Las parteras del Pacífico, un tesoro en medio de la miseria

Las parteras del Pacífico, un tesoro en medio de la miseria

Aunque su labor fue exaltada como patrimonio nacional, las condiciones de trabajo son precarias.

Partera

Una partera revisa a una mujer que está por dar a luz.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

05 de marzo 2017 , 12:07 a.m.

Los jóvenes que andan armados por el Lleras Camargo, un barrio de Buenaventura con caminos de piedra y casas de madera, respetan a Melenciana Cundumí.

Ellos, miembros de bandas como ‘la Empresa’ y ‘el Clan del golfo’, que defienden territorios a sangre y fuego, reconocen a esta septuagenaria como una especie de sabia que ha traído al mundo a los hijos de buena parte de los habitantes del Lleras y de otros sectores del puerto vallecaucano.

Doña Melenciana es una de las 1.600 parteras del Pacífico (específicamente de los litorales de Valle, Chocó, Cauca y Nariño) cuyo oficio fue incluido en septiembre en la ‘Lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la nación’.

Ser partera significa salir de su casa, sin importar la hora, cuando le avisan que una mujer está a punto de dar a luz en alguno de los apartados corregimientos o veredas de la zona, muchos de los cuales no cuentan con puestos de salud. Cuando eso ocurre, Melenciana empaca rápidamente los elementos esenciales para su labor, como la campana de Pinard, un estetoscopio de madera que, pegado al vientre de la futura madre, permite escuchar los latidos del pequeño que pronto nacerá.

Los recorridos para atender un parto pueden durar horas, a veces por mar y por río, como cuando se va a las veredas de Puerto Merizalde, por el río Naya. Y los costos son altos: por un viaje de Buenaventura a López de Micay, Cauca, se pagan alrededor de 100.000 pesos por trayecto (seis horas en lancha), con el agravante de que muchas veces quienes llaman a las comadronas no tienen con qué pagar su transporte ni sus servicios.

Por no hablar de la falta de comprensión de buena parte de los médicos de la región, que no ven con buenos ojos que estas mujeres preparen a la gestante con sus conocimientos ancestrales y acompañen a su familia, incluso desde meses antes del alumbramiento.

Todo esto, en una región ‘caliente’, que en el 2014 llegó a producir 41 homicidios por cada 100.000 habitantes en Buenaventura –de acuerdo con Medicina Legal–, frente a los 26,5 que registró el país ese año.

Aun cuando la tasa se redujo a 21 por cada 100.000 en el 2015 (último dato disponible) y las bandas criminales andan con un perfil bajo, después de la atención nacional que suscitaron las denominadas ‘casas de pique’ (lugares dedicados al asesinato y la desaparición de cadáveres), lo cierto es que siguen amenazando a la población.

Parteras como Plácida Lerma, con más de 30 años de experiencia, y Rosmilda Quiñones, de 66 años y una de las fundadoras de la Asociación de Parteras Unidas del Pacífico (Asoparupa), señalan que esta situación no solo pone en riesgo sus vidas, sino que dificulta la prestación de sus servicios.

Pero a pesar de todos los sacrificios y riesgos que implica, la partería aún está muy lejos de ser un medio para ganarse la vida. Doña Melenciana y sus colegas asumen su oficio como un aporte a la comunidad, que en la mayoría de los casos no tiene una remuneración económica. Por eso, la mayoría no tiene seguridad social y debe buscar actividades que sí generen ingresos, desde sembrar chontaduros y papas chinas hasta desempeñar oficios domésticos. Al final, sus ingresos mensuales no equivalen ni a un salario mínimo.

Por la precariedad en la que viven, Plácida Lerma y varias de sus colegas están pidiendo más apoyo del Estado. “Nos sentimos desprotegidas por las autoridades civiles de Buenaventura, y tampoco sentimos respaldo de la Gobernadora del Valle”, dijo Lerma, quien estuvo tocando puertas de la administración departamental para la ayuda.

Para completar el difícil panorama, a las amenazas materiales que enfrenta esta actividad se vienen sumando las espirituales. En Chocó, Valle, Cauca y Nariño, parteras que se han integrado a iglesias evangélicas son cuestionadas por sus congregaciones debido a sus prácticas ancestrales.(También: Georgia es un hombre con las manos de partera)

‘No es brujería’

‘No es brujería’

Una de ellas, de Mosquera, Nariño, cuenta que muchas veces deben explicarles a los pastores que lo que hacen no tiene nada que ver con la brujería, y que “se ha llegado al caso de botar o quemar las hierbas medicinales y las estampas (de san Ramón Nonato, patrono católico de las embarazadas) porque confunden eso con algo demoniaco”.

En Quinamayó, una partera que durante medio siglo ayudó en casi todos los nacimientos que se produjeron en este corregimiento de Jamundí, Valle, decidió retirarse cuando se convirtió al protestantismo. Y se mantuvo apartada de la partería hasta su muerte, a los 88 años, en el 2013. De casos similares se escucha por todo el litoral. Lo más preocupante no es que se retiren, sino que no les transmiten sus saberes a las hijas o a las nietas, por lo cual la tradición se pone en riesgo, lamenta otra partera.

“Debido a que muchas de nosotras hemos sido acusadas de hechiceras, este es un tema del que difícilmente se conversa. Tenemos mucha reserva sobre nuestras técnicas curativas”, escribieron parteras de Asoparupa al Ministerio de Cultura dentro de su propuesta para convertir su oficio en patrimonio nacional.

“Lo importante es dejar claro que una cosa es la religión y otra, la partería. Ellas no son cuestionadas por el parto mismo, sino por otras cosas, como las hierbas. Por eso deben explicar a sus iglesias que su labor de parteras la hacen siguiendo el precepto de Dios de traer vida”, comenta Rosmilda, partera reconocida en Buenaventura. En consecuencia, explica, su gremio está en contra del aborto.

Consultada sobre el tema, la Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional, una de las más grandes del puerto, aseguró que ninguno de sus integrantes es coaccionado en forma alguna.

De acuerdo con los registros del Ministerio del Interior, en el Pacífico colombiano hay más de medio millar de iglesias no católicas.

A pesar de tantos inconvenientes, Rosmilda subraya que la actividad que Asoparupa representa sigue con la consigna de no desaparecer. Por eso, agradece que el Ministerio de Cultura haya venido trabajando en el Plan de Salvaguardia de esta manifestación afro del Pacífico, de manera que se traduzca en estrategias que mejoren su calidad de vida.

Y recuerda que estas mujeres han sido reconocidas en el ámbito internacional e invitadas a encuentros en Estados Unidos, Brasil, México, Argentina y Europa.

Su hija Liceth Quiñones, al frente de la asociación, dice que la declaratoria como patrimonio cultural es el resultado “de un proceso social y comunitario que el Gobierno reconoce, teniendo en cuenta que somos parte de una manifestación con identidad cultural y territorial, y con un gran enfoque de género”.

Pero lograr esa valoración no ha sido una tarea fácil: ha tardado un cuarto de siglo, según las cuentas de Rosmilda. Ella, que tiene 28 años de dedicarse a esta labor, dice que las parteras han buscado el reconocimiento de la sociedad desde hace 25 años, cuando su agremiación obtuvo la personería jurídica.

Llegó la hora de actuar


El director del Consejo Nacional de Patrimonio, Alberto Escobar Wilson-White, reitera que la partería tradicional del Pacífico es una representación cultural vigente del conocimiento ancestral, y explica que su incorporación a la ‘Lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la nación’ implica elaborar un Plan Especial de Salvaguardia que identifique las actividades que aseguren su preservación.

“Una de las primeras acciones es trabajar con el Ministerio de Salud, para que la partería sea reconocida también por sus funcionarios”, señala Juliana Forero, coordinadora del Grupo de Patrimonio Inmaterial del Ministerio de Cultura.

En mayo, informa la funcionaria, se realizará un congreso al que asistirán estas mujeres, así como voceros de varios ministerios, alcaldías y gobernaciones (incluida la del Valle). También se elaborará un censo de los niños que las parteras han ayudado a nacer.

“Consideramos que las diferentes líneas de acción contribuyen a mejorar el modo de vida de las parteras, al tiempo que se respetan su autodeterminación como grupo y sus lógicas comunitarias”, conceptuó en septiembre el comité técnico de la Dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura.

Ese respeto por su saber es el que Melenciana Cundumí percibe en sus vecinos, a muchos de los cuales ella misma ayudó a nacer, incluidos varios de esos jóvenes armados que patrullan enfrente de su casa.

Ante los ojos vigilantes de estos pobres diablos de la violencia, ella seguirá saliendo de su casa, truene, llueve o relampaguee y hasta que el cuerpo se lo permita, con la única misión de que sus manos ayuden a que la vida vuelva a florecer en algún hogar de esterilla de una región lejana, a la que solo se llega navegando.

Saber que se remonta a la Colonia

Como dice la comadrona caucana Rosmilda Quiñones, la partería se practica “desde la creación del mundo”. Sin embargo, la que se reconoció como patrimonio cultural de la nación es específicamente la forma tradicional de las comunidades negras del Pacífico colombiano, que tiene sus raíces en los esclavos africanos que llegaron a América durante la Colonia.

El saber de estas mujeres, que incluye desde un amplio conocimiento de las plantas medicinales hasta técnicas para llevar al bebé a la postura adecuada de cara al parto, se trasmiten oralmente, entre otras cosas porque las parteras más antiguas eran analfabetas.

Durante el alumbramiento, la partera soba la barriga de la mamá y le habla, para disminuir el dolor. Cuando nace el bebé, lo dejan aferrado al pecho de su madre durante varios minutos, sin cortar el cordón umbilical, de manera que sienta su calor y que el vínculo entre ambos se haga más fuerte. Cuando el cordón ya está seco, el padre ayuda a cortarlo. Después le suministran a la mamá la infaltable ‘tomaseca’, una bebida elaborada a base de hierbas que ayuda a eliminar los residuos y a disminuir los dolores (incluidos los menstruales). “Es un proceso de humanización y una manifestación de riqueza cultural que promueve valores en las familias”, resume Quiñones.

Carolina Bohórquez
Corresponsal de EL TIEMPO
Cali

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