El colegio de Medellín donde estudian víctimas y excombatientes

El colegio de Medellín donde estudian víctimas y excombatientes

Es un modelo educativo dirigido a afectados por el conflicto armado. Es laboratorio de paz. 

víctimas y excombatientes

Luz María Gómez, desplazada de las Auc, a sus 54 años es alumna de Carlos Alberto Cano.

Foto:

Jaiver Nieto / EL TIEMPO

17 de julio 2017 , 11:40 a.m.

Hace más de una década que Carlos Alberto Cano dejó de empuñar armas para escribir con tiza y dictar clases de matemáticas a quienes fueron sus enemigos en el pasado, a excombatientes y a víctimas del conflicto armado.

Carlos dicta su curso en silla de ruedas, quedó parapléjico por un ataque de la guerrilla del Eln contra las Auc, el grupo al que perteneció durante 13 años. Ese día le dispararon en la columna y le mataron a dos compañeros, en el barrio Andalucía, en el nororiente de Medellín.

Él usa yines, camisa de cuello y gafas recetadas. Su clase es amena, enseña a sus alumnos a sumar, a restar y a dividir. Los corrige con parsimonia, los saca al tablero y les da confianza porque la mayoría tiene entre 30 y 50 años.

Ellos están en el Centro de Formación para la Paz y la Reconciliación (Cepar), que se creó luego de la desmovilización del Bloque Cacique Nutibara de las Auc (2003) y del bloque Héroes de Granada (2005).

Carlos se desmovilizó del frente Héroes de Granada junto a 1.800 excombatientes y no dudó en validar su bachillerato en el Cepar, después estudió Ingeniería de Instrumentación y Control y, además de ejercer esa carrera, dicta clases siete horas al día.

“Cuando llegué a dar el curso por primera vez, había un grupo de nueve víctimas del conflicto y los profesionales del colegio me presentaron como el profesor de Matemáticas, desmovilizado de las Auc. Lo primero que vi fueron sus rostros de impresión, ellas se enojaron, pidieron respeto y se salieron del salón”, recuerda.

víctimas y excombatientes

Carlos dicta su curso en silla de ruedas, quedó parapléjico por un ataque de la guerrilla del Eln contra las Auc, el grupo al que perteneció durante 13 años.

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Jaiver Nieto / EL TIEMPO

Entonces, los psicológos del Centro de Formación le dijeron que ahí tenía ese reto. Con el paso de los días, las mujeres comprendieron que él merecía una segunda oportunidad y volvieron a clases. Carlos las vio graduarse.

“Se logró consolidar un grupo de respeto a través del diálogo, no recordando ni hablando de esas cosas que nos dolían, sino compartiendo. Todos comprendimos que ese matrimonio entre víctimas y victimarios se logra por medio de la educación, entendimos”, resalta.

Carlos enfrentó otro reto: dictarles clases a desmovilizados del Eln y de las Farc, hombres que se cruzaron con él en la guerra, quienes de hecho asesinaron a algunos de sus compañeros de las Auc. Una vez entraron al aula los reconoció. “En ese momento, hubo silencio. Sentí mucho pánico, pero continué y con el tiempo los corregía sin temor, ellos pasaban por el mismo proceso que yo tuve y merecían un voto de confianza”, detalla.

Carlos empezó a trabajar para las Autodefensas a los 13 años, de niño empacaba y transportaba droga a cambio de un billete, luego se unió a las filas de los paramilitares y operó en la periferia de Medellín, incluso, después de que quedó en silla de ruedas, pasó a inteligencia militar.

Ese matrimonio entre víctimas y victimarios se logra por medio de la educación

“Hice mucho daño, pero ese hombre del pasado ya no existe, para desmovilizarse no solo hay que entregar las armas, también hay que desmovilizar el corazón y no mirar atrás, sino para el futuro”, añade.

Luz María Gómez, desplazada por las Autodefensas, es una de sus alumnas. A los 54 años cursa el grado quinto de primaria y perdonó a quienes quemaron su casa y sus cultivos en Tamésis (Antioquia). Ese día ella huyó de su vereda en embarazo y con dos niños pequeños.

Luz María recibe clases todos los días en el centro de Medellín, donde hay un laboratorio de paz y de resocialización. Sin reparos comparte pupitres y libros no solo con excombatientes, sino también con exhabitantes de calle, personas que acaban de cumplir una condena, exdrogadictos y hasta con prostitutas.

Los únicos problemas en el salón de clases son los de matemáticas. “Aquí todos somos iguales, uno no se avergüenza porque a los 54 años está aprendiendo a dividir, hacía más de 40 años que no cogía un lápiz, aquí aprendí cosas nuevas, los compañeros y los profesores me dan mucha confianza”, cuenta.Ellos conviven de una manera sana, comparten sueños, construyen su proyecto de vida y piensan en un mejor futuro.

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La escuela donde comparten víctimas y victimarios se convirtió en un laboratorio de paz y reconciliación.

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Jaiver Nieto / EL TIEMPO

Modelo en el país

Jorge Gaviria, exdirector del programa de Reintegración Sostenible para un Territorio en Paz de la Alcaldía de Medellín, explica que el Cepar es un modelo educativo pionero en el país, dirigido a personas afectadas por la violencia y una estrategia para contrarrestar la deserción escolar de los desmovilizados.

“Al principio la adaptación fue complicada, debido a que los excombatientes provenían de distintas realidades sociales, algunos nunca habían asistido a un salón de clases, muchos presentaban baja tolerancia a la frustración y resistencia o rechazo a la norma”, recuerda.

Al principio, era una oportunidad para excombatientes de las Auc, pero en el 2007, el Cepar empezó a incluir a desmovilizados de las Farc y del Eln. “Esta fue considerada una apuesta arriesgada porque por primera vez se encontraron miembros de diferentes estructuras al margen de la ley en un mismo espacio. Esto generó expectativas e incertidumbre, pues en las mismas aulas compartirían excombatientes de ambos lados del conflicto”, agrega el exdirector.

En 12 años, añade Gaviria, la experiencia demostró que la convivencia era posible y ambos bandos se adaptaron a la idea de estudiar, no solo al lado de quien fuese antes su enemigo, sino que, a su vez, podían establecer lazos de amistad.

En el 2007, el programa también acogió a víctimas del conflicto, principalmente a mujeres, luego llegó la otra población marginada.

En 12 años, por el Cepar han pasado 4.068 desmovilizados, de los cuales 2.774 son de las Autodefensas, 1.264 de las Farc y el resto del Eln. Este año comparten pupitres 318 víctimas del conflicto, con casi 100 excombatientes.

“Empecé a estudiar para demostrarle a la sociedad que era capaz de hacer cosas distintas a disparar un arma. Con el tiempo supe que era bueno para dar clases, para guiar a otros excombatientes y a víctimas. Este espacio, más que un colegio, es un laboratorio de paz”, concluye Carlos.

DEICY JOHANA PAREJA M.
Redactora de EL TIEMPO
En Twitter: @johapareja

MEDELLÍN

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