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Los pueblos de la ciénaga Grande demandan al Estado por incumplimiento de obras

Foto: Leonardo Herrera / EL TIEMPO

Las Trojas de Cataca, en la ciénaga Grande del Magdalena, los habitantes que quedan después de la masacre (Auc) en el 2000, esperan ser reparados.

Hace ocho años, 'paras' masacraron a 37 pescadores en Las Trojas de Cataca, Buenavista y Nueva Venecia.

Las pocas familias que aún quedan en Las Trojas de Cataca confían en que Dios no se olvide de ellas.

Esa esperanza es la que alimenta sus espíritus y les permite resistir el panorama de hambre, miseria, abandono, desidia oficial y hasta el terror que sembraron los paramilitares, en ese rincón de la ciénaga Grande de Santa Marta.

Las Trojas fue un pueblo de pescadores alegre, como Nueva Venecia y Buenavista, las otras dos localidades palafíticas de la ciénaga, que durante varias generaciones nacían y morían allí de viejos. El lugar les proveía todo, hasta la muerte en paz.

Situado a media hora en lancha de Pueblo Viejo, su cabecera municipal, en la desembocadura del río Aracataca, en este poblado había dos colegios, estación de Telecom, iglesia, sede del Sena y muchas casas levantadas sobre mangles y de techos de zinc oxidados. Era una de las despensas piscícolas de la costa Caribe.

Pero todo esto cambió, dice Carlos Castro, quien lleva 42 años viviendo allí, la madrugada del 22 de noviembre del 2000. Ese día, un comando de paramilitares masacró a 37 pescadores de los tres pueblos, acusados de ser colaboradores de la guerrilla.

Detrás de la estela de sangre y dolor que dejó la incursión de las Auc, bajo el mando de Rodrigo Tovar, alias 'Jorge 40', siguió el desplazamiento masivo de los habitantes.

La gente huyó despavorida a los municipios de Ciénaga, Pueblo Viejo, Fundación y otros a Soledad (Atlántico).

Después de ocho años, la mayoría no piensa volver, y se conocen historias de algunas familias que prefieren seguir en la indigencia y hacinamiento de desplazados que regresar.

El Gobierno se comprometió a llevarles obras de desarrollo, como energía, pero el proyecto no alcanzó a llegar a Las Trojas, donde la gente aún se ilumina con mechones y cocina con leña, como hace cien años, cuando llegaron las primeras familias a fundarlo.

Algunos proyectos aislados de ONG y la llegada de una estación de la Policía en Nueva Venecia son lo que pueden mostrar.

Cuando arrancó el proceso de Verdad, Justicia y Reparación, en la ciénaga Grande nadie esperó nada, porque en estos ocho años no pasó nada con sus verdugos y nadie respondió por sus víctimas.

Las declaraciones de los comandantes paramilitares que confesaron su responsabilidad les volvió a abrir las heridas, pues en sus indagaciones insistieron en que fue una acción de guerra contra colaboradores de la guerrilla, es decir, negaron que se tratara de una masacre.

"Ahí cayó gente inocente que no tenía que ver con nada y ahora nos van a hacer creer que todos somos guerrilleros y no se nos va a reconocer nada", dijo con sentimiento de impotencia Armando, otro viejo pescador que escuchó la noticia en la radio y que ahora no quiere saber nada del tema.

Además de las oraciones y la esperanza que avivan su fe, los habitantes de estos palafitos esperan algún día tener noticias de la demanda que instauraron ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos contra el Gobierno nacional, proceso en el que muchos pescadores entregaron sus declaraciones, les tomaron fotos, huellas y largas entrevistas.

"No solo es el doloroso recuerdo de llegar y no encontrar a sus seres queridos, sino que muchos quedaron traumatizados", cuenta Carlos Castro, quien dice que ese día él se salvó de ser ejecutado porque estaba pescando.

Hasta los peces se fueron

Al problema que desató la violencia en estos pueblos se sumó otro drama: la agonía de la ciénaga Grande por el impacto ambiental.

Pescadores de Buenavista, Nueva Venecia y Las Trojas viven la desaparición de muchas especies de peces por la contaminación, la sedimentación y la falta de intercambio de aguas dulces.

Jorge Guerrero, que vive en Buenavista, a 20 minutos en lancha de Las Trojas, cuenta que el caño de aguas negras está obstruido. Lo grave, dice, es que este es el canal más importante, porque aporta agua dulce al complejo lagunar.

La Corporación Autónoma Regional del Magdalena (Corpamag) ejecuta actualmente obras hidráulicas en los caños que abastecen a la ciénaga, pero los pescadores dicen que los trabajos no fueron concertados con ellos y que no se ven los resultados.

"Cuando hay creciente en la ciénaga Grande se incrementa la producción pesquera, y si eso ocurre los pueblos surgen, la gente tiene para arreglar sus casas, comprar sus canoas", dice Jorge, que se resigna a esperar que la mano de Dios llegue a ese rincón olvidado de Colombia, porque tienen fe en que Él no los ha olvidado.

Ni el cura ha querido regresar a las trojas

De las 160 familias que había en Las Trojas, hoy solo quedan 28. Las casas que quedaron solas se fueron cayendo. Ya han contado 135 viviendas derrumbadas.

Hay una sola profesora para atender a unos 60 niños, que están hacinados en un salón. Los educadores no quieren volver al pueblo.

La antena de Telecom y la iglesia son ruinas del pasado. Los capacitadores del Sena y el cura tampoco han querido regresar.

LEONARDO HERRERA
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
CIENAGA GRANDE DE SANTA MARTA

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