Se acallaron los lamentos en el cañón de La Llorona

Se acallaron los lamentos en el cañón de La Llorona

El lugar dejó de ser un sector de guerra con las Farc y fue declarado zona de importancia ecológica.

La impactante naturaleza del Cañon de la Llorona

Según Corpourabá, sobre el tramo del río Sucio el cañón mide 46,3 kilómetros. Son 5.357 hectáreas divididas entre 18 veredas de Dabeiba y tres de Mutatá. 

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Guillermo Ossa/EL TIEMPO

20 de agosto 2017 , 10:35 a.m.

En el medio de la cordillera occidental, laderas de color verde amarillo se van tornando esmeralda con cada giro de la carretera entre Dabeiba, al occidente de Antioquia, y Mutatá, en la subregión Urabá. La temperatura, cada vez más caliente, acompaña la transición de un bosque seco a uno húmedo tropical entre las montañas que encierran el cañón del río Sucio, más conocido como cañón de La Llorona.

Esta combinación de ecosistemas es una de las razones por las que este cañón es único, comenta Diana Gaviria, ecóloga de la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Urabá (Corpourabá). Gaviria hace especial énfasis en el bosque seco, muy poco representado en el país, con apenas un 8 por ciento sobreviviente de las cerca de nueve millones de hectáreas de bosque seco que llegó a tener el país.

Esto, en conjunto con la importancia hídrica del lugar, la regulación climática y su belleza escénica, fue determinante para que en julio pasado, mediante la ordenanza 30, la Asamblea de Antioquia declarara el cañón de La Llorona como zona de importancia ambiental y geoestratégica del departamento. Por otro lado, el pasado 14 de agosto el cañón fue declarado también como Bosque de Paz.

El cañón queda entre Dabeiba, occidente de Antioquia, y Mutatá, en Urabá.

Sin embargo, esta belleza fue opacada durante muchos años por el conflicto armado. A 230 kilómetros de Medellín, La Llorona llegó a ser considerada una zona roja y fue sitio de constantes enfrentamientos entre el Ejército y la guerrilla de las Farc que bloqueaba la vía, hacía pescas milagrosas y secuestraba personas, entre otros.

De acuerdo con el coronel José Dangond, comandante de la Brigada XVII del Ejército, encargada de Urabá, el Gobierno retomó por completo el control del eje vial hacia el 2012. Sin embargo, la calma para los habitantes del lugar llegó definitivamente hace cerca de un año.

Aura Rosa Domicó miraba pasar los carros por la carretera que de Antioquia lleva al mar Caribe y recordó aquellos años en los que casi todos los días escuchaba los enfrentamientos. Tiene la piel morena de los Embera Eyábida, etnia a la que pertenece, su cara la surcan algunas arrugas. En el cabello negro hay unas canas.
“Aquí entraba la guerrilla y hacía estragos, atajaban carros y bajaban cosas. En la comunidad tiraban bombas encima…Venían helicópteros por la noche y bombardeaban todo eso”, comentó la mujer de 56 años.

La impactante naturaleza del Cañon de la Llorona

Comunidades indígenas han habitado el cañón de La Llorona desde hace muchos años. Para llegar al resguardo Mandromandó, de indígenas Embera, se cruza un puente colgante sobre el río Sucio.

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Guillermo Ossa / EL TIEMPO

Ha habido mucha muerte de los soldados, los campesinos y los indígenas, a todos les tocó

“Ha habido mucha muerte de los soldados, los campesinos y los indígenas, a todos les tocó”. Habla también de su desplazamiento. Hace 15 años la comunidad tuvo que irse al pueblo, a Dabeiba, porque el conflicto se había recrudecido. Solo soportó por un año esa vida urbana en la que todo se pagaba con dinero. Luego, aún con una dura violencia, regresó.

Ellos pensaban retomar sus vidas, pero el conflicto armado los sacó de nuevo en el 2003, a escasos seis meses de haber regresado. Esta vez aguantaron la vida en Dabeiba por ocho meses, después se reunieron los líderes de las comunidades y decidieron que había que volver y quedarse en donde pertenecían. Así lo hicieron, cuenta Domicó, y desde el 2004 no se han movido de aquellas casas que encontraron casi destruidas. No se movieron cuando paramilitares mataron a unos campesisnos y los tiraron al río, tampoco cuando asesinaron al hermano de Domicó un 25 de diciembre.

Tomamos decisiones de no volver a desplazarnos, si nos van a matar que nos maten aquí, porque aquí tenemos la tierrita, la casita, aquí en el campo no necesitamos pagar agua y ni comprar plátano, yuca o maíz sino que lo consumimos de acá mismo”, dijo Domicó.

La Llorona

Poco a poco los habitantes de Choromandó han reconstruido sus viviendas al lado de la carretera.

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Guillermo Ossa / EL TIEMPO

Alonso Cartagena, un campesino de 60 años de edad que hace 25 vive en La Llorona, dice lo mismo. Él huyó dos meses a Manizales cuando los enfrentamientos entre guerrilla y Ejército estuvieron en su punto más álgido, pero volvió porque allí estaba su tierra. “Seamos claros, nosotros los campesinos tuvimos que vivir bajo el reglamento del que llegara. Si usted está en su casa y llega un grupo armado usted no le puede decir ‘váyase’, nos tocaba escondernos y esperar a que se fueran”, recordó sobre esos días.

Aunque los indígenas comenzaron su retorno hace 13 años, otras personas empezaron a migrar al cañón hace menos de uno. Yolanda Restrepo, nativa de Frontino (occidente de Antioquia), abrió hace seis meses un restaurante al lado del túnel de la Llorona, exactamente en el mismo punto en el que Gaviria recuerda que se paraban soldados y tanques a avisarles a los vehículos si era seguro transitar.

Restrepo vivió en Dabeiba entre 1993 y 2001, año en que se desplazó con su familia a Medellín huyendo del conflicto. En el 2016 volvieron a Dabeiba porque vieron en su antiguo hogar más oportunidades que en la ciudad. Como ella muchos otros han retornado, pues según Absalón González, secretario Agroambiental de Dabeiba, en los últimos tres años la cantidad de personas a las que atienden en el cañón con los programas de la Alcaldía se duplicó.

Tuvimos que vivir bajo el reglamento del que llegara. Si usted está en su casa y llega un grupo armado usted no le puede decir ‘váyase’, nos tocaba escondernos y esperar a que se fueran

Raúl Higuita y Alcides Morales, los dos jóvenes maestros de la Institución Educativa Madre Laura, sede Choromandó, nacieron en Dabeiba y crecieron escuchando las tristes historias sobre el cañón de La Llorona. Ahora, sin embargo, se sienten tan tranquilos que al trabajo van en moto y bicicleta. Empero, resaltan que la calma no es completa pues si bien las Farc ya no están, no eran el único problema. “No hay tranquilidad completa porque si unos se retiran pueden llegar los otros mientras no se negocie con todos. La desigualdad sigue y hay otros conflictos”, lo dicen mientras señalan el hueco en la pared en donde iban el televisor y bafle de la escuela, que les habían robado hacía una semana.

“Cuando uno vivió la guerra ya nunca queda tranquilo, la mente no queda tranquila. La guerrilla se fue pero están los paras y los elenos. La paz no es completa”, concluyó la abuela Domicó mientras miraba a sus nietos jugar al lado de la carretera, esperando, con menguada esperanza, que no tengan que vivir lo que ella.

La Llorona

Por mucho tiempo este túnel, de 435 metros de longitud, no tuvo iluminación, lo que lo hacía particularmente tenebroso, combinado con la violencia en todo el cañón. 

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Guillermo Ossa / EL TIEMPO

‘En cada curva murió un soldado’

José Dangond, comandante de la Brigada XVII del Ejército, encargada de Urabá, dice que el cañón adquirió el apodo de La Llorona por dos razones, la primera, llueve constantemente; la segunda, es la extensión de terreno en donde más soldados han muerto en todo el país. Entre 1995 y 2015 el Ejército registra cerca de 300 soldados muertos en ese eje vial.

Cada que pasamos me señala algún lugar y me dice ‘aquí mataron a mi teniente y cinco soldados', más adelante dice ‘en esta esquina murieron otros 20’ y así todo el viaje...

“Se dice que en cada curva de la carretera murió un soldado. Mi conductor, quien lleva 18 años sirviendo en Urabá, cada que pasamos me señala algún lugar y me dice ‘aquí mataron a mi teniente y cinco soldados', más adelante, ‘en esta esquina murieron otros 20’, y así todo el viaje...”, dice Dangond.

Antiguo bastión de disputa entre las Farc, que hacían presencia con los frentes 5, 34, 57 y 58, el Ejército y los grupos paramilitares de los hermanos Castaño, La Llorona es un sitio estratégico por su ubicación, único acceso de Antioquia a Urabá que además tenía un corredor hacia el Nudo del Paramillo, óptimo para el cultivo de coca. Estos dos sumados lo convertían en una posición privilegiada, con fácil salida al mar Caribe y Atlántico, para el tráfico de drogas y armamento.

Según Dangond, en 1997 se adoptó un dispositivo permanente en el corredor para recuperarlo totalmente y hacia 2006 se retomó el control del eje vial; pero no fue sino hacia 2012 que se habilitó la vía para transitar las 24 horas del día.

MARÍA ISABEL ORTIZ FONNEGRA
Enviada especial de EL TIEMPO
En Twitter: @M_I_O_F

DABEIBA (ANTIOQUIA)

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