Canadá, Nueva Zelanda, China, Japón, Rusia, Filipinas, Argentina, Perú, Colombia y 44 estados de Estados Unidos.

Extranjeros voluntarios en barrio Regalo de Dios

Los habitantes del sector manifiestan que tienen muchas carencias.

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Jaiver Nieto/EL TIEMPO

Una experiencia de vida

Para los extranjeros la experiencia es única. Jake Falandays, de 28 años, vino desde Chicago (EE. UU.) para quedarse tres meses en Medellín. Aunque su viaje es turístico, quiso conocer la otra realidad de la ciudad. “Muchos turistas solo ven los lugares ricos y dicen que es muy chévere, pero hay problemas aquí como en todas partes y es importante verlos”, expresó.

Lo mismo piensa Ana Weördehoff, una alemana de 23 años que está en Medellín hace ocho meses en un intercambio en la Universidad Nacional: “Solo conocía el lado de la gente con privilegios de estudiar, de salir, de comer rico, es un lado muy lindo, pero hay otra realidad en las montañas y me gusta conocerla”.

Al escucharlos, Mark muestra su imborrable sonrisa. Esa que solo desapareció de su rostro cuando habló de sus dos hijos y sus cuatro nietos, a quienes solo ve dos o tres veces al año. Las lágrimas inundaron sus ojos azules, porque sabe lo mucho que se extrañan, pero encontró un lugar en el mundo que lo hace muy feliz y no quiere dejarlo: “Me hacen mucha falta, hablo con ellos diario, ellos están felices pero también tristes porque quieren que vuelva para estar con ellos. Pero mi vida está acá en Colombia”.

Ese hogar nuevo se quedó en su corazón cuando empezó, en el 2007, a darles clases de inglés gratis a los niños del sector, en una de las escuelas. Allí conoció sus necesidades y su amor. Sabe que las tres cosas que más necesita para las donaciones son zapatos, cobijas y paraguas.

Hoy, es él quien les da la posibilidad de leer libros en inglés y español, de acceder a una revisión médica una que otra vez, gracias a un doctor voluntario; de tener ropa y zapatos, de calmar el hambre con una sopa. Su sueño es tener un dentista y personal de medicina que visite al menos una vez al mes la zona.

En las decenas de fotografías que hay en las paredes se ve en Mark el paso de los años, siempre sonríe. Igual que lo hizo cuando llegó una madre con un bebé en brazos descalzo y salió con dos pares de zapatos diminutos. “No soy un hombre rico, soy pensionado, pero decidí que en mi vida es más importante dar que recibir”, puntualizó Mark, luego de bailar 'La Macarena' con los niños de la zona.

HEIDI TAMAYO ORTIZ

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