‘La Libertadores es una deuda que se quedó conmigo’

‘La Libertadores es una deuda que se quedó conmigo’

A los 87 años, Gabriel Ochoa Uribe habla de su trayectoria y del América de Cali.

Gabriel Ochoa Uribe

El exentrenador es un hombre de familia. En la imagen, con su nieta María Camila Ochoa, hija de Germán Alberto, jefe del cuerpo médico de América.

Foto:

Juan Pablo Rueda / EL TIEMPO

27 de marzo 2017 , 11:53 a.m.

Gabriel Ochoa Uribe es la persona más exitosa en la historia del fútbol profesional colombiano, que nació 19 años después que el médico paisa. Sí, paisa. Porque aunque este exfutbolista y extécnico es un símbolo vivo de Cali, donde ha vivido los últimos 38 años, lo cierto es que nació en Sopetrán el 20 de noviembre de 1929 y se crió en Medellín.

Nadie ha ganado más títulos que él en la máxima categoría del balompié nacional: 14 como entrenador y 4 como arquero, para un total de 18. En otras palabras, él solo tiene más estrellas que cualquiera de los 20 equipos que compiten en la Liga Águila.

Aunque las ganó con tres clubes diferentes, pasó a la historia como una de las figuras más emblemáticas del América de Cali, institución que acaba de celebrar sus 90 años. De hecho, fue 'la Mechita' donde comenzó su carrera como futbolista, en 1946. Entonces tenía 17 años y lo llamaban 'Ochoíta'.

Fue Ochoa Uribe quien rompió la ‘maldición del Garabato’, atribuida a Benjamín Urrea, socio del equipo escarlata que, en rechazo a la decisión de participar en el primer campeonato profesional del país, sentenció en 1948: “Que hagan del América lo que quieran... Pero juro por Dios que nunca serán campeones”.

Más de 30 años después del hechizo, ya en la banca de director técnico, el médico se convirtió en el ángel de los ‘diablos rojos’ y le dio la primera estrella al América en 1979. Luego vendrían otras seis: cinco consecutivas entre 1982 y 1986 (los campeonatos duraban todo el año) y la de 1990.

Paradójicamente, el América que lo idolatra no es el equipo con el que ganó más títulos. Ese lugar lo ocupa Millonarios: de las 14 estrellas que tiene el club bogotano, Gabriel Ochoa participó en 10, cuatro como portero (incluida la primera, en 1949) y seis como estratega, entre 1958 y 1977.

(Además: ‘Americano hasta la muerte’)

En 1952, cuando hacía parte del ‘ballet azul’ y de esa época virtuosa conocida como El Dorado, impuso otro récord: fue el primer arquero colombiano en hacer un gol en la liga profesional (el argentino Julio Cozzi, su compañero de equipo, se le adelantó poco más de un mes). A Ochoa se le ilumina la cara cuando le hablan de ese 30 de noviembre. Él era el suplente de Cozzi. El argentino Alfredo Di Stéfano, la estrella de Millonarios, se enfermó y, como no había más jugadores en la banca, Ochoa lo reemplazó y metió uno de los goles de su equipo, que le ganó 7-1 al Bucaramanga.

A mediados de esa década, cuando se solucionó la huelga que afectó al fútbol argentino y cracks como Adolfo Pedernera regresaron a su país, el antioqueño emigró a Brasil y tapó para otro América, el de Río. En ese país vivió dos años y se especializó en ortopedia y traumatología deportiva (se había graduado como médico en la Javeriana de Bogotá).

En 1958 regresó a Millonarios, pero vestido de técnico, y ganó tres títulos a la cabeza de un plantel que incluía a Marino Klinger, Pablo Centurión y Delio ‘Maravilla’ Gamboa. Renunció en 1964 y dos años después le dio su cuarta estrella a Santa Fe.

El 22 de diciembre de 1991 cerró su última temporada con el América, que fue subcampeón ese año. Pero el hombre más triunfador del fútbol local se quedó con ganas de más: el título de la Copa Libertadores, que tuvo al alcance de la mano en tres ocasiones consecutivas (entre 1985 y 1987), al frente del equipo vallecaucano, y que no pudo ganar.

Que hagan del América lo que quieran... Pero juro por Dios que nunca serán campeones

Tampoco logró llevar a Colombia a un Mundial en ninguno de sus tres intentos como técnico de la Selección (1959, 1963 y 1985).

“Van a ser 88 años de vida: mucho tiempo, muchos recuerdos”, dice Gabriel Ochoa Uribe sentado en un sofá blanco, en el cuarto piso de un edificio del barrio Ciudad Jardín. Desde hace dos años vive allí con su esposa, Cecilia Perea, con quien tuvo dos hijos (uno ya murió), que se sumaron a los tres de su primera unión.

Antes habitaban una casona con ceibas gigantescas y caballerizas en el Valle del Lili, donde todos los días él caminaba seis kilómetros y nadaba una hora, hasta que el espacio se hizo demasiado grande para la pareja.

El médico ya dejó las marchas, va a la piscina solo de vez en cuando y está empezando a tener problemas de memoria, pero afirma que no le duele “ni una muela”. Sigue pesando los 75 kilos de siempre y aún transmite mucho del fuerte temperamento que lo caracterizó. Hasta que aparecen sus nietos más pequeños (tiene diez), como María Camila, que saca de él su faceta más dulce y que lo acompaña en esta entrevista.

Los hinchas del América esperaron 1.844 días, o sea más de cinco años, para ver a su equipo en la A...

Fue un periodo muy largo e injusto, porque América no se merecía estar en la B. Todos sufrimos muchísimo ese tiempo, pero ahora estamos muy complacidos de que haya retornado al lugar de donde nunca debió salir: la A.

¿Qué le pareció el empate 0-0 con Nacional en el primer clásico?

Muy bien América. Muy ordenado en todas sus líneas. Nacional es un equipo supremamente estructurado, el mejor del continente. El profesor (Hernán) Torres (técnico del club caleño) diseñó un juego con mucha prudencia, como era de esperarse, pero sin escatimar. América es fuerte.

¿Estuvo en el estadio?

No. Hace mucho que no voy. Hace dos años estuve en un homenaje, pero en esta oportunidad no.

¿América todavía es ese equipo grande de otras épocas?

Por supuesto. Nadie podrá quitarle sus logros. Una historia de 90 años no se borra con facilidad. Seguramente en el futuro va a conseguir nuevos galardones y a estar en el sitial que se merece, siendo protagonista.

(Además: ¡El infierno se acabó! América es, de nuevo, de la A)

¿Qué necesita para volver a serlo?

Humildad, orden, disciplina, planificación y respeto a los rivales. América, como el resto de los equipos, debe ordenarse desde el punto de vista de planeación estratégica, logístico y administrativo, sin improvisaciones.

Los fanáticos lo recuerdan a usted como el hombre que siempre cuestionaba la improvisación...

Improvisar es fracasar.

¿Qué añora de dirigir al América?

La afición, el estadio. Tengo recuerdos preciosos del América de los años 80 y 90.

¿Y de Millos?

A mis compañeros, todos estrellas... El ‘ballet azul’, el mejor equipo de El Dorado.

¿Cuál es el mejor recuerdo que tiene como arquero?

En 1952 hice un gol, aunque era el arquero. Estaba en Millonarios y se lo hice, como puntero derecho, al Bucaramanga, al ‘Chonto’ Gaviria (Julio Gaviria). Es un recuerdo muy bonito.

(Lea: Umberto Valverde estrena libro homenaje a 'la mechita')

¿Qué le dijo su colega?

Ambos reímos mucho (risas).

¿Cuál es su mejor recuerdo como director técnico?

La conquista de títulos con América, Millonarios y Santa Fe.

¿Cuál decisión fue mejor, estudiar medicina o hacerse técnico?

Es una pregunta muy difícil. Sin duda, mi formación académica y mi estructura profesional fueron definitivas en mi vida. Sobre todo, me sirvió mucho hacer la especialidad en ortopedia y traumatología porque me permitió tomar decisiones acertadas en los momentos justos. Creo que recibí un regalo de Dios y fue haber podido hacer la medicina de la mano del fútbol.

¿De qué equipo es hincha?

Soy hincha del recuerdo.

¿Cuáles son los talentos actuales del América?

El fútbol vallecaucano, en general, es muy rico técnicamente. Entiendo que América tiene en sus canteras a jugadores de muy buen nivel y, seguramente, pronto comenzarán a suministrarle jugadores de alto nivel.

¿Hay alguno a la altura de la Selección Colombia?

Yo creo que (Jeison) Lucumí.

¿Por qué?

Pienso que la explosión, el cambio de ritmo, la sorpresa que tiene ese muchacho es de alto nivel.

¿A qué otro tendría en cuenta?

(Cristian) Martínez Borja es un delantero que cualquiera quisiera tener. Puede ser una muy buena opción para Colombia.

Usted destacaba mucho al ‘Pibe’ Valderrama. ¿Hay alguien como él en el fútbol colombiano actual?

El de Valderrama fue un juego singular. Jugadores de esas características, con pasegol y visión panorámica, no los veo hoy en Colombia. Hay jugadores de otro nivel, que lo hacen de manera brillante, pero el perfil de Valderrama es exclusivo de él.

¿A cuál de los talentos que formó recuerda más?

Pasaron muchos atletas por mis manos, pero creo que Willington Ortiz –que llegó cuando yo estaba en Millonarios– es el mejor jugador que ha tenido Colombia en toda su historia.

¿Y de los que se frustraron?

Muchos jugadores tenían condiciones interesantes, pero les faltaba la disciplina y el sacrificio necesarios para llegar a brillar.

¿Falta sacrificio en el fútbol?

Los jugadores han mejorado muchísimo en lo que se llama el entrenamiento invisible. Se comportan de una manera más educada y encuentran en el fútbol una opción de vida. Creo que los técnicos actuales tienen una buena formación académica, conocen la importancia de la disciplina y se la transmiten a sus dirigidos.

¿Es mejor ser arquero o técnico?

Ninguna. Si uno es arquero, siempre le echan la culpa de los goles, y al técnico lo contratan por bueno y lo sacan por malo. Son dos profesiones supremamente complicadas, porque tarde o temprano terminan mal.

¿Cumplió sus sueños?

Total: tengo una hermosa familia, hijos y nietos espectaculares. Dios ha sido generoso.

¿Cuál sueño no pudo cumplir?

La Copa Libertadores. En tres oportunidades llegamos a instancias muy cercanas a conseguirla (silencio). Es una deuda que quedó conmigo.

¿Qué disfruta en este momento?

Mi señora y la tranquilidad de estar jubilado y sin afugias.

¿Ha sido feliz?

Totalmente.

¿El fútbol lo hizo feliz?

En algunos momentos, sí. En otros fue difícil, porque no se obtiene siempre lo que uno diseña.

CAROLINA BOHÓRQUEZ
Corresponsal de EL TIEMPO
Cali

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