Cuatro vírgenes esperan al papa a su llegada al país

Cuatro vírgenes esperan al papa a su llegada al país

En la Nororiental una mujer creó un santuario para la virgen María como corredentora

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María Neofay Iris Quiñónez está convencida de su misión de profeta para dar a conocer el proyecto de María Corredentora para el bien de la Iglesia y el pueblo.

Foto:

Jaiver Nieto / EL TIEMPO

31 de octubre 2016 , 02:45 a.m.

Era Jueves Santo del 2014. María Neofay Iris Quiñónez estaba orando en la parroquia San Martín de Porres, en el barrio Villa del Socorro, cuando oyó una voz en su interior que la sacó del arrobamiento en que se encontraba.

-Quiero que me traigas a tus 12 niños acólitos, a esta capilla.

La voz que se lo pedía era la de una mujer, dulce y suave. Era la misma que cuatro años atrás la despertó en su casa en Girardota y le anunció ser la ‘Virgen de los últimos tiempos’ en busca de profetas que hablen de su obra.

María Neofay, una mujer de 43 años, pelo tinturado, ojos castaño y 1,60 de estatura, es una de las elegidas. Una profeta de la luz.

-Eso es -se dijo-. -Se les va a presentar a dos o a tres, o tal vez a todos.

Atravesó la calle. Miró al cielo y vio el día esplendoroso. Hacía calor y el viento se recostaba sobre el ramal de la cordillera oriental que bordea a la ciudad en ese sector, en límites con el parque natural Arví.

-¿Ustedes quieren ver a la virgen? -les preguntó a los niños que encontró.
-¿Cómo así que si queremos ver a la virgen? -preguntó, incrédulo e inocente, uno de los niños.

El Domingo de Resurrección, los niños llegaron a la capilla para la misa de 12. Estaban vestidos con camisetas blancas estampadas con una imagen de la virgen y yines azules. Se sentaron en hilera en la primera banca, con cierto aire de beatitud y misterio. Con las manos se taparon los ojos esperando la milagrosa aparición. Pasó, tal vez, un minuto en esa posición y nada extraño ocurrió.

La eucaristía terminó y con ese candor y sencillez que suelen tener los niños, como si se tratara de un juego infantil, obedientes a María Neofay volvieron a taparse los ojos. Entonces fue cuando vieron deslumbrantes destellos de luz que se desprendían de las lámparas del techo del templo.

Con la mirada fija en las ondas luminosas que artificiosamente iluminaban el recinto unos vieron a la virgen María descender, tocarles la cabeza y bendecirlos. Otros la vieron bajar por las escaleras, envuelta en un resplandor azul claro. Cuatro más soñaron con ella esa noche.

Los niños firmaron en un papel que la vieron. El único que nos les creyó fue el cura de la parroquia. Para él, María Neofay está loca y manipula y engaña a los niños. “¡Quién sabe qué les dará para que vivan esas alucinaciones!”, dijo.
A la comunidad le pidió que, por favor, no le hagan caso a esa señora.

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Aunque no cuenta con la aprobación de la Arquidiócesis, este es un lugar de encuentro de la comunidad.

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 A unas tres o cuatro cuadras del templo parroquial, María Neofay levantó ‘El museo y santuario de la Virgen María Corredentora de Todos los Pueblos’. El vetusto edificio de tres plantas y pintado de azul y blanco está marcado con el número 47-12. En el primer piso funciona una cacharrería, en el tercero una casa de habitación y en el segundo lo que ella llama el santuario.

En el salón hay espacio para 80 personas sentadas en sillas blancas de plástico. El techo es bajo, pintado de blanco y sus paredes decoradas con fotos de actividades religiosas y un Viacrucis.

El altar tiene sobre el piso un tapete felpudo azul y blanco, cenefas y cortinas completan el decorado en el que sobresalen las imágenes de cuatro vírgenes hechas en fibra de vidrio, dos cuadros con la misma imagen, dos ángeles orando, un atril con una biblia abierta y ramos de margaritas teñidas de azul y blanco.

Desde ese lugar, María Neofay ha emprendido la misión que el Señor y la Virgen le encargaron a ella como vidente: mover el proyecto de María Corredentora para el bien de la Iglesia y el pueblo.

Las cuatro esculturas de la virgen, de 2,5 metros de altura, tienen unidas una cruz a su espalda. Llevan, igualmente, un paño a la cintura. Sus manos presentan llagas luminosas y los pies están puestos firmemente sobre el globo terráqueo, rodeado por un rebaño de ovejas.

-Estas esculturas y los cuadros debo entregárselos al Papa cuando venga a Colombia. -Dice, con la certeza de quien efectivamente ha recibido una misión especial. Celestial.

Nada fácil la tarea. El padomingo 3 de abril de este año, cuando pretendía llegar a la iglesia del barrio El Vergel, en San Antonio de Prado, que lleva el mismo nombre de la virgen de la que ella se dice su vidente, fue expulsada por la comunidad.

Llegó en dos buses con cerca de 100 personas, entre ellas 75 niños. El párroco no le permitió el ingreso a porque no es un lugar de peregrinación. La gente salió a los balcones, otros en la calle armaron especies de cadenas humanas, como barricadas, y le impidieron el paso a ella y a los peregrinos. “¡Váyase para su iglesia!” “¡No abuse de esos niños!” le gritaban mientras forcejeaban. La Policía también llegó. Tuvo que irse.

En la Unidad de Reacción Inmediata de la Fiscalía la recibieron. Allí presentó esa misma tarde una querella por injuria contra el Arzobispo de Medellín, Ricardo Tobón Restrepo. “El obispo, dice María Neofay, viene haciendo manifestaciones injuriosas contra mi diciendo que estoy loca, que me ignoren, que no me hagan caso y me siento discriminada”.

El santuario permanece vacío. Unos cuantos niños entran a saludarla, descargan sus maletas escolares y conversan entre ellos, nada de apariciones y milagros. El lugar no cuenta con la aprobación de la Arquidiócesis de Medellín para ser santuario.

-¿Cómo va a lograr usted acercarse al Papa para hacerle entrega de estas esculturas y cuadros? -Es la pregunta que le hacen.
-Él vendrá directo a mí. Yo me hice famosa en México con estas esculturas. Me entrevistaron más de 10 a 15 prensas.

Estos cuadros, estas esculturas son un regalo para el santo padre, para su estudio y aprobación del quinto dogma mariano.

Neofay viste una falda larga y blanca ceñida por una cinta azul. Camina desde el salón a lo que parece ser la cocina de la casa. Hay un mostrador y un estante. En el primero reposan 4.000 afiches, 1.000 de ellos gigantes, 10.000 volantes, 3.000 tarjetas, 1.000 camisetas y 30.000 medallas con la imagen y la oración de la virgen Corredentora de Todos Los Pueblos.

La obra que realiza la sostiene con el dinero que logró tras la separación de su esposo, a quien dejó hace cuatro años, además de sus dos hijos, por dedicarse al llamado que la virgen le hizo: “Hija esos cuadros, lucha por ellos. Cuídalos porque esos cuadros estarán en las manos del Papa”, repite.

María tiene miedo de que le tumben el santuario.

JORGE IVÁN GARCÍA JIMÉNEZ
MEDELLÍN
jorgar@eltiempo.com

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