‘Muerte de diputados fue el comienzo del fin de la guerra’

‘Muerte de diputados fue el comienzo del fin de la guerra’

Habla Diego Quintero, hermano de Alberto, uno de los 11 diputados asesinados hace 10 años

Diego Quintero

Diego Quintero, hermano de Alberto Quintero, junto a Fabiola Perdomo, esposa del diputado también sacrificado, Juan Carlos Narváez, hace 10 años, cuando recibieron la noticia de su muerte.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

18 de junio 2017 , 01:13 p.m.

Diego Quintero, hermano de Alberto Quintero, uno de los once diputados asesinados hace 10 años por las Farc, dice que necesitan saber toda la verdad de lo que pasó con los políticos para avanzar aún más en el perdón.

¿Qué sería de Alberto Quintero si hubiera cumplido su sueño de ser sacerdote? Su hermano, Diego, lanza la duda al aire, como un mero consuelo. Hace 10 años la guerrilla de las Farc lo mató junto a 10 de sus colegas diputados del Valle y luego de cinco años de vida obligada en la selva.

Alberto, cuenta el hermano, tomó los caminos de la política por esas razones de la vida que lo van transformando todo.

Su niñez estuvo marcada por las necesidades. Siendo muy joven, cuando vivía en el municipio de Toro (norte del Valle), le tocaba lavar ropa y desempeñar otros oficios para ayudar con los costos de sus propios estudios. Logró estar un año en el seminario menor de Popayán siguiendo los pasos que le dictaba la fe. Pero las necesidades económicas de la familia, cuenta Diego, truncaron aquel camino y alejaron para siempre el sueño de vestir la sotana.

Otras cosas le deparaba el destino a Alberto, uno de los menores de una familia de 11 hijos criados dentro de una profunda fe que permanece intacta, muchos años después, en la casona de los Quintero, en la ciudad de Cartago.

Alberto Quintero

Alberto Quintero, el diputado de Cartago, asesinado en cautiverio

Foto:

Archivo EL TIEMPO


El ex seminarista terminó su bachillerato en el colegio Académico de la Villa de Robledo, y al graduarse, le ofrecieron ser profesor de religión y ciencias sociales. Un trabajo que le permitía sobrevivir dignamente, pagar sus estudios de derecho en la Universidad Libre de Pereira y le facilitaba el acercamiento con grupos de jóvenes.
“Allí él empieza a ver que había otras maneras de intentar ayudar a los demás y descubre en el trabajo con comunidades, y en la política, otra vocación”, cuenta Diego.

Ese liderazgo fue cultivado con los años y llevó a Alberto a ser concejal, secretario de Gobierno y alcalde de su municipio y diputados en dos ocasiones. Sin embargo, cuenta su hermano, el ‘puesto’ más importante que tuvo lo desempeñó en su familia.

“Su personalidad lo llevó a ser el sustento y la solución a todos los problemas. Era el centro de los hermanos. Se preocupaba por cada cosa y estaba pendiente de todos. Perderlo fue perder esa guía en la que él se había convertido. Han pasado los años y mis hermanas no se reponen de ese dolor…”, confiesa Diego.

Durante los años del cautiverio, al visitar la casa de los Quintero, se apreciaba en la sala una especie de altar con la foto del secuestrado e imágenes de santos, en un clamor simbólico por la libertad.

Todas las vidas de ese hogar se detuvieron a la espera del hermano que jamás volvió, y la de Diego, en especial, se transformó en una existencia nómada que transitaba de manera constante entre Cali, Cartago y la ciudad que fuera llevando el mensaje urgente de un ¡Acuerdo humanitario ya! No hubo caminata, jornada, misa o reunión en la que no se viera a ese hermano firme, portando el mensaje de esperanza que gritaba la familia Quintero.

El día que supo de la muerte, por una llamada en la madrugada de Fabiola Perdomo, esposa del diputado Juan Carlos Narváez, rompió cualquier récord y asegura que hizo, en una hora, el viaje que entre Cartago y Cali que demora cerca de tres.
“Como nos mandaban pruebas de supervivencia cada tanto, con dolor y todo, conservábamos la esperanza; recibirlos muertos fue demoledor, no solo para las familias, sino para el país”, relata.

El perdón, explica Diego, ha ido llegando a este hogar, de a poco, y con las dificultades propias del dolor. Pero, asegura, hace falta un ingrediente para que sus corazones, realmente, descansen: La verdad.

“Estuve en La Habana y los tuve al frente (a los guerrilleros), les dije que mi familia jamás podrá olvidar esa herida tan inmensa que nos causaron a todos, esa infamia. Y que para que el perdón sea posible y real, queremos saber, realmente, qué fue lo que pasó detrás de ese secuestro, quiénes los auxiliaron, quienes les informaron de los movimientos de la Asamblea, porque lo sabían todo y desde la selva es muy difícil tener toda esa información. Hubo gente que debió ayudarles”, señaló.

Diego tiene fe en que esto aún sea posible y más ahora que se abrirán espacios como la Comisión de la Verdad. Mientras eso sucede, seguirá llevando las banderas en el norte del Valle del “Albertismo”, movimiento político cuya semilla plantó su hermano y todavía da frutos.

“Conservamos su filosofía y su espíritu de trabajo por la gente. Si hoy me preguntan si Alberto habría apoyado todo esto del proceso de paz, digo que estoy completamente seguro que sí. Era una persona temerosa de tanta violencia, de tanto resentimiento y rencor. Estoy seguro de que los diputados murieron con la tranquilidad de haber sido granos de arena en la construcción del proyecto de la paz. Desde el cielo deben estar orgullosos de saber que su muerte fue el comienzo del fin de la guerra, algo que durante años reclamaron”.

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