Ciroarte es mirar la vida con otros ojos

Ciroarte es mirar la vida con otros ojos

Ciroarte trabaja en espacios culturales en el barrio Santa Cruz de Medellín.

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Recibieron un dinero que destinarán a algunos proyectos.

Foto:

Archivo particular

20 de diciembre 2016 , 07:59 p.m.

La emoción hace que a Flor Alba Restrepo le tiemble la voz cuando habla de Ciroarte.

Tiene tantas cosas por contar, que se podría quedar todo el día hablando de este proyecto. Gracias a ella en el barrio Santa Cruz, en la zona nororiental de la ciudad, la escuela dejó de ser el sitio al que solo se asiste a estudiar. Allí el arte vive en su máxima expresión gracias al programa Ciroarte, en conexión con la vida.

Este proyecto, que nació hace cuatro años de la mano de la profesora Flor Alba Restrepo, en la Institución Educativa Ciro Mendia, se encarga de brindar espacios de aprendizaje en diferentes áreas artísticas.

Gracias al trabajo que han realizado durante estos años, el pasado 29 de noviembre fueron galardonados con los premios de la Calidad de Educación en Experiencia Significativa, con la mención Cecilia Lince.

Ciroarte atiende aproximadamente a 150 niños, jóvenes y adultos del barrio que quieren aprender diferentes manifestaciones artísticas. Piano, danza, expresión corporal, guitarra y pintura son algunas de las clases a las que acuden las personas cada sábado a la Escuela Arzobispo García, que también hace parte de la Institución Educativa Ciro Mendia. En total son 27 talleres.

En un principio solo estaba disponible para estudiantes de Ciro Medina, pero ahora está abierto para toda la comunidad. Es ahí cuando la profesora Flor Alba Restrepo expresa que con Ciroarte se da la posibilidad de que la escuela sea de la comunidad.

“No somos los atrincherados de todas las instituciones, la escuela está abierta para todo el mundo, que eso es lo que finalmente debería ser la funcionabilidad de una escuela”, dice.

La docente cuenta que esta comunidad es “altamente deprimida”, por eso resalta que la posibilidad de acercarse al arte es una oportunidad de mirar la vida con otros ojos, de asumirse como persona y de entender que existen otros proyectos de vida de los que pueden hacer parte.

La mayoría de los que asisten a las clases, sábados desde las nueve de la mañana, son jóvenes.
Por esa razón, Restrepo destaca que “los chicos empiezan a entender, a darle otro sentido a su vida. Se transforman ellos, y al transformarse ellos empiezan a transformar su entorno”.

Ese fue uno de los motivos del reconocimiento, porque están generando gran impacto en la comunidad y están transformando la vida de muchos jóvenes que, en la mayoría de los casos, no tienen oportunidad de asistir a este tipo de actividades.

“Allá encuentran un horizonte diferente, son mirados, son tenidos en cuenta. Para nosotros ellos existen, incluso para sus familias pueden no existir, para la sociedad no existen, pero nosotros les decimos que sí, que usted puede cantar, puede tocar, usted puede hacer parte de algo”, asegura Restrepo.

Aunque a veces es difícil el trabajo, sobre todo por razones económicas, Flor Alba no se da por vencida, y los comentarios que recibe cada día le dan fuerza para continuar trabajando.

Ciroarte tiene 12 profesores voluntarios, pero el desplazamiento hasta el barrio es complicado para muchos. Además, existen otros gastos, como los materiales. Todo esto se costea con rifas y venta de diferentes productos.

El sueño de una sede

Y como dice la profesora Flor Alba Restrepo, “nos sostenemos con la ayuda de Dios”.
Pero eso no le impide soñar para algún día tener su propia sede, dice que a pesar de que los recursos son mínimos, la clave está en “meterle ganas”. “Lo que realmente sueño es tener una sede propia abierta al barrio todo el tiempo, todo el día, donde ellos puedan encontrar un sitio donde estén en comodidad, y poder ir a practicar a la hora que quieran. Pero eso significa bastante dinero, pero algún día lo lograré”.

Por ahora, seguirá trabajando porque está convencida de que “la educación es la única posibilidad que tenemos de alcanzar una sociedad más justa, equitativa y de personas con más felicidad. Si esta sociedad fuera un poco más feliz, podrían alcanzar a ser mejores personas y ser más productivos para la familia, para la sociedad, para el mundo”.

MATEO GARCÍA
Para EL TIEMPO
Medellín

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