‘Quiero que los niños de América se reconozcan en mis historias'

‘Quiero que los niños de América se reconozcan en mis historias'

En entrevista con EL TIEMPO,  el ilustrador Roger Mello habla de su experiencia de 30 años. 

Mello

Mello trabaja sus ilustraciones con colores vivos. No busca que combinen sino que reflejen el sentimiento que él busca comunicar desde dentro.

Foto:

Esneyder Gutiérrez

19 de septiembre 2017 , 08:10 a.m.

El escritor e ilustrador brasilero Roger Mello tiene el poder de impactar tanto a niños como a los adultos con sus creaciones, en las que plasma los colores y las figuras de una manera que sumerge a los lectores en un mundo lleno de fantasías, emociones, misterios y realidades.

Así quedó demostrado en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, evento al que dio apertura con sus ilustraciones y sus historias, con las que obtuvo el premio Hans Christian Andersen, considerado el ‘nobel’ de la literatura infantil.

¿En qué momento se interesó por escribir para los niños?


Desde muy temprano escribía, dibujaba y hacía historietas, cómics para mí mismo; empecé profesionalmente hace 30 años. Los adultos son muy tontos en esta materia; muchos creen que los libros ilustrados son muy recientes. No lo son, el más antiguo es el libro etrusco, el códice completo, hecho en hojas de oro; para los adultos es un libro de muerte, de ritos y de funerales; para mí es bellísimo.

¿Cómo fue su infancia?

Era un niño feliz, tengo conciencia de eso, pero también era un niño tímido; hoy no lo soy. Yo tenía un mundo interior; me gustaban los animales, las plantas, los dibujos y los libros, era feliz con eso. En mi juventud empecé a hablar y ahora no puedo parar, al igual que la muñeca de Monteiro Lobato. Él es el Rafael Pombo brasileño, quien hizo un personaje que no habla, una muñeca hecha de tejido que toma una píldora que le da el doctor caracol y empieza a hablar sin parar. Yo era así.

Usted creció en la dictadura militar...

Terminé un texto que se llama Clarice, el personaje es un niña que crece durante la dictadura militar; en muchos aspectos Clarice soy yo. En esa época, las personas desaparecían por el solo hecho de tener libros prohibidos. Les puse una sigla a los militares, a los censuradores y a los agentes de la dictadura: Eles (ellos, en portugués). Ellos decidían quién queda, quién no, cuáles libros se leían y cuáles no, decidían los destinos de las personas, entonces sus víctimas desaparecían y morían.

En Latinoamérica, en Brasil hay personas que dicen tener nostalgia de ese tiempo, pero para nosotros como niños era un total surrealismo
. Para mí, el libro quedó aún más especial, era un objeto que hacía que las personas desaparecieran. Para mal, es un objeto mágico; no magia buena, es la del lado oscuro. Entonces, el libro quedó como un objeto muy importante en mi generación. El libro no es solo una cosa que uno regala; leer es fundamental, es sentirse libre.

¿Qué más recuerda?

Recuerdo conversaciones a bajo volumen, personas intentando esconder cosas, no solo libros. Mi tía desde un puente tiraba los libros al agua con una piedra porque si intentaba quemarlos, el fuego la iba a denunciar. La mejor manera era tirarlos para protegerse. A ella le encantan los libros, le daba mucha tristeza tener que hacerlo, pero era una manera de sobrevivir. Esos momentos para mí fueron trascendentales en mi formación como artista. Era un mundo al revés.

¿Dibujaba en esa época?

Tengo dibujos hechos por mí cuando tenía 3 años. Mi madre los mantuvo; dibujaba animales, era obsesionado por los animales.

¿Dibujar lo hacía libre?

Aún me siento libre; unas personas se sienten libres, otras se sienten presas, pero quieren hacerlo. Es un ejercicio muy interesante porque es una posibilidad de hablar conmigo mismo, de expresar lo que imagino, lo que pienso, aunque muchas veces lo que hay en el cerebro es diferente de aquella cosa que se plasma en el papel.

¿Qué significó para usted ganarse el premio Hans Christian Andersen?

Eso significa una felicidad muy grande; nadie lo había ganado antes como ilustrador. No solo lo gané yo, lo ganó América Latina, todos gritaron mucho, de otros países. Quedé muy feliz. De muchas maneras era un premio para América Latina, otros latinoamericanos necesitan ganar muy pronto.

En sus comienzos usted trabajó con Ziraldo. ¿Qué aprendió de él?


Muchísimo, no solo técnicas, diagramación, composición, sino también locuras, locuras porque él es un loco; para mí son muy queridas las personas locas, la forma como hablaba con los niños y la cosa más bonita de los niños es la locura, la locura de la libertad del pensamiento.

También aprendí que su generación es de generalistas, nada que ver con especialistas. Entonces, en ningún momento va a censurarse.

Mello

Elige lo raro, basándose en la realidad, pues cree que es mucho más fantástica que la ficción.

Foto:

Cortesía: Roger Mello

¿Quiénes son sus autores favoritos?

Son muchos: Ziraldo, Mariana Massarani, Fernando Vilela, muchos autores anónimos que hicieron pinturas y dibujos, esa gente muy muy antigua que es más moderna que la idea de lo moderno; Kveta Pacovská es una checa muy loca que me encanta.
Y de texto hay muchos más: Pedro Calderón de la Barca, Fernando Arrabal; me gusta mucho García Márquez, Cortázar y Ernesto Sabato.

¿Cómo mezcla la fantasía con la realidad?

La clave es trabajar la fantasía y la realidad sin fronteras; para mí, la idea del arte es que no haya fronteras. Muchos factores reales son más fantásticos que la misma fantasía. Por ejemplo, en el sur de la isla de Madagascar hay una araña que hace su nido de tela con conchas de caracoles; quién podría imaginar que una araña levanta una concha mucho más pesada que ella y la lleva a altos árboles. Eso es mucho más fantástico que la ficción; muchas veces, la fantasía es muy cotidiana.

Con fronteras, el arte no tiene función; estamos en un mundo muy pragmático, donde todo debe tener una función; el arte permite que haya un simulacro. Eso es muy importante para el adulto y para el niño, permite que uno tenga utopías, que esté más preparado cuando venga el dolor, cuando llegue lo inesperado.

¿Por qué dice que cada color es un dolor?


El dolor es el sentir más allá del sentido, es respirar el color, no tratarlo con los preconceptos, pero como una lectura de la presencia de aquel color específico.
Muchas personas entienden el color como un significado, el rojo lo relacionan con la sangre y con el amor; el amarillo, con la envidia; el negro, con la muerte. Uno tiene que deshacer los prejuicios del color, sentirlo no solo como una felicidad. Es también un sentimiento deseado, pero el dolor hace que las cosas tengan alma.

Aunque sea para niños, ellos son seres muy expertos, muy sensibles, muy poéticos, muy filosóficos; entonces, uno no tiene que hacerlos solo con alegría sino también con las tripas, con el sentimiento.

¿Cómo escoge los colores de sus ilustraciones?

No escojo un color porque vaya bien, no es que combine, es lo opuesto, que no resulte estático ni tranquilo; para que haya movimiento es necesario que el color salga de su lugar. Empiezo a poner los colores y hago experimentaciones con trozos de papel, tonos distintos, hasta que el color dolor se establezca, el que comunica desde adentro; es buscar lo raro, el proceso es así.

Nosotros tenemos una incidencia solar que hace los colores más vivos, una escala natural, espontánea. Colombia tiene el río Caño Cristales, el río de los cinco colores; Perú, montañas verdes y semillas de colores saturados; está bien trabajar con ellos. Hay tantos colores, entonces por qué usar solo gris y negro; no sé trabajar con los colores pasteles, pienso que es bonito y ya, pero no soy yo.

Su éxito se basa en no subestimar a los niños y no creer que no entienden ilustraciones complejas...

Así es. Me gusta mucho estar con los niños; el libro ilustrado permite que hable con ellos, sinceramente es muy común que los niños hablen cosas más inteligentes que la gente grande (risas).

Es así, no hablan cosas interesantes; claro, hay excepciones, pero muchos son superficiales, solo repiten, no piensan lo que hablan. Los niños son siempre inaugurales, eso me gusta.

En sus ilustraciones siempre hay evocaciones de la cultura brasileña.

Los artistas contemporáneos y modernos se basan en el arte popular; lo llaman así, pero no me gusta este término. Son artistas que deberían ser más conocidos; tienen una individualidad, sus propios colores, y me influenciaron mucho. Tengo mis referencias, y no son referencias europeas; somos muy eurocéntristas, y América es más que eurocentrismo, es una América colonial.

En el universo de la literatura infantil hay cuentos de hadas, eso es eurocentrismo; también hay cuentos maravillosos, y esos cuentos muchas veces son de Irán, África y China, no son solo de Europa. Esa idea de los castillos, las hadas, las brujas, los reyes, son folclor de Europa, y nadie dice que es folclor europeo; la gente dice: eso es arte, es historia de la literatura universal. No lo es.

En el mundo está Colombia, la cultura de la montaña; los Andes, la cultura de las islas y el Caribe. Entonces podrían tener mucho interés, hay mucho que descubrir. Mi tarea es que los niños de América se reconozcan en las historias. Que en mis libros aparezcan las casas de las selvas, de las montañas, de las orillas de los ríos; quiero que los niños sepan que su casa también constituye elemento ficcional muy fuerte y muy poético.

También aborda realidades como el trabajo infantil.


Es un ejemplo de una realidad que parece absurdamente fantástica; que un niño prenda carbón con fuego en una casa muy estrecha, redonda y hecha de arcilla es una imagen que parece ficción, pero eso pasa en Brasil.

En Colombia también hay trabajo infantil. Si en el mundo aún hay niños que trabajan, yo tengo que hablar de eso. Si yo voy a intentar reconocer ese universo del niño, del personaje, respetando al personaje, su individualidad, eso es muy necesario.

Niños del manglar es un libro en el que muestro a los que viven de vender cangrejos; este tema es importante para mí. Intento no hacer ficción antropológica.

¿Cómo se logra sorprender siempre al lector?

Si uno intenta sorprenderse a sí mismo cuando hace la creación, eso va a resultar sorprendente para el lector. Si no te sorprendes a ti mismo, no va a acontecer; no importa si se trabaja de manera programada o caótica, hay que sorprenderse a uno mismo para que el otro también se sorprenda

¿De dónde nace esa fascinación suya por los mapas?

El mapa es un territorio híbrido entre la imagen y la palabra; no solo el mapa, el libro es territorio híbrido, pero en el mapa hay un territorio híbrido entre el saber científico, la ilusión y la fantasía.

El adorno en el libro es un componente importantísimo, no es solo adorno; el adorno es un género narrativo, entonces cuando uno investiga la historia del mapa, investiga la historia de la humanidad, el mapa es muy literario. Me gustan los mapas chinos, los árabes, los portugueses, son muy bonitos.

DEICY JOHANA PAREJA M.
Redactora de EL TIEMPO
Medellín

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