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Infantes de Marina superan las heridas de la guerra haciendo vitrales

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Seis hombres pusieron a la Virgen de la Candelaria en la Catedral de Magangué.

Al infante de marina Luis Miguel Parra tres balazos lo llevaron, en un año, a dejar de aprender los oficios del guerrero para convertirse en artesano de vitrales.

El lunes entregó uno para la fachada de la iglesia de su pueblo, la Catedral de Magangué (Bolívar) que tiene la imagen de la Virgen de La Candelaria navegando por el río Magdalena sobre una canoa llamada La Morenita. Él y otros seis infantes trabajaron casi tres meses en el. Entre tantos días oscuros que ha vivido en los últimos 11 meses, el lunes fue un gran día para Parra.

El 11 de agosto del 2011, tras combatir ferozmente varios días contra los frentes 29 y 30 de las Farc en la zona rural de El Charco (Nariño), recibió tres balazos en la pierna izquierda. A los 25 años se la amputaron, para salvarle la vida. Y a principios de este año, para sacarse "el 'cassette' de la guerra", para "meterse en otro video", dijo, se unió al Taller de Artes y Oficios Héroes de la Patria, impulsado por la Armada, y allí aprende de vitrales.

El capitán de Navío David Yunda Martínez, director de Bienestar Social de la Institución, cuenta que el proyecto inició en febrero y en el participan infantes de marina que se recuperan de las heridas que sufrieron en combate.

La idea, explicó Yunda, es que los jóvenes despejen su mente del tema de la discapacidad que empiezan a enfrentar y luego, a lo mejor, las nuevas artes que aprenden les puedan servir como proyecto de vida, como un trabajo.

El sueño de Parra, ahora, es seguir puliendo la técnica, no desvincularse de la Armada y ojalá convertirse en instructor para enseñarle a construir vitrales a otros miembros de las otras Fuerzas Armadas. Para decirles que "así piensen que ya se les acabó la vida, que no pueden hacer más nada, uno tiene que buscar el talento".

Sobre el cambio de oficio agregó que la disciplina que aprendió en sus días de guerrero le ayudan a enfrentar el nuevo reto. Aunque, ahora, siempre debe fijarse más en los detalles, porque trabaja con cristales que se rompen ante la más mínima torpeza.

"No son como un fusil, que uno lo deja caer y no se parte ni nada. Con el vidrio hay que tener bastante cuidado, y también toca protegerse, no vaya a ser que le caiga algo a uno en el ojo y lo vaya a molestar más de lo que está", bromeó.

Alberto Mario Suárez D.
Corresponsal de EL TIEMPO
Cartagena

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