Foto: Cortesía CTI
Los tres cuerpos, que alparecer corresponden a los desaparecidos, estaban en aljibe de finca de propiedad de los Laverde. A la derecha de arriba a abajo: Virginia Lora de Laverde, Javier Laverde Lora y Angélica Gómez Guzmán.
Las autoridades dan por descontado que se trata de Virginia Laverde, de 73 años; su hijo, Javier Laverde, de 57 y la novia de este último, Angélica Gómez Guzmán, de 34 años.
Sin embargo, la plena identificación de los tres cadáveres que fueron hallados por el CTI el pasado 30 de diciembre en la finca 'La Pinpona', tras cuatro meses de búsqueda, no será oficial hasta que no se realicen las pruebas correspondientes.
El caso inquietó a los habitantes de El Rosal, un tranquilo municipio a menos de media hora de Bogotá.
Los tres desaparecieron el 24 de agosto pasado en la mañana. Y lo que inicialmente se creyó que era un secuestro económico terminó como un homicidio que, según fuentes cercanas a la investigación, tendría móviles económicos o por venganzas.
La supuesta cita que el administrador agropecuario Javier Laverde Lora iba a cumplir el 24 de agosto pasado no encaja dentro de la investigación. Los investigadores tienen dudas de que, como lo reportó inicialmente un empleado, ellos hubieran salido de la finca a hacer un negocio.
Otra punta de la investigación está orientada a las personas con las que los Laverde tenían la cita.
El caso llegó a conocimiento del CTI una semana después de la desaparición. Incluso, en ese momento aparecieron pruebas de supervivencia que trataban de desviar a las autoridades de un crimen que, según las evidencias, se cometió en el mismo sitio en el que los Laverde pasaban con frecuencia sus fines de semana.
A los pocos días, los investigadores empezaron a cambiar su tesis: no estaban frente a un caso de secuestro sino de desaparición. La búsqueda se realizó en la zona rural de El Rosal y terminó concentrada en el sitio donde había arrancado: en 'La Pinpona', a 3 kilómetros del casco urbano de El Rosal.
El CTI revisó una pequeña laguna ubicada en el área, sin resultados, y del 26 al 30 de diciembre sus agentes empezaron a revisar el aljibe. Fue necesario un carro de bomberos para sacar el agua y luego apareció una carga de rocas que ha dado algunas pistas.
"No es piedra de la zona. Parece que estaba preparada para el crimen", aseguró un investigador del caso. Debajo de ellas, amarrados entre sí por cuerdas que a su vez estaban atadas a otras piedras, para evitar que los cuerpos flotaran, estaban las víctimas.
"Los cuerpos presentaban, según los primeros experticios, un estado de descomposición moderado, al parecer por el agua y el mismo material de las rocas. Aún no se sabe si murieron antes de ser arrojados al pozo.
Se investiga cómo personas que cuidaron la finca supuestamente no habían notado ninguna situación irregular.
Los Laverde llegaron a la finca la noche del sábado 23 de agosto. Según lo dicho por un ex empleado a las autoridades, salieron en la camioneta blanca RAV 4 a las 6:45 de la mañana del 24 con destino a Chía, para mostrar una finca para la venta.
Constanza Laverde, familiar de las víctimas, le dijo a este diario que Javier se dedicaba a comprar fincas, a arreglarlas y luego venderlas. También vendía ganado y era un apasionado por los caballos. En la finca, de hecho, hay varias caballerizas.
En la vereda Buenavista, y en todo El Rosal, solo hay desconcierto. Es una de las regiones más tranquilas de la sabana y los hechos de sangre son allí más que inusuales.
"En cinco años que trabajé en la finca nunca escuché de ningún problema", le dijo a EL TIEMPO Juan Ortiz, ex empleado de los Laverde.
Él habló con Javier poco antes de su desaparición y dice que su ex patrono le ofreció que volviera a trabajar con él en alguna de las otras cuatro fincas que tenía en ese momento.
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