Sentado contra una pared y con la mirada perdida en el polvorín de la zona de Barranquillita, Antonio Sarabia sigue a la espera que aparezca la primera tractomula del día.
No recuerda cuántos bultos de arroz padi - arroz sin procesamiento-, ha cargado desde sus 22 años. Hoy lo que más lo aturde es que debe ganarse unos pesos para poder cargar los gastos de su casa.
"Ya va casi una semana que uno viene y con las mismas se va en blanco", confiesa con tristeza, sabiéndose una de las víctimas del paro de camioneros.
Sarabia se gana 25 mil pesos diarios con los que sostiene a las cuatro personas que conforman su familia , de los cuales 20 mil se van en las tres comidas y los restantes 5 mil los gasta en sus pasajes de bus entre el barrio Las Américas y el Mercado.
"Las cosas que faltan en el hogar se fían en la tienda y tenemos que engañar al cachaco para que espere que se arregle la mano", dice Sarabia
Los coteros por lo general son hombres robustos, de piel oscura y de gran fuerza muscular. Se ensucian, se exponen al calor de las bodegas donde guardan lo que descargan.
Parecen hombres del antiguo Egipto, siempre andan con una especie de turbante confeccionado a base de retazos de jean o pedazos de saco.
"Antes uno trabajaba de seis de la mañana a seis de la tarde, ahora ya a la una de la tarde estamos sin hacer nada, esperando por camiones que nunca llegan".
En la zona donde trabaja Antonio llegan mulas cargadas con 35 toneladas de arroz, la tonelada de carga bajada se la pagan a seis mil pesos.
"Antes uno se ganaba hasta 48 mil pesos, descargando 8 toneladas de arroz en un día, ahora de vaina, uno se gana 12 mil pesos".
El drama de los coteros es notorio y se agudiza al momento de llegar a sus casas y tener que darles explicaciones a sus parientes sobre el día malo.
Los coteros de la zona son muy unidos, por eso, si no hay carga, todos se marchan sin nada; y cuando hay movimiento, todos se llevan un poquito.
Esta mecánica de acción la adoptaron hace algunos años, desde que unos oportunistas querían agruparlos en cooperativas y les exigían mucho dinero para afiliación y sostenimiento.
"Por eso, que cada perro que lama su nudo", exclama a su turno, Manuel Barrios, cotero veterano de la zona
"Apenas ayer se empezaron a sentir los rigores del paro, pero si esto sigue así, el mercado de granos de Barranquilla entrará en colapso a más tardar en diez días", afirma Luis Miguel Lache, propietario de una procesadora y bodega de arroz de la ciudad.
Y mientras la situación se normaliza, Antonio Sarabia baja su gorra naranja a la altura de su rostro y clava la mirada en el piso, quizás esperando sentir el gruñido del motor de su primera mula del día.
DANIEL ESCORCIA LUGO
Especial para EL TIEMPO
BARRANQULLA