El desmovilizado de las Auc que ahora busca a víctimas de la guerra

El desmovilizado de las Auc que ahora busca a víctimas de la guerra

Jaime López quiere encontrar a su hermano de 17 años que se llevó la guerrilla en 1992.

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Jaime López espera encontrar en el cementerio Universal a su hermano, desaparecido hace más de dos décadas.

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Jaiver Nieto / EL TIEMPO

01 de agosto 2016 , 02:47 a.m.

Con la esperanza de encontrar a su hermano vivo o muerto, a quien vio por última vez cuando era niño, Jaime López se convirtió en un paramilitar del bloque Central Bolívar de las Auc, grupo que delinquió en ocho departamentos y que dejó más de 14.000 víctimas.

Una década después de la desmovilización de los paramilitares, Jaime se transformó en un sepulturero del cementerio Universal de Medellín, donde entierran a las víctimas del conflicto sin nombre.

Precisamente, en ese camposanto, la Fiscalía empezó esta semana la búsqueda de restos sin identificar para devolvérselos a sus familiares. Labor que Jaime apoya para terminar con la incertidumbre de esas madres que esperan a sus hijos hace años.

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Jaime López ayuda a la Fiscalía a buscar a los desaparecidos del conflicto armado. Foto: Deicy Pareja.

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Bajo el sol, con pico y pala, él y tres investigadores abren una fosa, donde creen hay un hombre que murió en esta guerra, que lleva más de 50 años en el país. Después de cavar un hueco de 90 centímetros de profundidad, encuentran el cadáver de un hombre, de quien solo se sabe que lleva más de 10 años sepultado.

Cada que Jaime abre una fosa con sus propias manos para buscar a un NN, piensa en Mauricio, su hermano, a quien vio por última vez en 1992, cuando las guerrillas urbanas se lo llevaron con tan solo 17 años.

Ese día los guerrilleros llegaron hasta Manrique, un barrio ubicado en el oriente de Medellín, donde Jaime, Mauricio y otros niños jugaban pelota. Los asustaron con tiros en el aire, les dieron una paliza y se llevaron a su hermano.

Después de prestar servicio militar en el Ejército por dos años, Jaime se fue para las Autodefensas Unidas de Colombia. Creía que si estaba en la guerra daría con el paradero de su ser querido.

Recuerda que a finales de los 90, cuando ingresó a las filas del bloque Central Bolívar, en el Caquetá, los paramilitares lo recibieron a ‘plomo’ a él y a otros ocho jóvenes, reclutados en el centro de Medellín.

No podía dar un paso atrás, si lo hacía lo mataban. De hecho, un muchacho manifestó que quería devolverse y le dispararon en la cabeza delante de todos.

“En ese instante me arrepentí, pero supe que por el solo hecho de ver el grupo con la cara tapada y los brazaletes de las Auc, ya estábamos en las garras de esta gente. Parecíamos en el infierno, había muchos demonios”, narra.

A unos 100 muchachos se los llevaron a una escuela de entrenamiento en medio de la selva para que aprendieran a combatir a los guerrilleros. “Empezaban 30 y terminaban 17, el resto moría. No era como en el Ejército que para entrenar, se utilizan balas de salva, eran de verdad, el que asomaba la cabeza se moría y lo enterraban”.

En los combates vio morir a muchos compañeros. Salían unos 35 con sus fusiles y solo 20 regresaban al campamento. “Cuando un guerrillero quedaba en nuestras manos le perdonábamos la vida si nos mostraba las coordenadas del enemigo”, cuenta.

Jaime, a sus 38 años, tiene esquirlas de minas antipersona y heridas de bala en el cuerpo. Está vivo de milagro, muchos de sus compañeros quedaron locos, ciegos, mutilados, muertos y desaparecidos.

Asegura que nunca mató a un guerrillero de frente, pero que seguramente sí murieron muchos por sus disparos. “Yo tenía un fusil, este no disparaba pimpones, a nosotros no nos tiraban aleluyas, había que defenderse, era vivir o morir”, agrega.

Lo que más lo atormenta es el recuerdo de los amigos que dejó agonizando en medio de un combate y el rostro de los guerrilleros que desmembró.

“A mí me pusieron a picar gente sin yo querer. Me ponían un fusil cargado en la cabeza. Era ese guerrillero que ya estaba muerto o yo. La primera vez me tembló todo, hasta el pelo”, confiesa.

Sus últimos días en las Auc, los pasó en el oriente antioqueño con el bloque Héroes de Granada, del que se desmovilizaron 2.033 hombres, el 1 de agosto de 2005, de 31.671 paramilitares que se desarmaron (2003 y 2006) en el gobierno de Álvaro Uribe.

Una nueva vida
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Él pasa las horas cuidando y limpiando las tumbas de muertos sin dueño ni nombre.Foto: Jaiver Nieto.

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“Cuando nos comentaron que nos entregaríamos, pensé ¿qué voy a hacer en Medellín? Pero me di cuenta de que era una oportunidad para salir de esto legalmente. Ya no quería más guerra”, recuerda.

Una vez salió a la vida civil buscó a su hermano en las listas de todos los desmovilizados de las Autodefensas, así como en las bases de datos de guerrilleros de las Farc y del Eln que se entregaron. Lo mismo hizo mientras estuvo en la guerra, a todos los subversivos que conocía les mostraba la fotografía de Mauricio para ver si lo habían visto.

“Me demoré mucho para acostumbrarme a la población civil. Salía a la calle con miedo, no veía televisión, una luz de un bombillo me estorbaba, no consentía la bulla, uno estaba acostumbrado a vivir como los animales”, dice.

La Agencia Colombiana para la Reintegración, que ayuda a los desmovilizados en la reintegración social y económica, le dio la oportunidad de terminar la primaria y la secundaria.

En el 2014, durante el proceso de resocialización, llegó al Universal para cumplir 80 horas de labor social, allí descubrió que enterrando cuerpos, exhumando restos sin nombre y cuidando tumbas, liberaba todas sus culpas.

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Jaime López empezó trabajando en el cementerio Universal para iniciar su reintegracion a la vida civil. Foto: Jaiver Nieto.

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Empezó limpiando el césped y luego lo vincularon como sepulturero. “Amo este oficio y este cementerio. Aquí espero encontrar a mi hermano, quiero saber qué pasó con él, enterrarlo, despedirlo”, afirma.

Cosas como leer, escuchar a las víctimas y ayudar a las personas, que como él buscan a un desaparecido, también lo ayudan a liberarse de las culpas. Los recuerdos lo perturban de día y de noche, a ratos sueña cosas malas, ve rostros, escucha fusiles y voces, pero en el Universal halla paz interior.

Por ello, todos los días, Jaime recorre el cementerio, donde la mayoría de tumbas no tiene dueño ni nombre. Desliza sus dedos por cada una, acomoda las flores artificiales que él mismo pone, limpia el polvo y consiente a esos muertos que no son suyos.

MEDELLÍN

DEICY JOHANA PAREJA M.
Redactora de EL TIEMPO
deipar@eltiempo.com

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