La 'maldición' de Cáceres, el pueblo donde más rayos caen en Colombia

La 'maldición' de Cáceres, el pueblo donde más rayos caen en Colombia

Al mes, se registran 6.600 de estas descargas eléctricas. Nueva entrega de #PueblosInsólitos.

Cáceres

Cáceres, en Antioquia, es el pueblo en donde, según la Nasa, más caen rayos en Colombia.

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Guillermo Ossa/EL TIEMPO

02 de agosto 2017 , 08:41 a.m.

En las noches lluviosas, Haiver Mejía, Nancy Soto y su hija María José se esconden en una habitación oscura, donde resalta la luz de un bombillo de una virgen del Carmen en porcelana, que se refleja en un televisor quemado. En una cama tallada en madera, ellos duermen juntos y abrazados para que la muerte no los sorprenda separados.

No se ocultan de otras personas ni de animales peligrosos, se esconden de los rayos, que podrían matarlos en segundos, pues todos recuerdan la historia de Raúl Jiménez, el tío abuelo de Haiver, a quien, según aseguran, un rayo invocado por él mismo, le quitó la vida hace 50 años.

“Cuando era niño mi viejo me contó que el hermano de su taita estaba pescando en una mañana con cuatro amigos. Ellos tiraron los lazos, pero empezó a tronar muy fuerte, ya tenían demasiados peces, entonces decidieron parar, pero Raúl dijo: ‘Que me parta un rayo si no clavo el otro’, en ese momento, lo impactó un rayo y falleció. Lo más berraco es que estaba en la mitad de todos, pero solo él sufrió”, describe.

Los pescadores trabajaban en un sector conocido como El Caño de la Iguaná, zona rural de Cáceres (Antioquia), el pueblo donde viven los Mejía Soto, quienes creen que heredaron la desgracia de las descargas eléctricas.

Sus vecinos aseguran que ellos cargan una maldición en los hombros y que no han muerto porque Dios es muy grande. Sin embargo, ese fenómeno ha dejado muchas huellas en su humilde vivienda, de paredes color amarillo desteñido y piso de cemento carcomido por el tiempo.

Por causa de los rayos, su casa tiene grietas tan grandes como la mano de un adulto, las palmeras de coco del solar están descabezadas y partidas a la mitad, pierden muchas gallinas y plataneras, asimismo encuentran cadáveres de gallinazos e iguanas.

Los Mejía Soto, incluida su niña de 8 años, juran que su vivienda atrae este tipo de descargas porque estaría construida encima de una mina de oro o sobre algún entierro embrujado. Pero aun así no se van, dicen que la casita es propia y aguantará con ayuda de Dios.

Cáceres

En Cáceres explotan oro, viven de la pesca, de la ganadería y de la agricultura.

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Jaiver Nieto Álvarez/EL TIEMPO

Ellos tienen la desgracia de vivir en la vivienda donde caen más rayos en Cáceres, un municipio que recibe un poco más de 6.600 descargas eléctricas al mes, cuenta que no llevan los pobladores, pero sí Horacio Torres Sánchez, investigador de la Universidad Nacional.

La Nasa dice que Cáceres es el municipio con mayor actividad de rayos en Colombia y el cuarto en el mundo, pero en el pueblo, de 38.000 habitantes, ni el propio alcalde, José Mercedes Berrío, conoce ese estudio.

En el municipio del Bajo Cauca antioqueño se registraron cerca de 80.000 rayos en el último año, explica el investigador.

En promedio, en un solo kilómetro cuadrado pueden caer hasta 172 descargas por año. Una cifra 43 veces mayor a la de Bogotá y 80 veces superior a la de Estados Unidos.

Por ello, los Mejía Soto se acostumbraron a esquivar este fenómeno, que los obliga a restringir el movimiento por su casa, ubicada en la calle Bolívar, a cuatro cuadras del parque principal.

Aun así, ellos se ven conformes con sus vidas. Nancy es ama de casa y le ayuda a su esposo a vender pescados sin salir de su vivienda, los vecinos los buscan cuando necesitan bagre, bocachico y comelón.

Cáceres

En el municipio del Bajo Cauca antioqueño se registraron cerca de 80.000 rayos en el último año.

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Jaiver Nieto Álvarez/EL TIEMPO

Su mirada muestra a una mujer fuerte, trabajadora y a la vez dulce. Ella tiene 37 años, mide 1,48 m de altura, es troza, lleva su cabello castaño a la cadera, que contrastan con sus ojos cafés. Su frente es amplia y tiene nariz aguileña.

Su esposo es 13 años mayor que ella y 20 centímetros más alto, grueso, de piel morena y nariz chata. Todos los días madruga a pescar en el río Cauca, ubicado a menos de 20 metros de su casa.

María José es la mezcla de los dos, tiene piel trigueña, sacó los ojos de su mamá y la nariz de su papá. Sonríe como una niña feliz, aunque pasa los días lluviosos sin jugar ni ver televisión.

Con cada tormenta eléctrica, ellos evitan transitar por la cocina, el solar y el patio. Temores que son mucho más que creencias: este año los rayos han dejado cuatro huecos en paredes, pisos y techos; rompieron una tubería de agua; dañaron siete palmas de coco, un árbol de aguacate y otro de limón, además de un solo golpe, mataron cuatro gallinas.

Llueva fuerte o no, estas descargas son pan de cada día en el polvoriento municipio rodeado por el río Cauca y altas palmeras de coco, de casas grandes con colores desteñidos, la mayoría de tapia y bahareque, de calles pavimentadas por donde circulan pocos carros.

Así es la vida en el pueblo

Es un territorio seco y caluroso, alcanza temperaturas de hasta 32 grados centígrados. En días así, los pobladores tienen sombrillas abiertas para protegerse del sol y del agua, que llega en un abrir y cerrar de ojos.

Los cacereños tienen acento paisa, pero comen más pescado que fríjoles y arepa. Este territorio, reconocido por su vocación a la minería de oro, es de tradición costeña por su proximidad al departamento de Córdoba.

Cuando hay tempestades nos encerramos en la única pieza segura. Muchas veces no sabemos qué hacer, entonces nos abrazamos y rezamos

Es uno de los municipios más grandes de Antioquia. De los 1.973 kilómetros cuadrados de extensión, el 70 por ciento es zona rural, donde explotan oro, viven de la pesca, de la ganadería y de la agricultura.

Es un pueblo aparentemente tranquilo, pero allí una descarga eléctrica es tan poderosa que podría alumbrar, de golpe, unos 45.000 bombillos, cuenta el profesor de la Universidad Nacional.

Nancy dice que los relámpagos iluminan toda la casa, como un incendio de segundos, mientras los truenos suenan tan duro como explosivos.

“Cuando hay tempestades nos encerramos en la única pieza segura. Muchas veces no sabemos qué hacer, entonces nos abrazamos y rezamos juntos”, detalla.

En momentos así, ellos no cocinan; desconectan todos los electrodomésticos, pues ya perdieron dos televisores y un ventilador; no usan celulares ni sillas de hierro ni están debajo de un bombillo, tapan los espejos y no caminan descalzos por la casa. Todo para evitar que los parta un rayo.

Los rayos se meten a la casa y alumbran todo. Si uno está acostado lo pueden matar

En medio de todo ese temor, Haiver busca una ‘fortuna’. Cuando una descarga eléctrica impacta su casa, él espera siete años para encontrar una ‘piedra de hada’, que se forma en el mismo sitio donde cae el rayo. “No todo es malo, decía mi mamá, quien me mostró una por primer vez”, cuenta mientras se seca las gotas de sudor que pasan por su frente negra.

Esa piedra es conocida como las fulguritas o rayos petrificados, se forma cuando un rayo impacta en un suelo arenoso.

“Es una sorpresa encontrar esa piedra blanca y hermosa, mi mamá tiene una grande, es como un milagro, la naturaleza nos quite unas cosas, pero nos dé otras”, cuenta mientras se acomoda en su silla y sonríe.

‘Pararayos’ y otras creencias

A unos pocos metros de la casa de los Mejía Soto vive Luz Marina Ceballos. Ella también lidia con este fenómeno, al igual que sus vecinos, frecuentemente pierde gallinas, encuentra palmas de coco partidas a la mitad, electrodomésticos quemados y alambres para extender la ropa derretidos.

La consuela que gracias a Dios nadie de su familia ha muerto fulminado, aunque curiosamente sí enterró vivo a un allegado, a quien metieron en una fosa como en cualquier ritual fúnebre, para que la energía se expandiera por la tierra y saliera de su cuerpo. Saberes ancestrales dicen.

“A las personas las entierren hasta el cuello para sacarles la energía porque quedan moradas y temblando. La tierra los descontamina y así sobreviven”, afirma Luz Marina con la certeza de referirse a un método infalible.

Son muchas las creencias. En el pueblo, coinciden los cacereños, hay dos ‘pararrayos’: mientras el Monseñor Gerardo Antonio Patiño Ramírez reza para aislar las tormentas eléctricas, la indígena Minelba Mejía se vale de trucos y hechizos para detenerlas.

Cáceres

Cáceres, en promedio, en un solo kilómetro cuadrado pueden caer hasta 172 descargas por año.

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Jaiver Nieto Álvarez/EL TIEMPO

Luz Marina asegura que las oraciones del sacerdote son benditas, capaces de frenar cualquier tormenta eléctrica. Tanto ella como los Mejía Soto le entregan su suerte a él y lo alaban como a un santo.

Paradójicamente, al sacerdote le gustan los rayos y las tempestades. Dice que transmiten la presencia de Dios, una fiesta de lo divino, pero para los pobladores son una maldición. Entonces él los tranquiliza con sus oraciones, le pide a Dios que envíe los rayos hacia las aguas y que todos se den cuenta de sus pecados.

El religioso de cejas pobladas, tiene su pelo completamente blanco y lleva puesta una sotana del mismo color, bordeada con fucsia. Es robusto, camina con pasos lentos y tiene voz pausada, pero su mirada es fuerte y transmite mucha fe.

Hace 53 años vive en la parroquia Santa María Magdalena de Cáceres y, desde entonces, la gente acude a él para frenar las tormentas. “La iglesia tiene oraciones para detenerlas, con fe, Dios las calma”, comenta.

Él medita en la iglesia mientras está vacía o en un cuarto de la casa cural, el tiempo que reza es igual al que dura una tormenta, en ocasiones más de media hora.

A unos 30 minutos del casco urbano, en el corregimiento Puerto Bélgica, donde los rayos son una maldición para los ganaderos -pierden hasta 30 reses en un día-, para Minelba son una bendición, pues sus vecinos creen que ella tiene el poder de alejarlos.

Hace más de 40 años Mienelba dejó su resguardo Cerro Vidal, en Tuchín (Córdoba), pero todavía practica todo lo que su madre le enseñó para detener las descargas eléctricas. Ella ya no usa vestidos de colores ni collares hechos a mano, tampoco se pinta la cara como los Zenúes, pero sus costumbres están intactas, pese a que salió de su tierra ancestral a los 19 años.

Su cabello negro brillante le llega a los hombros, es de cejas despobladas y ojos pequeños. Su rostro tiene líneas de expresión marcadas, es de piel mestiza, bajita y delgada. Lleva puesta una lycra con estampando de flores que le llega a la rodilla y una camisa manga sisa básica, de color negro.

Ella vive en un barrio de calles sin pavimentar con ranchos de madera. Su casa resalta entre las demás porque es grande y de bahareque, de donde sale humo cada que truena.

Cuando hay tormentas, la zenú prende el fogón de leña con trapos tiznados, y un cirio blanco que pega con esperma en la mitad de su casa. “El humo aísla los truenos, los relámpagos y la lluvia; el cirio es para reemplazar una conchita de un palo, conocido como cascarilla, que los indígenas prendemos cuando hay rayos”, cuenta.

Si no está contenta porque la tempestad sigue, entonces cuelga en la pared una camisa manga larga en forma de cruz y un machete con el filo hacia arriba. Ese método, dice, nunca falla.

“Los rayos se meten a la casa y alumbran todo. Si uno está acostado lo pueden matar. Yo me siento en medio de la cama y espero que pase la tormenta, apago todo, porque los bombillos estallan cuando están encendidos”, relata.

Minelba evita sentarse en las sillas de hierro, tampoco prueba bocado y menos con cuchara de platina. “Nosotros comemos con cuchara de tutumito, pero mi mamá una vez agarró una de metal y ese plato voló lejísimos”, recuerda. Pero para ella lo más importantes es cumplir la tarea que le encomiendan sus vecinos, espantar las descargas eléctricas.

Cáceres

Minelba utiliza machetes para evitar que caigan rayos en Cáceres.

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Jaiver Nieto Álvarez/EL TIEMPO

‘El oro atrae rayos’

En Cáceres culpan al oro de los daños sufridos durante décadas. La mayoría de los pobladores, incluso, el alcalde José Mercedes Berrío y el Monseñor Gerardo Antonio Patiño creen que el valioso metal atrae los rayos.

Este municipio, con 440 años, es uno de los más antiguos de Antioquia. Allí, el oro se explota desde la época de la Colonia, cuando los españoles esclavizaron a los indígenas y a los negros para extraerlo.

Omaira Montoya, habitante del pueblo, cuenta que “buscadores de oro esclavizaron y mataron indígenas. Hoy el metal sigue en disputa, se lo pelean guerrillas y bandas criminales, hay ‘vacunas’, homicidios y enfrentamientos”.

Esa explotación descontrolada también ha traído problemas ambientales, deforestación, tala de árboles, afectación de tierras productivas y agrícolas, contaminación del aire, alteración de ecosistemas y enfermedades por el uso del mercurio y el cianuro.

Toda una paradoja, pues siendo el oro un metal precioso que debería significar desarrollo y prosperidad para esta población, donde la mitad de sus habitantes están dedicados a algún oficio relacionado con la minería, hasta ahora solo se ha convertido en sinónimo de precariedad, deforestación y, como si faltara algo más, en centro de atracción para los rayos.

A las personas las entierren hasta el cuello para sacarles la energía porque quedan moradas y temblando

Ninguna autoridad del pueblo lleva la cuenta de personas muertas por los rayos en la última década, pero hay consenso popular en que han sido muchos.

La última víctima se registró el 14 de junio. Se trató de un adolescente que murió electrocutado por una descarga eléctrica mientras manipulaba su celular que en ese momento tenía conectado a un enchufe.

El muchacho tenía 16 años y vivía en la vereda La Floresta, ubicada a más de dos horas del casco urbano. Ese día estaba con su familia en su casa campesina y perdió la vida instantáneamente, cuando recibió la descarga en medio de una tormenta eléctrica, que cayó en la tarde de ese miércoles y se sintió en casi todo el pueblo.

El alcalde recuerda ese caso y otro en el que también un rayo mató a su prima Marleny Silgado, cuando buscaba un poco de fortuna. Él narra que ella murió en el año 1989, mientras buscaba oro en una mina a cielo abierto del sector Los Azules, y justo en ese momento, “estaba debajo de una bombilla, que estalló en su cabeza y la mató y dejó heridas a otras tres personas”.

Haiver no es minero, pero también ejerce una labor peligrosa, expuesto a los rayos para mantener a su familia. Le siguió los pasos a Raúl, su tío abuelo, pero espera no terminar como él. Si truena mientras está pescando, lo primero que hace es tirar al agua el plomo del anzuelo, pues el hierro atrae los rayos.

Hoy el metal (oro) sigue en disputa, se lo pelean guerrillas y bandas criminales, hay ‘vacunas’, homicidios y enfrentamientos

Pocos días trabaja tranquilo por miedo a los rayos, que además de Raúl, ya han dejado en Cáceres cinco pescadores muertos desde que tiene memoria. Algunos de ellos, en el río Rayo, como si se tratara de una suerte de premonición.

Así se acostumbraron a llevar la vida en Cáceres, un municipio donde el oro ‘inagotable’, tras 400 años de explotación, aún no trae el anhelado progreso. Un territorio donde habitantes como los Mejía Soto, quienes cada vez que escuchan rayos se refugian en la última habitación, la que creen es la más segura de la casa.

Deicy Johana Pareja M.
Enviada Especial de EL TIEMPO
Cáceres (Antioquia)

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