La pericia del piloto Bryant Beebe, de 51 años, impidió lo que hubiera podido ser una tragedia de grandes magnitudes en la zona urbana de este municipio, a 26 kilómetros de Bogotá.
Beebe, al frente de un Boeing 747-200 de 70 metros de largo -un avión de carga alquilado por la empresa colombiana Centurión y con una tripulación de 8 personas-, salió del aeropuerto Eldorado a las 3:54 a.m., rumbo a Miami con flores y otras mercancías.
Según información del coronel Donall Humberto Tascón, director (e) de la Aeronáutica Civil, "al despegar se reportó en emergencia. Uno de los cuatro motores se incendió. El piloto solicitó volver y empezó a maniobrar. En ese momento, la torre de control perdió el contacto".
Beebe intentó un barrigazo en la hacienda Casablanca, luego de sobrevolar Madrid a muy baja altura, con el riesgo de caer sobre unas 10.000 personas que habitan en los barrios Las Palmas, El Porvernir y Puertas de Alcalá. Tras el impacto, se registraron cuatro explosiones y un gran incendio. El avión prácticamente se desintegró. Solo quedó completa la cabina.
En la caída, el avión arrasó una de las casas de la hacienda. Dos de sus tres habitantes fallecieron: Pedro Nel Suárez Sotelo, de 50 años, y su hijo Edwin Steven, de 13. Ana Josefa Pardo, esposa de Pedro Nel, sufrió heridas graves en la cabeza y en el tórax y fue trasladada al hospital La Samaritana de Bogotá.
Un despertar angustiado
El accidente despertó a gran parte de los 70 mil habitantes de Madrid.
Ismael Díaz fue uno de ellos. Este hombre, que trabaja como ebanista y taxista, fue uno de los primeros en llegar al lugar del siniestro y sacó a Ana Josefa de los escombros.
"Le quité una muro que tenía en las piernas y la arrastré hacia un lugar donde no corriera peligro. Eran, más o menos, las 4:05 a.m.", relata. Por Pedro Nel y su hijo no pudieron hacer nada. Su muerte fue instantánea.
A la hora del accidente, Jairo Humberto Martínez era uno de los pocos habitantes de Madrid que no dormía. Iba a tanquear el taxi que maneja en la noche cuando vio cómo el avión pasaba cerca de su cabeza. Segundos antes, el celador de la hacienda Casablanca, Elí Dussán, se percató de que algo pasaba.
"El avión iba muy bajito, dio la vuelta y pensé que se iba a estrellar contra las casas del pueblo. Luego viró otra vez y las luces me quedaron de frente. Se estrelló con las cuerdas de la luz cerca de la carretera, salieron chispas y estalló. Corrí hacia el cerro mientras oía otras tres explosiones", narra.
"Se cayó un avión", les alertó Martínez -quien también es bombero voluntario- a sus compañeros taxistas por radioteléfono. Nadie le creyó.
Los trabajadores de Casablanca quedaron en pie con el estruendo y las casi 600 hectáreas de la hacienda fueron iluminadas por las llamas, que alcanzaron hasta 200 metros de altura.
Con lo primero que Román Vargas (el administrador), Elí y Uriel se toparon fue con la cabina del avión, el único pedazo que no se había incendiado. "Se escuchaban gritos y con las luces del celular vimos a los pilotos que estaban adentro, con máscaras de oxígeno y haciéndonos señas para que los sacáramos", cuenta Uriel. Los ocho tripulantes sobrevivieron al impacto.
A los 10 minutos del choque llegó Martínez en la máquina de bomberos de Madrid y tras él patrullas de la Policía de Madrid y Mosquera y los bomberos del Comando Aéreo de Mantenimiento de la Fuerza Aérea Colombiana.
Con piedras, las culatas de los fusiles de los policías y hasta con unos objetos negros metálicos que quedaron regados, intentaron romper los vidrios de la cabina, pero, "qué vidrios tan duros", contó Román.
"Tuvimos que utilizar una maseta, porque los bomberos no tenían picas ni elementos para romper los vidrios. Nos demoramos casi media hora para poder sacar a los dos pilotos", cuenta Uriel.
Los heridos fueron evacuados en dos helicópteros de la Fuerza Aérea. Alrededor, regados, paquetes de rosas rojas que se quemaron en el incendio y otras que quedaron casi intactas.
La Aerocivil informó que las dos cajas negras del aparato fueron encontradas y anunció el inicio de una investigación.
Otros accidentes cerca de Bogotá
28 de abril de 2004. Un avión DC-10 de la empresa Centurión, la misma del accidente de ayer, se salió de la pista uno del aeropuerto El Dorado. Cuando aterrizó, tuvo problemas en los frenos del tren delantero, deslizándose 200 metros. El hecho ocurrió a las 4 a.m. y no se presentaron heridos graves.
11 de octubre de 2007. Una avioneta Cessna de la empresa Riosur se accidentó en el barrio La Rosita de Fontibón dejando 7 personas muertas. En el avión viajaban dos personas que pertenecían a la tripulación y tres de una misión médica. Las otras dos víctimas estaban en una vivienda. La aeronave tuvo fallas técnicas e intentó devolverse al aeropuerto.
25 de octubre de 2007. Por 12 horas la pista uno de ElDorado fue cerrada. Un avión Boeing 757 de Avianca se deslizó y terminó en los separadores del terreno cuando carreteaba para despegar.
27 de marzo de 2008. Una aeronave monomotor se precipitó a tierra luego de salir del aeropuerto de Guaymaral.
Lista y estado de los heridos
Comisiones de Estados Unidos en la investigación
Dos comisiones de Estados Unidos, expertas de la Federal Aviation Administration y de la TSB, agencia de seguridad aeronáutica de ese país, viajaron a Colombia para participar en la investigación que lidera la Aeronáutica Civil por el siniestro ocurrido en Madrid, Cundinamarca. Su participación es a manera de colaboración.
La Aerocivil informó que el avión es de propiedad de la empresa norteamericana Kalita Air, estaba en arriendo de la compañía Centurión y no tiene antecedentes de accidentes en Colombia.
La entidad agregó que ya verificó y encontró que todos los papeles están en regla, tanto el certificado de areronavegabilidad y seguros. Sin embargo, se inició una investigación para establecer los niveles de responsabilidad.
Los familiares de las dos personas que perdieron la vida quedaron protegidos por los seguros.
Es el segundo episodio que se presenta con aviones de carga.
Hace dos meses un avión comenzó a quemar gasolina cuando sobrevolaba Bogotá. El peso del combustible no le permitía elevarse y el evento aterró a los habitantes de la zona de Ciudad Salitre, occidente de la capital. En lo que va a del año se han presentado siete accidentes, en su mayoría de aerotaxis, en los Llanos Orientales. Este es el primero de aviación regular.
Pedro Nel y su hijo estuvieron juntos hasta la muerte
Edwin Steven, el hijo menor, andaba para arriba y para abajo al lado de su padre, Pedro Nel Suárez Sotelo, de 50 años.
A diario lo acompañaba a bordo de su moto de 125 c.c. a cumplir sus tareas como labriego de Casablanca, la hacienda ganadera donde trabajaba desde hace 26 años, en Madrid (Cundinamarca).
Edwin, de 13 años, debía retornar ayer a clases al colegio Pedagógico Inglés de Madrid, donde cursaba segundo de bachillerato.
Pero en el amanecer, mientras dormían, la muerte los sorprendió desde el cielo. La casa prefabricada de la familia Suárez fue lo primero y único que destruyó a su paso el Boeing 747.
Pareciera que Edwin Steven quiso seguir acompañando a su padre, hasta en el día de su muerte.
Con ellos estaba Ana Josefa Pardo, la esposa y madre, quien sobrevivió al siniestro. La construcción que habitaban desde hace cinco meses, en el borde de una extenso terreno de pastizales donde colisionó el avión, quedó destrozada.
Pedro Nel era oriundo de Saboyá (Boyacá) y sus amigos lo conocieron como un hombre alegre y extrovertido.
"Le gustaba molestar con las bestias, amansaba caballos y una vez tuvo un accidente por eso. Creo que nunca montó en un avión y se murió por culpa de un avión", contó el administrador de la hacienda, Román Vargas.
Todos los días, Pedro Nel le daba de pastar al ganado. Su rutina empezaba a las 7 de la mañana y culminaba a las 4 de la tarde.
Ana Josefa, de 44 años, trabaja en Productos Ramo, en Mosquera. Ella se recupera en el Hospital de La Samaritana, en Bogotá.
En el último puente festivo de mayo, la familia Suárez había tomado unas vacaciones en Girardot, para celebrar el cumpleaños de Pedro Nel.
"Desde que regresaron estaban muy contentos", contaron sus familiares. El último fin de semana habían tenido la visita de Nini Johana y Angela, las otras dos hijas de Pedro y Josefa. Pero ellas se fue la noche anterior a la tragedia.
A Edwin Steven, las primas lo recuerdan como un niño noble, echado para delante y decente. "Ayer (domingo) fue el último día que los vimos, porque vinieron a saludarnos y Pedro contó que el viernes había vendido la moto".
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