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Una huerta crece bajo el puente Pumarejo; se formó con la tierra que arrastra el Magdalena

Cipriano de la Cruz es el habitante mas viejo de la fértil Isla Pensilvania, ubicada frente a Barranquilla.

Foto: Carlos Capella

Cipriano de la Cruz es el habitante mas viejo de la fértil Isla Pensilvania, ubicada frente a Barranquilla.

Allí, unas 34 familias cultivan muchos de los productos con los que se surten las tiendas y plazas de Barranquilla.

Hace 38 años, cuando comenzaron a meter las primeras estructuras del puente Laureano Gómez o Pumarejo, que comunica al Atlántico y el Magdalena, en la Isla Pensilvania, Cipriano de la Cruz Viloria ya era viejo de vivir allí.

Hoy, a sus 95 años, es uno de los cultivadores que lleva más de 60 sembrando hortalizas y frutas en esta pequeña despensa, que surte con sus productos a tiendas y plazas de mercado de Barranquilla.

"Desde que abrí la boca pensé que iba a morir sobre el campo, y en eso estoy", dice Cipriano, quien se apoya en un cayado para caminar por entre los cultivos de ají dulce.

Allí mismo está firme la casa de madera y techos de zinc oxidado que le construyó la firma que levantó el puente y en donde nacieron sus primeros 12 hijos. "Ya tenía dos, luego me nacieron siete más", recuerda el viejo, que ahora tiene otra compañera menor que él, de 50 años.

La isla se formó hace más de 100 años con los sedimentos que arrastra el río Magdalena y que deja allí antes de ir a morir en Bocas de Cenizas.

Es un pedazo de tierra, ubicado en el departamento del Magdalena, de unos dos kilómetros y medio de largo por uno de ancho, y está habitada por 34 familias que cultivan cebolla, cilantro, col, tomate, berenjena, ají, papaya, melón, maíz, yuca y hasta crían pollos y cerdos.

"Al que no le da es porque no la cultiva", asegura Cipriano, que es el último de los sobrevivientes de los campesinos que hace más de 60 años se metieron aquí desafiando en botes las corrientes del río y a la Policía, que intentó repeler a los invasores.

Pelean contra la corriente

El presidente de la Junta de Acción Comunal de la Isla de Pensilvania, Ángel De la Cruz, quien creció jugando entre las hortalizas y los pilotes del puente, recuerda que el 18 de julio de 1968, luego de años de luchas y pleitos, el Incora los legalizó y les entregó escrituras a 64 familias.

Como consecuencia de las arremetidas del río en los últimos 15 años, la mitad de estas familias debió abandonar la isla. El líder comunal estima que el agua se llevó más de dos kilómetros y dejó a muchos sin techo.

"Algunos fueron a la Caja Agraria a pedir un préstamo, pero les pidieron hasta la cédula del perro, por eso no regresamos más allá", recordó.

Para controlar las inundaciones súbitas del río, los campesinos cavan zanjas de hasta tres metros de profundidad al rededor de los cultivos. Cuando las aguas entran, no se llevan los sembrados.

Los campesinos de Pensilvania viven como sus padres: sin servicios públicos, toman agua del río, labran la tierra con azadones, desmontan con machetes y riegan con mangueras. Van y vienen de Barranquilla o Soledad, donde hacen sus negocios. Algunos hasta tienen casas, pero siempre regresan. Como Atenógenes Ferrer, quien llegó hace 25 años a trabajar en un pedazo de tierra de un hermano.

"Aquí tenemos tranquilidad, todos nos colaboramos", dice, envuelto en una humareda del tabaco que aprieta entre sus labios.

Según los mismos labriegos, esta tierra es buena, aunque les toque pelear con los largos veranos o fuertes inviernos y, cuando están de malas, hasta con la plaga que se come los cultivos.

LEONARDO HERRERA D.
CORRESPONSAL DE EL TIEMPO
ISLA DE PENSILVANIA (MAGDALENA)

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