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De octubre a diciembre, recolectores de todo el país llegan al eje cafetero atraídos por la cosecha

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Foto: Ricardo Vejarano / EL TIEMPO

John Jiménez cayó de un quinto piso cuando trabaja en construcción. Ahora es cosechador de café y sus compañeros le dicen 'Tuercas', debido al acero que le colocaron los cirujanos.

En promedio, ganan unos 260 pesos por kilo. Los mejores cosechadores cogen hasta 250 kilos diarios. Pero hay otros que no pasan de 40.

John Jiménez, un cosechador de café, alto y flaco, examina, una por una, las 32 radiografías de sus huesos rotos contra la luz amarillenta del bombillo exterior de la casa campesina.

La vivienda de arquitectura antioqueña, de paredes blancas y zócalo rojo, se levanta junto a una carretera sin pavimentar que se desprende del casco urbano del municipio de Palestina (Caldas). La vía recorre cinco veredas cultivadas, casi en su totalidad, por matas de café de la llamada variedad cinco.

Por la parte de atrás, la casa da a un cafetal de 81 mil palos, en el que trabajan 55 cosechadores llegados del Tolima, Cauca, Caldas y Huila, entre otras regiones. Alejandro es uno de ellos.

"¡Mire... Aquí se ven los tornillos... ", exclama el muchacho con la vista puesta en una de las placas. Cuenta que dos años atrás, cuando era trabajador de la construcción, se cayó de un quinto piso y sufrió fracturas en todo el cuerpo.

"Me colocaron 32 tornillos, 14 tuercas, 14 arandelas, 14 alambres, 4 platinas y 4 plaquetas", dice John. Tiene 20 años y sus compañeros lo apodan 'Tuercas'. Otros le dicen 'Chatarra'. Sus amigos afirman que vale lo que pesa.

"'Tuercas' coge unos cien kilos diarios del grano. No es el más rápido de los cosechadores que, por esta época, llegan a la zona cafetera, pero él tiene razones para darse por satisfecho. "¡Parce, usted está vivo es de puro milagro!", exclaman algunos cuando ven las placas que Alejandro carga con su equipaje, por si de pronto le toca correr a donde el médico.

Como los demás cosechadores, John carga en su morral los implementos de aseo, una toalla y dos mudas de ropa para trabajar y una para 'dominguiar'. La de 'dominguiar', que es igual a la de trabajo, pero limpia, se la ponen los sábados al mediodía, cuando termina la jornada laboral.

El resto de la semana, los recolectores trabajan desde las cinco de la mañana. Si llueve, se forran con plásticos y, si truena, se encomiendan a santa Bárbara para que no los vaya a partir un rayo, pero siguen con su trabajo. No pueden perder tiempo, pues su paga depende de los kilos que cojan.

Luis Méndez y su compañera, Arancy Mahecha, cogen 200 kilos cada día. Se conocieron hace 7 años en Santa María (Huila), a donde él llegó a recolectar café, y desde entonces andan juntos.

"Nos enamoramos y me la robé un día, porque los papás no querían que se fuera conmigo", dice el hombre, un quindiano de 28 años que trabaja en los cafetales desde los seis. A esa edad recogía café del suelo en una finca de Génova.

En medio de sus precariedades, Luis y Arancy son un ejemplo del trabajo en pareja.

"Todo lo que ganamos es pa' juntos... si nos va bien con esta cosecha compramos una nevera y una lavadora y, si queda, un televisor de pantalla plana", dice Arancy, quien se queja de que las ramas le rajaron las palmas de las manos.

Luis y Arancy duermen en dos catres que alinearon, uno al lado del otro, en la misma pieza con piso de cemento en la que duermen otros 13 cosechadores. El lugar huele a moho, sudor rancio y humo de cigarrillo.

Estos recolectores andan casi todo el año de cosecha en cosecha. Deambulan por el eje cafetero, Antioquia, Huila y la costa atlántica. Llegan precedidos de mala fama.

"De cada diez, ocho consumen alcohol y la marihuana. Casi todos reciben la plata y corren a gastársela en el pueblo", dice Óscar Cano López, mayordomo de la finca La Granja.

En el casco urbano de Palestina, por ejemplo, se dan cuenta de que llegaron los recolectores porque aumenta el volumen de las rancheras en las cantinas, y la zona de tolerancia se llena de clientes. También hay movimiento cerca a la plaza de mercado, a donde llegan los jeeps de servicio público, en algunos almacenes, restaurantes y en las empresas de giros.

Se dan cuenta de que los recolectores se emborracharon por el escándalo que provocan los que se retan en la calle a probar que son hombres, machete en mano, y porque ven correr a los policías y los ven regresar con cinco o seis detenidos cada fin de semana, además de trasladar algún macheteado al hospital.

A veces, los cien mil o doscientos mil pesos que se ganaron en la semana se les acaban el mismo sábado por la tarde, sobre todo cuando se van a El Percal, considerado por los cosechadores como el mejor prostíbulo de Chinchiná y de sus alrededores.

Allí pagan 28 mil pesos por media botella de ron y veinte mil por acostarse con alguna de las mujeres que se exhiben entre las mesas en baby dolls o en ropa interior tipo garota.

Para evitarse problemas, los mayordomos prefieren trabajar solo con gente conocida, pero cuando la cosecha aumenta, contratan indiscriminadamente.

A veces les llegan personajes inusuales, como un hombre apodado 'Muñeca'. Cuentan que era un sobreviviente de Armero que después de deambular por varios días entre el fango, logró recuperar una muñeca plástica que pertenecía a su familia. Fue lo único que le quedó.

"Andaba con esa muñeca pa' todas partes. Le compraba ropa, perfume, maquillaje, medias, calzones y le hablaba como si tuviera vida", dice el mayordomo de La Granja.

Él y los otros los mayordomos de la región piensan que 'Muñeca' no anda en sus cabales, pero siempre lo enganchan como recolector.

La zona cafetera es, en esta época, el único lugar del país donde se puede conseguir trabajo cinco minutos después de haber puesto los pies en cualquier pueblo, sin importar que el aspirante tenga 32 tornillos en su cuerpo, se meta su paga en marihuana o duerma con una muñeca perfumada.

JOSÉ NAVIA
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
PALESTINA (CALDAS)

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