Una Navidad vivida y celebrada desde tres generaciones distintas

Una Navidad vivida y celebrada desde tres generaciones distintas

A pesar de que la época navideña se ha transformado, la esencia de la celebración no ha cambiado.

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Muchos barrios aún conservan la tradición de decorar la cuadra.

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Archivo/EL TIEMPO

26 de diciembre 2016 , 10:58 a.m.

Nostalgia, nostalgia y más nostalgia. Una de las palabras más populares y que más se repite por esta época.
Pero la nostalgia no es algo malo, al contrario, la nostalgia es algo bonito, porque nos trae a la mente los bellos recuerdos que tuvimos en algún momento de la vida. Lo malo es que, probablemente, las cosas se quedarán en recuerdos y tal vez nunca vuelvan a suceder.

Aunque estos recuerdos son particulares, existe una historia en común que hace exclamar a la gente: “ya nada es como antes”.

Sí, las cosas han cambiado, pero tienen la misma esencia.

Todavía los niños van de novena en novena, para así tener más regalos el 24, y no importa que la tecnología se haya apoderado de todo, porque creo que hasta ahora no han podido remplazar una maraca.

Y ni hablar de la música, porque en cada esquina de la ciudad se puede escuchar una canción de Rodolfo Aicardi, el gran ícono de la música navideña, que ha puesto a bailar a varias generaciones. Nostalgia, sí, nostalgia porque se murió el ‘Loko’ Quintero, pero su música seguirá sonando cada año.

Además, la gente todavía come natilla y buñuelo, y toda la familia se turna para revolver, no los buñuelos, sino la natilla, porque no se puede dejar pegar, eso sí que sería una desgracia y una deshonra para las abuelas.

El caso es que las cosas han cambiado, y lo seguirán haciendo, porque lo que hoy estamos viviendo no será lo mismo dentro de unos años, pero siguen teniendo el mismo espíritu.

Recuerdos de una época navideña que no volverá a vivirse

Miré al cielo para ver si por cosas de la vida pasaba el Niño Dios. No lo vi, pero nunca perdí la esperanza. No me importaba que el primo mayor, que creía sabérselas todas, dijera que no existía, y que eran los papás. ¿Entonces quién dejaba el regalo debajo del árbol? ¿Papá Noel?, no creo, él solo tenía plata para darles a los niños de Estados Unidos, aquí en Colombia tenía que ser el Niño Dios.

Era un diciembre de comienzos de los 2000 y estábamos celebrando la Navidad. La casa de los abuelos era grande, en el Palo con San Juan, y los más pequeños corríamos por todo el lugar, con ansias de que llegara la medianoche. Dicen que a esa hora llega el Niño Dios.

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Los tradicionales alumbrados que se instalan en las casas de los barrios de la ciudad se resisten a desaparecer. Foto: Archivo/EL TIEMPO

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Nosotros jugábamos, y constantemente se escuchaba el grito de alguna mamá preocupada por la ropa nueva (de pronto era la mía, pero no la voy a hacer quedar mal).

Y los adultos también jugaban: revolvían natilla en el solar de la casa, pero natilla original, no de la que viene en caja, y la hacían a leña. Todo eso al ritmo de Rodolfo Aicardi y ‘El Loko’ Quintero.

Al juego de los adultos se sumaba el choque constante de las copas de aguardiente, porque no conozco un diciembre en el que no haya aguardiente, natilla y buñuelos.

Misteriosamente cuando todo terminaba y nos íbamos para la casa, los niños con sueño y los adultos en otro estado, debajo del árbol estaba el regalo.

Por aquél entonces pedíamos algún balón, una patineta o una bicicleta, para salir el 25, bien temprano, a jugar en la calle, pero tal vez esos diciembres no volverán a ser vividos. Por ahora solo queda decir ¡salud!

Nostalgia por los alumbrados que las empresas instalaban en aquellos diciembres ya lejanos

María Dolly Zapata Lara
Para EL TIEMPO

Era la década de los años 60 del pasado siglo, cuando nosotras las ‘cocacolas’, como nos llamaban los pelaos en aquellos tiempos, por aquello que cuando nos invitaban y eso sí, si nos daban permiso en la casa, íbamos a las del entonces sanas heladerías y solo, solo pedíamos aquella gaseosa americana que desde hace muchos años se conoce.

Vale la pena aclarar con palabras hoy no vergonzantes, no lo dábamos, por lo que también nos llamaban ‘pipiolas’: principiantes, novatas, inexpertas (Real Academia). Eran otras épocas.

En ese entonces ya se hacían los alumbrados navideños de la alcaldía de Medellín solo en la avenida la Playa, afectando los árboles en los que colgaban bombillas de alto voltaje. Era lo que había.

El resto de la ciudad la engalanaban las empresas privadas especialmente con sede en la autopista y otras tantas en diferentes lugares como en Tejicóndor, la que además de sus instalaciones ornamentaba la glorieta de San Juan con muy vistosos y originales arreglos navideños llenos de luces que se encendían el 8 de diciembre de cada año, día de las velitas en honor a María Inmaculada.

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Alumbrado en la década de los 90 en el río de Medellín. Foto: Archivo/ELTIEMPO

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Aquellos diciembres se fueron. Antes lo importante era el árbol navideño en las salas de las casas, pero lo imprescindible era el pesebre que congregaba a las familias y vecinos a rezar la Novena y cantar a la nanita nana, nanita ea…Anton tiru riru riu Anton tiru riru ra… y muchos otros villancicos inolvidables, veladas que se acompañaban de natilla, buñuelos y hojuelas, manjares que iban y venían intercambiándose en el barrio, todas estas bellas costumbres que también desaparecieron.

Luego entró de moda el alumbrado en los frentes de las casas, en la actualidad con tendencia a desaparecer.
Ahora lo que siempre hemos llamado los alumbrados se han convertido en una costosa competencia nacional de alcaldes de pueblos y ciudades que aplaudimos, aunque todos los pagamos. 

La nueva Navidad 2.0 que se celebra

Alejandro Mercado
Redactor EL TIEMPO

El 2016 recién despuntaba en el horizonte y el rostro de todos brillaba. No por la emoción, la unión familiar o las promesas que no se cumplen. Brillaban por la pantalla del celular que iluminaba más que el árbol de navidad dentro de la casa de mi abuela.

Sí...todos estábamos, pero no estábamos. Me descubrí enviando mensajes de año nuevo a una novia que no estaba conmigo en ese momento y a unos compañeros a quienes prometí ver más y no cumplí.

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En la calle 35 con la carrera 80 fueron instalados estos faroles gigantescos con imágenes en sus diferentes caras. Foto: Jaiver Nieto/EL TIEMPO

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Y así estábamos todos en mi familia, a excepción de mis abuelos quienes permanecían sentados tomados de la mano observando a esa horda de zombis tecnológicos.

El 2.0 llegó a Belén. Veo que ahora las novenas se leen por celular y se comparten en Instagram #NovenaTime. En mi niñez anhelaba el momento de la novena en la que escondían un Niño Jesús y para fomentar la amistad y el trabajo en equipo, nos ponían en grupos para encontrarlo.

Aquellos compañeros, son hoy padres, y tratan desesperadamente con regalos, rifas y “sobornos” no dejar perder el espíritu navideño. Pero es en vano. Las novenas se volvieron una competencia entre familias para ver quién da mejor comida o rifa mejores juguetes.

Mis primos lloran y patalean cuando se enteran de que no hay rifas y se corchan cuando les preguntan quién fue el arcángel que le anunció a María que daría luz al hijo de Dios.

La Navidad 2.0 no saca a los niños a la calle a exhibir y compartir los traídos, el fútbol se juega en consola de videojuegos y las charlas de amigos están en WhatsApp.

MEDELLÍN Y MATEO GARCÍA
Para EL TIEMPO

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